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Las nulas protestas por la sabia decisión de la Junta de que la entrada a los museos hasta ahora gratuita se sitúe en 3 euros me resulta reconfortante...

Publicado: 17/11/2019 ·
22:24
· Actualizado: 17/11/2019 · 22:24
Autor

Jorge Molina

Jorge Molina es periodista, escritor y guionista. Dirige el programa de radio sobre fútbol y cultura Pase de Página

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Una mirada a la fuerza sarcástica sobre lo que cualquier día ofrece Sevilla en las calles, es decir, en su alma

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Las nulas protestas por la sabia decisión de la Junta de que la entrada a los museos hasta ahora gratuita se sitúe en 3 euros me resulta reconfortante. Aunque, no nos engañemos, sobre todo provoca una gran indiferencia para esa gran masa social de conciudadanos que sólo van a ver exposiciones o patrimonios varios si se prevé cola, grandes colas, colas de las que fardar luego en el bar el lunes: “Tres horas estuvimos esperando, pero qué preciosidad la pintura flamenca sobre tabla de Van Dyck”.


Para qué museos si en Sevillaland la agenda de eventos resulta tan demoledora que sorprende que las guías del ocio languidezcan en el ocaso general de los medios escritos. No ha acabado el Festival de Cine y sus cientos de proyecciones cuando aparece el Monkey Week con 150 conciertos. Están recogiendo en Fibes las lentejuelas de MTV y llega el Sicab, con esas tardes de alto interés etnológico, llenas de cubatas y mozalbetes listos para la monta.
Al menos llueve, y eso siempre tranquiliza a la ciudad, da un respiro a su ánimo, tendente a la exacerbación. Como en el clásico del precio del agua de beber. Los líderes de la oposición intentarán liderar a las masas en la protesta porque el recibo sube una media de 1 euro al mes.


También podrían protestar porque uno de nuestros hitos culturales, la tapa, sufra tal escarnio. He visto bares que anuncian tapas a 9 euros, una absoluta contradicción. Ya en la cafetería del aeropuerto ha empezado la revolución de la leche: el café manchado cuesta 30 céntimos más que el solo.


Pues eso, que al menos llueve, y el milagro de la Navidad resultará más creíble que en manga corta. El milagro se llamará nuevo récord de ventas y de ocupación hotelera. Sevilla vuelve por sus fueros, capital del comercio y del intercambio de bienes que fue durante sus siglos dorados. Cuando veo huir a manteros desde la antigua calle Génova -hoy Constitución- al Arenal, me transporto a la ciudad cervantina donde los negros se vendían en las gradas de la Catedral y la carne femenina en la plaza de Molviedro. Todo eso quedó atrás; o no, doctores tiene el Cabildo Catedral.


La lluvia que nos caerá en Navidad es ácida. Desde la política nacional se esparcerá un chirimiri con tendencia a chaparrón con intención de soliviantar a electores cabreados. O a los inexplicables, esos que en Los Palacios, un poner, dan mayoría a un alcalde comunista y seis meses después convierten a los ultras en casi ganadores. Una lluvia que regará lo peor de nosotros mismos. Oremos. 

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