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Sábado 16/01/2021

Jaén

'Las hojas sueltas'

Es tan pronto por la mañana, tan maravilloso el silencio del condenadamente frío mes de noviembre, que el plebeyo arrullo de las desconsideradas palomas que...

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  • Palacio de Vélez

Es tan pronto por la mañana, tan maravilloso el silencio del condenadamente frío mes de noviembre, que el plebeyo arrullo de las desconsideradas palomas que defecan desde lo alto de las gárgolas de la catedral sobre los desagües de la calle del Almirante Topete es insoportable. El ruido rebota entre las paredes traseras del imponente templo y las del Palacio Vélez, y lo multiplica. Maldiciéndolas en voz baja, dejo los bártulos sobre el suelo para poder calzarme los guantes mejor. Coloco la escalera en posición, inclinada y apoyada contra el muro del Palacio, tomo la maza y el cincel y clavo el primer golpe justo debajo de la placa que identifica la Calle del Almirante Topete. Me la han encomendado retirar para sustituirla por la de Calle de Almenas por razones políticas, al haber iniciado la revuelta contra Isabel II. Los mazazos ahuyentan a algunas de las palomas, que deciden huir ante un espectáculo más molesto que su murmullo de cotillas. Sin ellas, me quedo totalmente solo en el que sin duda es el lugar más tierno de todo Jaén, puesto que, a este discreto rincón, arrojaba sus más sentidos mensajes de amor la joven y preciosa heredera de los Vélez – emparedada por su padre en lo alto de la torre del Palacio para evitar su relación con su amado y humilde pretendiente -, a través de un respiradero en la ventana prácticamente tapiada de su alcoba. Abajo, al pie de la torre, él los esperaba ansioso; los recibía con ambas manos abiertas, los olía, los leía y releía, repasaba sus trazos finos, empapándolos con las vivas lágrimas de su sordo lloriqueo, hasta que lo destripaban por dentro y caía rendido y exhausto sobre el suelo, con la cara pegada a los adoquines y la cabeza cubierta por sus manos de uñas sucias. Durante esas largas madrugadas, los fieles que iban a misa le dejaban monedas, creyendo que era limosna y no perdón lo que suplicaba aquel vagabundo, entre llantos y aullidos. Cada madrugada, desde que su padre la recluyera, iría el muchacho a este rincón de la capital en busca de los delicados mensajes manuscritos en grandes letras granates, redondas, apretujadas en los márgenes de las hojas de un inmaculado misal de coleccionista que su padre le regaló para su comunión. Esas misivas durarían hasta que ella se quedara sin sangre, que era lo que usaba de tinta. Y allí se quedó el pobre muchacho, ese último día, esperando durante horas un mensaje que esta vez no llegaría de manos de su amada. En su lugar, ese mismo día, unas solemnes campanas renacentistas le transmitieron un fatídico mensaje a las doce en punto del mediodía y de repente lo comprendió. Tras el sepelio de la joven, al que por supuesto él no fue invitado por expreso deseo de la familia, una de las doncellas delPalacio se acercó hasta su casa, llamándolo por su nombre. En la mano, llevaba un sobre cerrado con el último mensaje de la difunta, el mismo que no alcanzó a empujar a través de la reja desde lo alto de la torre - acaso le fallaron las fuerzas, pálida como estaba -, rubricado con sus iniciales en temblorosas mayúsculas, “J.V”. Una vez colocada la placa de la calle Almenas, bajo de la escalera y me retiro unos pasos para evaluar su rectitud respecto al pavimento inclinado. Todo en orden. Recojo los bártulos y observo que uno de los adoquines de la calle, en la vertical de la placa recién estrenada, está suelto. Cuando la gente se pare a leer el nuevo nombre de la calle, se dará cuenta del defecto en el suelo y difundirá lo mal administrado que está el ayuntamiento, gastando dinero en tonterías que debería emplear en arreglar las calles. Suspiro de fastidio, pero me arrodillo para levantar el adoquín y rellenarlo con arena. Al alzarlo, descubro una pequeña caja de madera enterrada justo debajo, ocupando un hueco mucho más hondo de lo que parecía al principio. Con la ayuda del cincel, extraigo la caja y la abro. Dentro, están las hojas sueltas y ordenadas de un antiguo misal con inscripciones ilegibles y emborronadas como con acuarela granate en los márgenes; debajo de las hojas,también hay un sobre cerrado con unas iniciales. Como no tengo material de relleno suficiente para todo el agujero, vuelvo a enterrar la caja donde la encontré, acabo de ajustar el adoquín suelto para que no baile y me sacudo el polvo de las manos dando palmadas, satisfecho.

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