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Miercoles, 26/09/2018

El sexo de los libros

Bertolt Brecht: Atracar un banco

Los bancos tasaron al alza los precios de las viviendas y de las burbujas inmobiliarias para incrementar la concesión de créditos.

  • 'La ópera de los 3 centavos'

Empezaremos bien citando un párrafo (bastante divulgado) de la carta que Thomas Jefferson (1743-1826), tercer Presidente de los Estados Unidos, envió en 1802 a Albert Gallatin, entonces Secretario del Tesoro: “Pienso que las entidades bancarias son más peligrosas para nuestras libertades que todos los ejércitos listos para el combate. Si el pueblo estadounidense permite un día que los bancos privados controlen su moneda, los bancos privados, y todas las entidades que florecerán en torno a ellos, privarán a los ciudadanos de lo que les pertenece, primero con la inflación y más tarde con la recesión, hasta que sus hijos se despierten, sin casa y sin techo, sobre la tierra que sus padres conquistaron”.


Jefferson, considerado uno de los Padres Fundadores o American Founding Fathers, ostentó la presidencia de la república entre 1801 y 1809 y fue el autor principal de la Declaración de Independencia de los Estados Unidos en 1776. Lamentablemente era racista y partidario de la esclavitud (una de las fuentes de su inmensa riqueza) a pesar de su exaltado idealismo basado en los preceptos de la Ilustración, pero en su soñado Imperio de la Libertad no tenían cabida los negros. Tampoco los pueblos nativos americanos. De hecho, Jefferson fue el iniciador de la Remoción India (auténticas deportaciones interiores), y no como se cree, Andrew Jackson (séptimo presidente); además ordenó la eliminación, sin contemplaciones, de muchas tribus del Este. Su ideología se fundamentaba en el individualismo y el liberalismo agrario de minifundios. Su oposición crítica a la banca hundía sus raíces en una forma de subjetivismo radical confusamente libertario en un sentido sospechoso del término. Aun así, no podemos dejar de reconocer lo acertado de determinados juicios de Jefferson respecto a los peligros del sistema bancario.


A comienzos del siglo XX, encontramos una filosofía férreamente  antibancaria inspirada por el anarquismo ilegalista que llevó a la  práctica, con una cólera ilimitada, la célebre Banda de Bonnot, cuyo jefe fue Jules Bonnot (1876-1912), un personaje de familia humilde experto en mecánica de automóviles y excelente conductor, hasta tal punto que, en 1910, fue el chófer de Sir Arthur Conan Doyle en Londres. En diciembre de 1911, en París, la banda inaugura su brillante carrera con el aparatoso asalto a un recaudador de la Societé Générale. El acontecimiento causó sensación por ser la primera vez que se usaba un coche (un Dellaunay-Belleville, por supuesto robado) para perpetrar un atraco, el primero de una larga serie acompañada de homicidios.


La Banda de Bonnot —corría el año 1912— cayó en su último refugio de Choisy-le-Roi (Île-de-France, Val-de-Marne) en el curso de un dificultoso asedio en el que participó hasta un regimiento de Zuavos. Al cerco asistió un buen número de público atraído por el morbo del asunto. La casa en la que resistían los miembros de la banda fue finalmente volada con dinamita. Dos componentes del grupo lograron escapar, pero fueron localizados en un chalet de Nogent-sur-Marne, donde se produjo una nueva acometida que tampoco fue fácil y que terminó con un lanzamiento de explosivos por parte de un regimiento de Dragones. Ambos hombres murieron. Luego vino el proceso de los supervivientes que comenzó en febrero de 1913. Cuatro de ellos son condenados a muerte; dos a cadena perpetua y trabajos forzados. Uno de los sentenciados con pena máxima sería indultado por el presidente Poincaré y más tarde consiguió la libertad en 1927. Los otros tres serán guillotinados en la prisión de La Santé de París el 21 de abril de 1913.


La Banda de Bonnot es un caso exorbitante de violencia antisistema con el añadido de un extraño, desesperado y poco recomendable concepto de la justicia, lo que sucede cuando los límites entre la acción revolucionaria y la pura delincuencia común son más que borrosos.


El 31 de agosto de 1928 se estrenó, en el Theater am Schiffbauerdamm de Berlín, La ópera de los tres centavos, con libreto de Bertolt Brecht y música de Kurt Weill. En esta pieza se formula una gran pregunta: “¿Quién es un criminal mayor? ¿El que roba un banco o el que funda uno?”. Esta frase tiene múltiples variantes: “¿Qué es robar un banco comparado con fundarlo?”; “Robar un banco es delito, pero más delito es fundarlo”; “El delito de robar un banco no es nada comparado con fundarlo” o “Desde el punto de vista moral, es lo mismo robar un banco que fundarlo”. También existe otra expresión que significa lo mismo: “Si quieres robar, compra un banco”. Todo ello conecta con el interrogante sobre la actualidad de la crisis de 2008: “¿Por qué los bancos siguen ganando miles de millones a pesar de que la economía mundial está en la baja?” (Declaraciones de James Petras a Tercera Información, 14/07/2010).


Bien es cierto que la famosa frase aparece en el contexto de una obra literaria (y musical), y a su vez en el ambiente de los bajos fondos de un Londres victoriano, pero la intencionalidad política es inexcusable puesto que en la pieza se cuestiona la noción tradicional de propiedad a través del distanciamiento épico que caracteriza la producción dramática de Brecht. Aquí, concretamente, el escritor alemán vuelve a cargar contra el capitalismo y su nefasta influencia sobre la sociedad; y escoge a la banca como símbolo supremo de usura, depredación y envilecimiento. Eso sí, Brecht jamás atracó un banco en su vida, aunque estaba de acuerdo, como comunista que era, con la nacionalización de dichas entidades.


La ópera de los tres centavos, vigente a los 85 años de su estreno”. Así titulaba el diario El Informador, de Guadalajara (México),  el 20 de mayo de 2013 en la crónica del montaje de esta obra en aquella ciudad. El director escénico, Horacio Almada, decía que el contenido y el mensaje del texto de Brecht seguían  montándose con éxito en todo el mundo, lo que es verdad, y que “las circunstancias actuales permiten contrastar con las problemáticas de aquellos años”.


Warren Buffet, empresario estadounidense, uno de los inversores más importantes del mundo y el tercer hombre más rico del planeta (Revista Forbes, “Full List of the 500 Richest People in the World 2015), que no es precisamente un agitador marxista-leninista, decía en una entrevista para El País (25/05/2008): “Los bancos se han expuesto demasiado, han asumido demasiados riesgos. Así que el problema es evidentemente de los bancos. Son quienes tienen la culpa. No hay por qué echársela a nadie más”.


No hace falta decir que hablamos de la banca privada.


Los bancos se dedicaron a la elaboración de basura financiera muy insegura  que, en un primer momento, aportó rentabilidad, pero llegó el naufragio con las sacudidas posteriores de los mercados. Entonces los bancos recurrieron a ardides y fraudes de los que fueron víctimas sus clientes. Hubo un efecto dominó. Vinieron las estafas de las preferentes, maliciosas y criminales. Los bancos tasaron al alza los precios de las viviendas y de las burbujas inmobiliarias para incrementar la concesión de créditos. Se saltaron las normas bancarias al ofertar hipotecas con un 100% superior al valor real de los inmuebles. Acrecentaron sus beneficios con subterfugios contables sin engrosar sus reservas de cara a la más que previsible morosidad en una situación de endeudamiento desaforado; vendieron depósitos de “alto rendimiento” cuyas retribuciones eran negativas;    influyeron en los gobiernos (que les obedecieron) para que éstos favorecieran a los ricos (con mayor capacidad de ahorro) y empobrecieran a las clases medias y populares con el objetivo de que los cada vez más profundos desequilibrios sociales hicieran que esos sectores mayoritarios de la ciudadanía cayeran bajo el peso de una  deuda pavorosa; evadieron a paraísos fiscales lo que les dio la gana; esos gobiernos libraron, siempre que pudieron, a los grandes banqueros de comparecer ante los tribunales por expoliaciones de todos los colores, como el caso de Emilio Botín, quien eludió el juicio por un presunto delito contra la Hacienda Pública en el que la acusación pedía  “un total de 170 años de prisión y una multa de 46.242.233,92 euros (7.694.060.334 pesetas), además de una responsabilidad civil de 84.935.195,86 euros (14.132.027.499 pesetas), que es el perjuicio causado con su actuación a la Hacienda Pública”. (El País, 27-05-2008, “Rato atribuye la decisión de no perseguir a Botín en 1996 a De la Vega”). Cuando sobrevino la crisis económica de 2008, los ejecutivos inyectaron a los bancos cantidades astronómicas de dinero, mediante los planes de rescate, sustraído del bolsillo de los contribuyentes (José Soutelo: “La gran banca, culpable de la crisis”, ¡Indígnate Pontevedra! 22/03/2012). Finalmente, la Unión Europea, de forma dictatorial, impuso políticas de austeridad que son un rotundo fracaso que ahonda todavía más la ya escandalosa desigualdad social (destrucción de empleo, bajadas de sueldos, recortes sociales en materias básicas como educación y salud, etc.). Agregaremos los desahucios que los bancos impulsaron por el impago de hipotecas injustas, las cláusulas abusivas (suelo), las comisiones por servicios sin valor añadido o las indecentes y astronómicas pensiones por jubilación de los directivos bancarios.   Y esto es sólo una breve síntesis de tan sucio y negro panorama. Que venga Dios y lo vea.             

 

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