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Domingo, 16/12/2018

Notas de un lector

Con su propia luz

Sigue García Rojo aferrada -mejor, suelta- a su mismo estilo (versos rápidos, libres de metro y rima, carentes de mayúscula), en el que predomina la brevedad, el repente, el impulso imparable

En 2012, Patricia García Rojo (Jaén, 1984) publicó un libro de pomas titulado “Amar es aquí”, sorpresivo, valiente, rompedor. Lo editaba Torremozas y era su estreno en el campo de la lírica. La autora andaluza, licenciada en Filología Hispánica y profesora de Lengua Castellana y Literatura, se había estrenado, conpremio y buena acogida en el género narrativo (“La Fábrica Creator”, 2008), en el que ha seguido abundando con tenaz dedicación, hasta el año que acaba de concluir, en cuyos últimos días ha visto la luz, en el mismo sello citado, su segunda entrega poética, “El hombre, la casa, la luz”.

     Sigue García Rojo aferrada -mejor, suelta- a su mismo estilo (versos rápidos, libres de metro y rima, carentes de mayúscula), en el que predomina la brevedad, el repente, el impulso imparable… “voy a construir un mundo con tu luz/ y su lenguaje”, dice; pero es su propia luz y su propio lenguaje lo que ella utiliza para construir su peculiar universo, en el que un despliegue verbal sin ataduras -apuntado queda- ordena (o desordena) y manda: “ella tenía esas palabras…/ palabras sembradas de palabras/ que nadie dice ya,/ las guardaba cada una,/ las guardaba,/ ahora lo sé, lo he descubierto,/ florecen entre mis dedos,/ es un milagro magnífico”.

     El búlgaro Boris Lemmon afirmó que la poesía “tenía más de milagro -intuición, deslumbramiento- que de acontecer laborioso”. El magnífico milagro poético de García Rojo va por ese camino.
Ella agrupa en bloques diversos sus poemas, pero en realidad conforman un “continuum”, que en ocasiones no obedece al titulo que  anuncia: hombre, casa, luz: “lunes, esa luz/ tú no la conoces,/ pero llega de los cuerpos juntos…/ lunes, esa luz/ yo te la traigo/ para que hagas del día/ el día,/ de la luz/ la luz/ y te reinventes”.

    Años atrás, un veterano poeta andaluz, lejano de su tierra, confesaba que escribía para salvar la distancia que le separaba de los suyos; la andaluza del libro que comento anota, en cierto momento, que “escribir/ es una manera muy lenta de esperarte”. Una lentitud que no se compadece con su escritura, que es todo lo contrario, en cuanto desbordada y sucesiva. No es difícil, pues, intuir que, cuando se cumpla esa espera, el encuentro pueda ser cálido y aun explosivo; porque en el quehacer lírico de García Rojo hay un erotismo subsumido, en el que la autora no se complace, ni tiene por qué, pero que tampoco oculta (ni tiene por qué).
En su libro anterior, flotaba un endecasílabo tan elusivo como alusivo: “mi cama es estocolmo cuando llegas”. Toda una ciudad puesta en pie, o rendida, ante la plenitud de dos amantes.

    Al cabo, el segundo volumen de esta escritora jienense, da cuenta de una voz que va modelando y madurando un discurso luminoso, de un decir que homenajea la cotidianeidad del ser humano, con sus desvelos y sus pasiones, con sus realidades y sus interrogantes: “en el devenir de los milenios/ el mundo ha perfeccionado su estrategia,/ por eso estamos aquí/ tomados de la mano,/ con las bocas tan juntas/ que es una voz nuestra voces/ cuando preguntan sobrecogidas:/ ¿quiénes somos? ¿de dónde/ venimos? ¿a dónde…?/ ¿qué sentido tiene el universo/ que nos ha creado?”.

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