Jerez

Bienvenidos a la ‘explaná’ de la alegría

Jerez ha sabido convertir un lugar inhóspito e incluso a priori hostil en todo un paraíso por una semana

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  • Uno de los paseos del González Hontoria. -

Existen sitios que parecen especialmente diseñados para no ir -como por ejemplo el gimnasio o la playa- pero que, por lo que sea, el ser humano ha sabido encontrarles algún tipo de aliciente que hace que compense el esfuerzo de visitarlos.

En este grupo de lugares hostiles, si lo analizamos de forma fría y desapasionada, podríamos incluir a la Feria. Sin embargo, nada más lejos de la realidad, Jerez ha sabido convertir un lugar inhóspito en todo un paraíso por una semana.

Y es que la Feria premia a quien acepta sufrir por ella. Sólo eso explica que al jerezano no le importe tener que tomarse la molestia de ducharse y acicalarse para ir a un sitio lleno de albero, sabiendo que al volver tendrá que ducharse de nuevo.

Que le dé igual coger el coche para llegar, tardando como mínimo un cuarto de hora en encontrar un aparcamiento por el que tendrá que pagar ‘voluntariamente’ al guarda de turno.

Que soporte llegar a una caseta para comer poco y caro con la familia o los amigos para después participar del baile rodeado de gente sudorosa y regresar con la ropa manchada y oliendo a todo tipo de bebidas alcohólicas.

Porque al final la Feria vence y su victoria es tal que el feriante repetirá al día siguiente y al otro, volviendo a padecer de nuevo todo esto para acabar otra vez en el Real.

Entonces llega un momento dentro de tal vorágine -y con el permiso de la tasa de alcohol en sangre- en que uno se detiene y mira a su alrededor.

Ahí se da cuenta de que está rodeado de alegría en medio de todo ese majestuoso decorado artificial. Y entiende que ese es el motivo que inconscientemente le hace volver cada año contra todo pronóstico.

Blaise Pascal dijo alguna vez algo así como que toda la infelicidad del ser humano surge de su incapacidad de permanecer quieto en su habitación.

No se me ocurre nada más alejado a permanecer quieto en mi habitación que ir a la Feria.

Pero resulta que a veces al hombre no le basta con no ser infeliz y necesita salir en busca de alegría allí donde sabe que alguna vez la encontró, aunque tenga que ser en una explaná donde un vaso de rebujito es incluso más caro que un litro de aceite de oliva virgen extra.

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