Actualizado: 23:54 CET
Domingo, 12/07/2020

Notas de un lector

Corazón coraza

Avalado por el premio internacional Miguel Hernández, “El viento entre las ruinas” (Hiperión. Madrid, 2009) suma el quinto poemario de José Luis Morales. Este manchego del 55, que ha alternado sus tareas literarias con la docencia y el periodismo, alcanza con esta nueva entrega una voz plena de madurez que se hace cántico y memoria de un tiempo ido, pero bien resguardado junto al corazón.
“Estos versos/ sólo contienen búsquedas”, anotaba José Luis Morales en su penúltimo libro, “El aroma del tacto”; mas ahora, estos versos que llegan al hilo de un viento pretérito y vital, dicen del niño que fue, de la briega familiar, del caserío que anudó a su remembranza la historia futura de sus días, del gozo y la desdicha de una historia que se torna huida y común mudanza: “Y aunque no sepa cómo,/ mirando este jardín siento que tengo/ que remangarme el alma,/ suturar sus heridas/ y cavar otro pozo”.


El miedo al destructivo poder de lo efímero, la ternura hallada al pie de la Naturaleza, el desconsuelo por aquellos que ya no están, la devota plegaria para alcanzar la renovada luz de las estaciones…, pueblan estas páginas, estos abismos de conciencia, y devienen un libro turbador y emocionado. Su verso humano y bien ritmado, se acompaña y se acompasa “en esta casa interminable”, en estas palabras que llueven hijos, alboradas, desgracias, paraísos..., restos, en suma, de un ayer, que no pasa, sino que permanece, hecho muy buena poesía junto al umbral del alma: “Y hoy el miedo es el vaho que enturbia los espejos/ confundiendo los rostros de todos mis olvidos”.

Con “Cinta transportadora” (Hiperión. Madrid, 2009) obtuvo Ángel Petisme (1961) el VII premio internacional Claudio Rodríguez. En estas tres últimas décadas, el autor zaragozano lleva ya publicada una amplia obra lírica y discográfica.

En esta ocasión, Petisme ha vertebrado un atlas interior donde volcar la mirada de los más bellos paisajes hollados. Viajero impenitente, ha sabido arrancar de cada confín, de cada esquina rota de su peregrinar, un reflejo de su ayer extranjero: “Disfrutar de la luz y los soles del Mundo/ del esplendor de la tristeza/ y el testimonio de la antigüedad. Siento deseos de desaparecer/ de fugarme contigo/ a los mapas sin tiempo”.

Alternando el verso y la prosa, el vate aragonés atraviesa paisajes tan dispares como Bagdad, Nueva York, México D.F, Atenas, Bristol, Jenín…, y a todos ellos acude sin coraza, con el alma descubierta y el espíritu soñador de encontrar escenarios y protagonistas que sueñan realidades y habitan universos no tan distintos ni distantes como el ser humano imagina: “Mi corazón es una tarjeta de embarque/ a un cruce de caminos del círculo polar”. Desde esa premisa integradora, donde se acentúa el mestizaje entre Occidente y Oriente, se adivinan los mejores momentos de este poemario que surca con un aliento enigmático, irónico e inquietante los cómplices itinerarios del lector: “Estoy en los fados, en la sopa verde, en los badulaques, en los emails de amor que se reciben en silencio, en el pollo duro de los hoteles africanos, en las colonias de ultramar (…) Soy el samurai de pies ligeros, el hombre ola que entra en tu caverna cada noche”.

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