Actualizado: 18:22 CET
Miercoles, 29/01/2020

Alcalá la Real

El adiós del Aguardentero

La despedida de José Antonio Martín Vela al frente de la histórica taberna pone fin a tres generaciones dedicadas al negocio, desde su apertura hace 113 años

  • La taberna, hoy, y a principios de los ochenta.

Nos acompañan tres o cuatro parroquianos que apuran sus copichuelas de anís o su café mañanero. Hay algo en ellos, cómo diríamos, de fraternal, como si los que allí se congregan cada día tuvieran mucho más en común que la mera coincidencia en un bar cualquiera, y de hecho se sintieran un poco familia, hilados por la cercanía que dan solo muchos años de compartir confidencias, de arreglar el mundo mientras los de arriba lo desbaratan. De eso sabe un poco Pepe, El Aguardentero. “Me voy por temas de salud”, reconoce, “los tobillos y las rodillas los tengo un poco tocados, y el pasar aquí tantas horas de pie, haciendo giros, a lo cual se suma que estoy un poco regordete de más, hace que se me dañen aún más los tobillos. La poca gasolina que me queda, el médico me dijo que si cambiaba de actividad, iría a mejor. Mi idea es organizarme un poco y ver si puedo trabajar en otro lado, o crearé otra cosa”, nos cuenta Pepe, quien tiene previsto dar por cerrada esta larga etapa de su vida el próximo 1 de julio.

El adiós de José Antonio Martín Vela, tercera generación de Pepillo el Aguardentero, al frente de su histórica taberna de la esquina de las Casas de Enfrente con la calle General Lastres, deja un poso melancólico y triste en la Plaza del Ayuntamiento, no sobrada últimamente de alegrías. No son muchas las tabernas que, con ese sabor genuino y auténtico de lo antiguo, son capaces de capear las inclemencias de un siglo y pico de existencia para permanecer con sus puertas abiertas, atravesando tiempos buenos y penurias.

Fue en 1906 cuando Pedro Martín Rodríguez, procedente del pueblo granadino de Albondón, en plena Sierra de la Contraviesa, en la Alpujarra Baja, llega a Alcalá la Real para trabajar con la familia Garnica, que contaba con una fábrica de aguardientes en la Fuente del Rey. El origen en una comarca vinícola como La Contraviesa quizá tuviera relación con que Pedro terminara en este oficio, que sería el germen para la posterior apertura del negocio familiar, la taberna que abría sus puertas en el mismo lugar que ha ocupado durante 113 años.

Ni siquiera la Guerra Civil lograría interrumpir la actividad de este histórico establecimiento, abierto durante toda la contienda, y que, tras la misma, pasaría a manos de José Martín Rueda, padre del actual propietario. Pepe reconoce que el negocio “no es que me gustara, ya que yo hice Formación Profesional, en la rama de Automatismos, pero la verdad que, cuando regreso de la mili, en el 81, había una crisis económica, y no había mucho trabajo. Mi padre estaba ya mayor, y yo, último de los tres hermanos, le había ayudado desde pequeño, con lo que decidí hacerme cargo”. Pepe, que tenía entonces unos 24 años, tomó las riendas del negocio, de manera provisional, “hasta ver qué pasa”, y así ha continuado al frente del mismo casi cuarenta años. Hace 22 lo reformó, pero manteniendo su sabor original, y sin faltar a la fórmula primigenia, tan demandada por los clientes: sus manzanillas, sus copillas de pasas, sus aguardientes… A lo que fueron añadiéndose las tostadas, los cafés, etc.

Queda, no obstante, una puerta abierta a la esperanza, ya que Pepe reconoce que “aunque familiarmente no creo que exista continuidad, si que tengo un par de ofertas que valoraré, ya que soy el primer interesado económicamente en ello. Así que espero que alguna de ellas salga adelante, y de paso contribuir a evitar la decadencia del casco antiguo, que se va durmiendo y muriendo un poco”. No en vano, Pepe recuerda cuando la calle General Lastres era una vía muy comercial, llena de tiendas y trasiego, algo que, echándole un vistazo ahora, parece una imagen de un pasado muy lejano en el tiempo. Quizá por eso el centro necesita tanto de este histórico rincón en el que seguir tomando el matutino café o el vermú del mediodía, poniendo así su granito de arena para que el corazón de Alcalá no siga languideciendo…

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