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Martes 13/04/2021

Notas de un lector

Última campanada del silencio

Este libro se presenta como un caleidoscopio cromático y multiforme, por el que asoman humanas esencias, solitarios enigmas, existenciales dialécticas, infinitos fuegos, que van conformando un volumen sereno, de verbo delicado y solidario

“Mis ojos son pulidos, vigilantes cristales,
/ lentos caleidoscopios que observan otras vidas”, escribe María Luisa García-Ochoa en el poema que sirve de introito a este libro, y que se presenta como un caleidoscopio cromático y multiforme, por el que asoman humanas esencias, solitarios enigmas, existenciales dialécticas, infinitos fuegos, que van conformando un volumen sereno, de verbo delicado y solidario.

     “Ultima campanada del silencio” (Coelcción Beatrice. Madrid, 2014), galardonado con el premio “Paul Beckett” de poesía 2013, es el primer poemario de esta autora madrileña. Sabe María Luisa García Ochoa, que la poesía es un enigma donde cabe la belleza, el equilibrio y la armonía. Y en la búsqueda de esos tres objetivos mencionados, cimenta buena parte de su quehacer. Porque por este atlas de íntimos sentimientos, caminan aunadas las sombras de la nieve, los silentes y negros llantos, los pausados y frágiles ángeles, sus vertiginosos y miríficos vuelos, los secretos que incendian y astillan el corazón…. Todo ello, ovillado al hilo de un verso que aporta al conjunto una exacta musicalidad: “Hay que entrar en el cielo para sobrevivir/ ante tanta tormenta que suena trueno a trueno,/ relámpagos que avisan y bengalas de alerta./ Es de nuevo otro mundo donde amarro mi barca”.

     Ese mundo distante, esa vida distinta que antes citaba, se tornan, al cabo, universo cercano. Porque la propia autora afirma que“Existen otros mundos: están en mi interior”. Y en el interior de este sugeridor volumen, se encuentra una escenografía existencial que nos guía por las edades del ser, y que, sufriente y dichosa, avanza en círculos, regresando siempre hacia un espacio no concluso. El yo lírico, cómplice en suma del devenir fugaz del ser humano, desnuda su conciencia, y alcanza a unir lo ideal y lo real, lo místico y lo mítico, lo sagrado y  lo profano, en una suerte de urdimbre certera y reveladora: “Tan temporal la vida con su esqueleto frágil,
/ no hay que perder ni un beso, ni un minuto de abrazo,/ ni una sola caricia, ni un brote de pasión”.

     María Luisa García-Ochoa va puliendo su verbo hasta encontrar la sabia medida de  su discurso. Su tempo lírico funde el fulgor de lo vivido y la acrisolada ausencia del desencanto, y torna su quehacer en una poesía de contrarios, de pétalos y desposesiones, de culpa y redención, como si su excepcional tarea fuera la de contemplar la luz; y la del lector, resplandecer entre sus versos.

    Este personalísimo credo -dividido en dos apartados, “Cada día” y “Del amor”-, nos sumerge en los espacios que abarcan la memoria y el presente, los momentos que erizaron la piel pretérita y que se enroscan hoy en el laberíntico y llameante amor: “Dime ahora cómo remediar mi mal,/ acaso lo consiga tan sólo con quererte”.

    Años atrás, nuestro añorado Miguel Delibes, escribió: “Nunca las campanadas dicen lo mismo. Y nunca, lo que dicen, lo dicen de la misma manera”. Y en verdad, que estas campanadas, contienen las imágenes justas para decir verdades desnudas, develadas de misterios, al borde del cielo que linda con el fulgor de su esperanza: “La última campanada del silencio/ 
tuvo un eco especial en mi conciencia,/ superó la barrera de mil ruidos/ que golpeaban las esquinas
/ y que yo iré guardando y olvidando/ hasta que tú regreses una tarde cualquiera”.

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