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Jueves, 12/12/2019

Lo que queda del día

Barcelona... ai, qui ho diria

Apenas queda resquicio para hablar de otra cosa diferente a Cataluña, de la desolación frente a las imágenes de los enfrentamientos

  • Violencia en Barcelona.

En Jerez, el Ayuntamiento va camino de los veinte días sin poder prestar todos sus servicios a causa del ciberataque que ha inutilizado su sistema informático, convertido en cobaya de hackers a la espera de un diagnóstico definitivo que nos diga en qué medida debe cundir su ejemplo, si para bien o para mal.  

En Cádiz sólo se habla de fútbol después de que en Carranza hayan doblado las raciones de píldoras de la felicidad entre su animosa y entregada afición -lo que viene a ser toíto Cai-, pese a que siga el enredo en torno a Valcárcel y pese a que al alcalde le dimita su concejala de Mayores por falta de recursos: habrá sido un despiste de Kichi que nadie le tendrá en cuenta.

En el Campo de Gibraltar prosigue la incertidumbre y la cautela ante un brexit que se encamina, o no, a la prórroga, y quién sabe si finalmente se decidirá en los penaltis -que viene del latín poenalitas (penalidad)-: qué mejor ocasión que ésta para elegir una palabra que puede resultar premonitoria sobre lo que aguarda a tantos británicos exaltados y, por desgracia, a quienes sufriremos sus consecuencias.

Bastaría con tirar de estos titulares para encontrar suficientes alicientes con los que pasar una velada entretenida, pero en las actuales circunstancias apenas queda resquicio para hablar de otra cosa diferente a Cataluña; entre otros motivos porque resulta aventurado vaticinar cómo acabará todo, si es que tiene un final, y tras aceptar que ese final se mantenga dentro del orden constitucional.

De momento basta con asomarse al televisor y reconocer que, como decía José María Latorre, “esta película no me la sé”, salvo que él pronunciaba la frase con admiración hacia David Mamet y a nosotros no nos queda más ánimo que el de la desolación frente a las imágenes de los enfrentamientos, las barricadas, los incendios, los adoquines arrancados y esparcidos por el suelo, los vecinos y comerciantes angustiados, y los policías parapetados y condicionados por eso que ahora llaman la “proporcionalidad”.

Y no sólo desolación ante las imágenes, también ante los discursos de tipos tan inteligentes y sobradamente cultivados como Pep Guardiola -el entrenador que recita poemas de Miquel Martí i Pol y regala novelas de autor a sus jugadores-, al que cuesta creer que, en realidad, piense lo que está diciendo. Los ha habido más comedidos, como Andreu Buenafuente, que dedicó este lunes su monólogo de Late motiv a la sentencia del procés. Evitó la ofensa, más a unos que a otros, pero dijo algunas verdades con las que es inevitable estar de acuerdo, como que el auto emitido por el juez Marchena constata “el fracaso de la política y de los políticos”, aunque por el camino sostuvo argumentos con alfileres y, como muchos otros desde su Cataluña natal, prefirió el relato de la “ensoñación” al de la legalidad vulnerada.

El relato, en cualquier caso, se ha ido a la mierda; aquí y ahora lo único visible es un plan, una estrategia de confrontación en manos de unos infames titiriteros que ni siquiera hablan por la mitad de la población catalana o, quién sabe, sólo lo hacen por la única población que, desde su posición, merece seguir viviendo en Cataluña, a partir de un supremacismo ideológico que es el que ha alimentado la violencia ahora manifestada en las calles y que, vaya contradicción, puede ayudar a incrementar el respaldo electoral de todos esos partidos a los que odian profundamente de cara a las generales de dentro de tres semanas; y eso es algo que los asesores de Pedro Sánchez deben estar evaluando ahora desde su moderada firmeza.

De fondo, Barcelona, ai, qui ho diria! Pont de cultures, quanta abundancia, quante bellesa, quanta energia, ai, qui ho diria!, feta malbé! per ignorancia, per imprudencia, per inconsciencia i per mala llet. Serrat dedicó estos versos al Mediterráneo trece años después de su mítica composición para denunciar la contaminación del mar. Por desgracia, hoy sirven igualmente para retratar el campo de batalla en que han convertido su ciudad natal a los ojos del mundo, ay, quién lo diría.

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