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Lunes 15/08/2022  

Sindéresis

La paz de Ucrania

Los intereses extranjeros necesitan partidos políticos en países con democracias consolidadas como el nuestro

Publicado: 06/03/2022 ·
22:39
· Actualizado: 06/03/2022 · 22:39
Autor

Juan González Mesa

Juan González Mesa se define como escritor profesional, columnista aficionado, guionista mercenario

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Una parte del debate de estos días se ha centrado en si España envía o no armas a Ucrania, pero estoy convencido de que eso aleja nuestra atención de lo más importante. Algunos militares de amplia experiencia, y algunos cargos y excargos políticos de la izquierda española, francesa y de otros países, han dicho que enviar armas a Ucrania no supondría una diferencia en el transcurso de la guerra. Entonces, ¿a qué discutir? Si eso es verdad, lo es también para los rusos, a los que, por cierto, no parece haberles molestado tanto como las penalizaciones internacionales.

De lo que yo creo que hay que hablar es de quién se sienta en la mesa de negociación y en calidad de qué. La agresión a Ucrania no es fruto de un problema puntual sino de una dinámica de bloques militares. Esos bloques militares son herramientas de los intereses comerciales de las naciones y de las grandes multinacionales. Al parecer, que un país permanezca neutral entre estos bloques le proporciona una seguridad solo relativa, porque si fuese agredido por oriente u occidente, no podría buscar auxilio en el otro bloque. La neutralidad individual es, por tanto, una quimera. También lo es la comunidad de estados que dependen armamentísticamente de uno de esos dos bloques. Europa, ahora mismo, no tiene independencia energética ni armamentística, así que no puede velar por sus propios intereses sin alterar el equilibrio entre occidente y oriente. Con la misma lógica usada por Rusia, que lo que pase en el país de al lado, y con quién se alíe militarmente, les afecta, Europa también podría argumentar que lo que le pase a Ucrania le afecta directamente; es decir, que no queremos los misiles rusos unos cuantos miles de kilómetros más cerca. Tampoco podemos pedir mayor protección de la OTAN, porque entonces rusos y chinos se van a poner todavía más nerviosos. Necesitamos una política común de diplomacia fronteriza, lo que implica una reordenación severa de nuestra dependencia de otros recursos de fuera de esas fronteras, y un ejército neutral a esos bloques, con obediencia europea y democrática.

Por otra parte, los grandes bloques de oriente y occidente nunca van a dejar de intentar influir sobre nuestra política, sobre nuestros gobiernos, y, como estos gobiernos son democráticos, también se intentará influir sobre la opinión pública. Para preservar nuestro modo de vida democrático y humanista, debemos protegernos de esta influencia y debemos señalarla cuando no seamos capaces de neutralizarla. Estos intereses extranjeros están compinchados con algunas formaciones de extrema derecha; ha quedado demostrada la defensa y retroalimentación, por ejemplo, en España, del eje Trump-Putin-Abascal, con homólogos en Italia (Salvini) o Francia (Le Pen). Los intereses extranjeros necesitan partidos políticos en países con democracias consolidadas como el nuestro, ya que no los pueden desestabilizar y debilitar con los medios que usarían en algunas regiones de África, Oriente Medio o Sudamérica. Esos partidos necesitan votantes y por eso tienen una estrategia comunicativa común: captar a todos aquellos que se resisten al progreso social y usarlos como ariete antes que ese progreso social sea hegemónico. Así que, por más retorcido que parezca, para conservar la paz mundial tenemos que defender las trincheras del progreso: el feminismo, la libertad sexual y de género, el apoyo al inmigrante y la ecología. Homogeneizar los intereses europeos, arrinconar a la extrema derecha y asentar como inmutables los avances sociales son la mejor carta para la paz en Ucrania y en Europa.

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