Actualizado: 02:25 CET
Jueves, 27/06/2019
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Lo que queda del día

Hasta aquí, y lo que tenga que venir

Tras esta tempestad de promesas y programas, debería volver la calma. Creo que nos la merecemos. Y si no la calma, al menos la pausa

En torno al periodismo hay multitud de anécdotas que retratan a los propios periodistas, pero también a los medios para los que trabajan. En El ojo público, Joe Pesci encarna a un fotógrafo del Chicago de los años 30 que contaba algunos de los trucos que utilizaba el gremio para ganarse la vida: si encontraban a un bebé abandonado en un callejón oscuro probaban a pellizcarle en la mejilla para que llorara, porque le pagaban el doble que si el niño aparecía dormido o juguetón.

De esa misma época hay otra anécdota fantástica relacionada con una visita del arzobispo de Canterbury a Nueva York. Nada más poner el pie en la gran manzana se le acercó un periodista que le preguntó su opinión acerca del elevado número de prostitutas que había en la ciudad. Cuentan que el arzobispo quedó desconcertado con la pregunta y que se tomó su tiempo para responder, hasta que finalmente optó por un: “¿Ah, pero hay prostitutas en Nueva York?”. Al día siguiente, en la portada de uno de los rotativos neoyorquinos podía leerse: “El arzobispo de Canterbury pregunta si hay prostitutas en Nueva York, nada más llegar a la ciudad”.

Hoy en día no es necesario que los fotógrafos pellizquen a bebés abandonados en busca de un mayor dramatismo y sensacionalismo en sus imágenes -cada vez quedan menos fotógrafos de prensa-, y para cuestiones escabrosas siempre habrá alguien con un móvil a mano para tomar la instantánea, compartirla por redes y ofrecérsela a algún periódico o portal -cuando falleció el piloto roteño Marcos Garrido a causa de un accidente en el Circuito de Jerez, varios medios recibimos la foto del joven sobre el asfalto; la mayoría nos negamos a publicarla-.

Por el ejemplo del arzobispo, en cambio, parece no haber pasado el tiempo, salvo que ya no se emplean esos titulares para vender más ejemplares, sino para conseguir visitas, a toda costa. El catedrático de la Universidad de Oxford, Timothy Garton Ash, escribía hace algún tiempo en El País que proliferan los medios “chillones y polarizados. Internet ha destruido el modelo de negocio de la prensa y ahora todos compiten por los clics”.

De ahí al periodismo fatuo y chocarrero sólo hay un paso, como demuestran a diario tertulianos, columnistas, supuestos “influencers” y “youtubers”, atrevidos bien(o mal)pensantes a los que basta con una llamada por privado para rilarse, conscientes de las imprudencias con que garantizan su  sustento y que, como ocurre al volante si vas bebido, terminan por pagarse. Ya describió este presente el grande don Manuel Alcántara poco antes de su despedida: “Estamos revisándolo todo menos nuestra conducta. Somos jueces y parte del delito” -cuánta ausencia de autenticidad desde que se ha marchado-.

Los últimos dos minutos de la película El reino parecen estar construidos a partir de esa pequeña reflexión. Presten atención si pueden al duelo final en un plató de televisión -¿tal vez el de La Sexta?- entre Antonio de la Torre y Bárbara Lennie, dándose el uno al otro réplicas imprescindibles, aunque improbables en la realidad, pero que ayudan a abrir interrogantes en nosotros mismos sobre lo que podemos ver o escuchar a diario.


Ahora, tras esta tempestad de promesas y programas, reproches y esperanzas, abrazos y malos gestos, intereses e interesados, relatos y liderazgos, conspiraciones y pactos, derechas e izquierdas, debería volver la calma. Creo que nos la merecemos. Y si no la calma, al menos la pausa, como al bajar de una montaña rusa. Sé que van a seguir ahí los ecos de un bebé abandonado o de un arzobispo desubicado, porque nos hemos empeñado en tal afán, como un compromiso irrenunciable con esa actualidad que ha terminado por arrastrarnos a todos, ...pero al menos la pausa. Yo he pedido la ayuda de Joanna Kulig para que vuelva a interpretar Dwa Serduszka; de momento me sirve. Ya habrá tiempo para el rock´n´roll, y lo que tenga que venir.

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