Actualizado: 00:31 CET
Viernes, 13/12/2019
Publicidad Ai
Publicidad Ai

Aretes y tatuajes


De unos años a esta parte se ha impuesto una moda que muchos pensamos es de escaso gusto. “Piercings” y tatuajes compiten en los cuerpos de aquellas personas a las que esta estética actual parece enloquecer.


Taladrar una parte de nuestra anatomía, para lucir una argolla en una oreja o en la nariz, o un pasador en una ceja, no es nada nuevo. Aparte de que muchas tribus salvajes y semisalvajes usan de estos abalorios para embellecerse, siglos atrás, los marineros usaron los aretes para demostrar sus heroicidades.

Recuerdo que de niño ya había visto fotografías en revistas, o cromos de colecciones en donde se exponían orejas que a base de colgarles aros de metal, llegaban hasta los hombros, o labios en los que se insertaban unos platillos de barro, o narices atravesadas por varillas.


Todavía me produce un verdadero escalofrío cuando lo veo y siempre pensé que eso se quedaba para las colecciones de Historia Natural o de National Geographic, pero no. Evidentemente estaba equivocado porque cada vez más, vemos por las calles de nuestras ciudades a multitud de jóvenes luciendo piercings de todo tipo y también cada vez más, a jóvenes y adultos con multitud de colgantes en cejas, orejas o nariz. Si consultamos las páginas de Internet a la búsqueda de estos especímenes, podremos observar verdaderas atrocidades realizadas en los cuerpos de los amantes de esta estética de chatarrería.

Con los tatuajes ocurre algo parecido. Se han puesto de rabiosa actualidad y hasta por las playas van tatuadores que te ofrecen dibujos con tintas indelebles, en sustitución de los tradicionales tatuajes, todo por tal de lucir un dibujo en la piel, siquiera sea por pocos días.

Quién no recuerda aquel dicho: “Tiene más letras que los brazos de un legionario”; y es que siempre hemos visto esos brazos tatuados burdamente con un corazón sangrante, un crucifijo, un nombre de mujer, o el omnipresente “Amor de Madre”.

Pero eso era cosa de los legionarios, y también de algunos delincuentes, sobre todo los pertenecientes a ciertas “familias”.

Parecía que el resto de los mortales, los que nos podríamos considerar de la aplastante mayoría de los discretos, no íbamos a sucumbir ante la extraña fiebre de llenar el cuerpo de dibujos. Cierto es y, justo, por tanto, el reconocerlo, que entre esos dibujos, se observan a veces verdaderas obras de arte.

Y es que estas modas locas se imponen a nivel mundial con una velocidad increíble y en determinados sectores de edad, prenden como el fuego en la maleza seca. A veces, situaciones realmente deplorables dan lugar a una moda, como la muy reciente de llevar los pantalones por debajo de las caderas, casi a punto de caerse, “desfondillados” y arrastrando por el suelo.

Nunca se me habría ocurrido pensar que eso fuera bonito, pero mucho menos cuando sabes de donde procede la moda.

La historia de esta novedad es muy sencilla: en las prisiones y centros de reeducación, de Estados Unidos y de casi todas las partes del mundo, no permiten que los internos lleven cinturón, por lo que a veces los pantalones se les van cayendo. Pues bien, en aquel país, cuando los reclusos salían a la calle, continuaban llevando los pantalones de la misma manera, quizás para presumir del dudoso honor de haber estado en “el talego”, quizás para reconocerse entre los congéneres.

Y de esa costumbre de delincuentes, una moda para nuestros hijos, a los que les parece que llevar los fondillos del pantalón por las rodillas es la cosa más maravillosa del mundo.

Hay quien defiende que el tatuaje no es una moda. Puede que esté en lo cierto, porque por definición, moda es algo que cambia con los tiempos y los gustos.

El afán de tatuar el cuerpo es tan antiguo como el hombre moderno. En el año 1991, congelado en el interior de un glaciar, se halló el cuerpo de un cazador del neolítico que presentaba tatuajes en la espalda y las piernas. El Neolítico es la Edad de Piedra, es decir, hace más de seis mil años. En excavaciones arqueológicas se han hallado huesos tallados como finas agujas, junto con cuerpos momificados en los que se ven señales de tatuajes. Evidentemente no es una moda lo que ha permanecido en el tiempo.

Pero a veces, aretes y tatuajes, han tenido otra significación y esa es la que me propongo relatar y ensalzar en estas líneas.

La tradición arranca entre los marinos de antaño. Aquellos aguerridos navegantes que haciendo un derroche de valor, se lanzaron a aventuras tan arriesgadas, que aún ahora las vemos como míticas.

Fueron primero los portugueses los que se aventuraron por el Océano Atlántico, descubriendo las Islas Madeira, después las Azores y más tarde las de Cabo Verde; consiguieron salvar el obstáculo psicológico que suponía el Cabo Bojador, en el sur de Maruecos y bajaron por la costa africana. Descubrieron Guinea Bissau, Sierra Leona, el Golfo de Guinea, Angola y así hasta que en 1487 llegaron a la punta más meridional de África.

Pero es realmente después de Colón, cuando las naciones más poderosas de Europa se dan cuenta de que España y Portugal les llevan mucha delantera y se ponen a la tarea de organizar viajes por todos los mares apenas descubiertos. Fueron muchos navegantes de estos países los que se lanzaron a la aventura de descubrir nuevas tierras y para ello recorrieron mares inexplorados, sufrieron tormentas, naufragios y muchas otras calamidades.

En la marina de los siglos XVI al XIX, en la que se navegaba a vela, cualquier navegante, además de marino, era un guerrero, al que gustaba contar sus hazañas y vanagloriarse de ellas en las charlas de tabernas. Muchos presumían de sus viajes y sus heroicidades, rivalizando con todos los demás y así, lucían cicatrices y amputaciones como trofeos de gloria.

Innumerables eran las gestas que podía realizar un marino, pero había algunas muy concretas que se valoraban sobremanera. La primera era haber pasado por el Cabo de Hornos.

Como todos sabemos, Hornos es la punta más meridional de América, cerca de la Antártida, en la llamada Tierra de Fuego, un archipiélago casi deshabitado, bautizado así por Magallanes, al observar las fogatas y humaredas que salían de la tierra en donde se encuentran el Océano Atlántico y el Pacífico y en donde la climatología no es precisamente para poner un hotel balneario. Las fogatas eran la forma que tenían los indígenas de la zona de defenderse del tremendo frío.

Zona de permanentes tormentas, los distintos niveles que tienen ambos Océanos y que obliga al sistema de exclusas del Canal de Panamá, se estabilizan en ese punto produciendo unas corrientes y oleajes que han proporcionado al Cabo, la merecida fama que posee. La constante presencia de icebergs hace aún más peligrosa la navegación.

Lo normal, para ir de uno a otro Océano es cruzar por el Estrecho de Magallanes, pero ha habido momentos en que las estrategias no lo aconsejaban y los navegantes se arriesgaban a cruzar por el Cabo.

El hecho en sí ya era una gesta digna de ser contada y para su reconocimiento, los navegantes que la realizaban, solían hacerse un tatuaje en el brazo izquierdo.

Bueno, no todos en el izquierdo, algunos se lo hacían en el derecho, pero ese brazo estaba reservado a los oficiales que quisieran tatuarse.

La costumbre se fue extendiendo y muchos navegantes creyeron oportuno ampliarlo con el paso de otro lugar emblemático: el Cabo de la Tormentas.

Aunque tradicionalmente se viene diciendo que el cabo que descubriera el portugués Bartolomé Díaz, después de haber soportado una terrible tormenta −de ahí su nombre−, es la punta más meridional de África, lo cierto es que no es así, pues la punta más al sur es el Cabo de las Agujas (Cabo Agulhas), descubierto también por Bartolomé Díaz en el mismo viaje.

El rey de Portugal Juan II, cambió el nombre de Cabo de las Tormentas por el de Buena Esperanza, porque le hacía pensar que traspasado aquel punto, la ruta hacia las Indias Orientales estaba libre.

Lo cierto es que sin la tremenda peligrosidad de Hornos, navegar a vela por el sur de África, era también una gesta digna de ser recordada y los navegantes adoptaron una nueva forma de pregonarlo que era con un nuevo tatuaje en el otro brazo.

La navegación fue progresando y muchos navegantes consiguieron los dos tatuajes, pero fue a partir de 1800, cuando se comenzó la colonización Australia y Abel Tasman descubrió la isla de Tasmania, que lleva ese nombre en su honor, que los intrépidos marinos tuvieron la oportunidad de agregar un nuevo trofeo a la lista de sus heroicidades.

Se trataba ahora de pasar por debajo del continente, por un cabo llamado Leeuwin, en la zona sur-occidental de Australia, en la Colonia denominada Australia del Oeste. Su nombre se debe al barco holandés que lo descubrió en 1622: De Leeuwin, que quiere decir “El Leones”.

La navegación por aquellos mares era altamente complicada. De todos es sabido el clima extremadamente malo de Nueva Zelanda, nuestras antípodas, pues bien, para pasar por Cabo Leeuwin, era necesario entrar o salir por el proceloso Mar de Tasmania, bordear esa isla, que pertenece a Australia o arriesgarse a pasar por el Estrecho de Bass, zona muy peligrosa por los innumerables bajíos, roquedales y pequeños islotes, en donde naufragaron innumerables barcos y por último, navegar a todo lo largo de la costa sur del continente, hasta salir por la otra punta.

Esa proeza requería también de un público reconocimiento, pero ya no quedaban brazos para tatuar, así que se hubo de inventar otro sistema para dar notoriedad pública a la tercera hazaña náutica.

Y la solución vino de manos de los pendientes que bastantes navegantes y sobre todo piratas, usaban. Los tatuajes se sustituyeron por un arete en una oreja, por el Cabo de Hornos, en la otra por el de Buena Esperanza y en la nariz por el de Leeuwin.

Los aretes, como elementos decorativos, estuvieron de moda desde la más remota antigüedad, pero su uso estaba reservado casi exclusivamente a las mujeres. Al menos en las civilizaciones occidentales.

Cuando en épocas remotas, un hombre usaba un arete, quería dar a entender su carácter de oriental. Así, su uso estuvo muy extendido entre los árabes.

El Renacimiento los puso de moda para ambos sexos y se mantuvo de actualidad hasta que se impusieron las pelucas, a partir del siglo XVIII, que al ocultar las orejas, hacía innecesario su adorno.

Pero los navegantes los siguieron usando y mientras navegaron a vela, fueron agregando aretes a su rostro, siempre que cumplían con una de las tres proezas descritas.

A mediados del Siglo XIX, el vapor sustituyó a la vela y siendo muy peligrosas las rutas que se han mencionado, la posibilidad de gobernar un barco sin depender de la dirección del viento, supuso tal avance que sustrajo muchos enteros a la peligrosidad de navegar al sur de los tres grandes cabos y la costumbre fue cayendo en desuso, hasta que, al final, ha quedado para la historia.

COMENTARIOS

Publicidad Ai
Publicidad Ai
Publicidad AiPublicidad AiPublicidad AiPublicidad AiPublicidad Ai
Publicidad AiPublicidad Ai
Publicidad AiPublicidad Ai
chevron_left
Medio Ambiente abre un carril bici en Mijas para promover la movilidad sostenible
chevron_right
Muere sin recuperar a sus hijos tras ganar doce sentencias