Actualizado: 23:43 CET
Viernes, 16/11/2018

Cádiz

Palomo Linares: “A mí lo que me gusta es torear y vivir la fiesta”

“Me encuentro feliz... Este rincón es una tierra de libertad y de creación propia”

  • Palomo Linares

Hijo de minero, aprendiz de zapatero, maletilla, figura del toreo, ganadero y pintor. Todo un personaje del renacimiento. Formó parte  muy destacada en los años 60 de aquel  auténtico fenómeno social que recorrió toda la geografía española. En la mente queda todavía la imagen de aquel torerillo casi un niño, con gorrilla y hatillo al hombro, buscando la gloria del toreo, al contrario de otros muchos compañeros que se quedaron  en el olvido y otros los de peor suerte dejaron su vida en las infernales capeas.

De vuelta a este rincón tras varias décadas de ausencia, rememora sus actuaciones y triunfos  en  las plazas de Cádiz, Jerez, El Puerto, Algeciras…
—Me encuentro feliz  en esta visita. Este rincón tiene un clima, un embrujo excepcional y una luz propia. Es una tierra de libertad y de creación propia. Siempre lo ha sido. Ahora estamos reprimidos de ejercer la libertad de nuestra patria, nuestras tradiciones. Con mis amigos de la Peña El Albero de Conil y en la universal taberna Casa El Manteca,  he vuelto a sentir el aire y la amistad de esta tierra.
¿Recuerda la última vez que actuó en Cádiz capital?
—Perfectamente. Fue un 12 de octubre de 1966. Fue el cierre de mi temporada de matador y días después cruzaba el charco para las Américas, donde siempre he tenido y tengo mucho cartel. Me anuncié con toros de Carlos Núñez, maté siete con el sobrero. Ya  anteriormente había actuado en la plaza gaditana de becerrita,  novillero y de matador. Esa tarde triunfé y me llevaron a hombros desde la plaza por toda la  larga avenida hasta al Hotel Playa. Se formó un enorme alboroto a la entrada que partieron la puerta de cristal que daba entrada al vestíbulo. Cádiz tenía una gran  afición con sensibilidad y entendimiento. Es una verdadera lástima  que después de tantos años no exista una plaza de toros, ni afición. No tiene perdón de Dios. Los que quitaron la plaza, se cargaron la historia de la tauromaquia de Cádiz.
Estuvo en otras dos corridas importantes en la memoria de  la Plaza Real de El Puerto.
—Las recuerdo con mucho cariño. La primera fue la reaparición de mi compadre Rafael Ortega precisamente en 1966. Rafael fue un torero muy puro, sincero y honesto. Toreaba con el capote y la muleta con tal perfección y grandeza, difícil de igualar  Nos dejaba a todos asombrados. Luego con la espada, mataba a los toros como ninguno. Para mí ha sido unos de los grandes del toreo de todos los tiempos. La otra tarde, fue la alternativa de Galloso con  el maestro Bienvenida. Apoteósica corrida con los tres a hombros. José Luis Galloso ha sido otro de los toreros que he querido mucho.  Siempre he sido partidario suyo. Lo vi de novillero y luego lo demostró de matador. No nos equivocamos. Siempre me gustó.
Carreteras,  caminos polvorientos llenos de espinos, trenes de mercancías, las menos, dormir en los campos  y en los bajos de la plaza de Vista Alegre, muchas angustias, sacrificios, penurias para llegar a ser un torero consagrado y pisar alfombras de grandes hoteles, fueron  años muy duros.
—Esta es una profesión que nadie te regala nada. Yo empecé desde niño queriendo ser torero. Mi padre minero, yo aprendiz de zapatero. El mundo del toro era distinto a como es el de hoy. Nada tiene que ver con el actual, sin menospreciar a nadie. Recorríamos  los campos en busca de algún  tentadero. Cuando no  te echaba el ganadero, lo hacía el mayoral y si no, la Guardia Civil te frenaban a medio camino. Dormíamos en la sierra, Fuimos errantes del destino. Al amanecer buscábamos una oportunidad, una ocasión  para que  te dejaran pegar cinco pases a una becerra. En mis tiempos no era fácil, aunque el sacrificio y el poder, lo teníamos siempre en nuestras mentes. A nosotros nos enseñó las vida, la penuria y la necesidad. No teníamos dinero, yo usaba de muleta un trozo de tela roja de una falda de mi hermana. 
En estos tiempos ha cambiado todo, maestro.
—Así es. Hoy todos tienen su coche, hay buenas carreteras. Existen escuelas que se preocupan de llevarlos y traerlos a los tentaderos. La verdad es que en las escuelas, todo no es perfecto. A los chavales se les ayudan, aunque realmente los profesores tienen una obligación importante, y es que no deben enseñarles al que quiere ser torero, ponerse en el sitio donde no le pueda coger el toro. Así de duro. Aquel profesor que se empeñe en enseñarle esa colocación,  al  que quiere empezar, está equivocado
Hablemos de la década de los años 1960-70...
—Cuando yo irrumpí en aquella época, ya había otro fenómeno, que con su forma, estilo, fue un revulsivo. Había por entonces una baraja muy importante de figuras, que estaban  un poco dormidos. El Cordobés los despertó y personalmente me encontré con un  grupo que estaban un  poco resentidos, siendo buenos toreros. Empezó la competencia.
¿Por qué surgió La Guerrillera? Una plaza portátil que Benítez y usted  utilizaron para hacer temporada.
—Fue una defensa para la Fiesta en el año 1969. Desde que tomé la alternativa no había alternado nunca  con el Cordobés. No cabíamos en un mismo cartel por las exigencias de ambos. Los  cinco empresarios más importantes de España, Francia y América  iniciaron un monopolio, porque querían hacer una contratación en bloque, en grupo. Por lo que El Cordobés, que era independiente, y yo nos opusimos, y no estábamos de acuerdo entrar en grupos. Así que le presentamos batalla y decidimos hacer temporada  por nuestra cuenta. Nos fue bien y al cabo de unos meses hubo arreglo. La Fiesta es un conjunto de toreros, ganaderos, y empresarios y el público es quien la mantiene. Que no se olvide.
América ha sido un paso importante en su carrera.
—Me he sentido admirado y querido allá. Me acogió como un torero suyo. He toreado en todas las ciudades y plazas de la América taurina. Formamos un matrimonio bien avenido.
Cortar un rabo en las Ventas fue un hito en su carrera.
—El año 1972 fue importante e histórico en mi carrera. Aquella tarde no sólo corté un rabo, primero que se concedía desde el año 1934 en Madrid, sino que esa tarde también corté cuatro orejas. Tengo una satisfacción personal porque ese mismo año corté otro rabo en la Monumental de México. El último concedido fue a Manolete, en 1947. De modo que he hecho doblete en la historia del toreo. Nadie lo ha ganado desde entonces.  
¿En su vida la pintura es consecuencia del toreo o el toreo es consecuencia de la pintura?
—Mi vida en la pintura es de siempre. Pinto desde  que tuve uso de razón. En 1967 hice mi primera exposición en Bogotá, Llevo 49  años dedicado a la pintura. Es mi apoyo. Estoy feliz y contento, me siento realizado.  He realizado más de 300 exposiciones y los cuadros están colgados en las principales galerías del mundo. Siempre he deseado ser  torero y pintor. Es el reconocimiento de los que aman las artes plásticas. La vida debe tener los momentos suficientes que cada cosa requiere. Hay que diferenciar  el toro de la pintura. Los lienzos, los pinceles, pueden esperar. El toro no. El toreo es una profesión de riesgo, y por ello, paralicé algún tiempo la pintura, porque tenía que dedicarle mucho al tiempo al toro, Había que resolver la vida y la de los míos. Tuve que soportar cornadas gravísimas, como la de Zaragoza, entre otras. Hoy es diferente, le dedico mas tiempo a la pintura. 
¿Cómo contempla ese movimiento en contra de los toros,  por parte de políticos y grupos organizados?
—Esta todo el mundo muy sensibilizado. Precisamente ayer escuché una noticia, que te pone el vello de punta. Cuarenta y nueve personas pueden resolver la hambruna del mundo. Millones de personas se mueren de hambre. Pensemos, ¿qué sensibilidad tenemos cuando se esta criando unos animales, en unas dehesas que ayudan al ecosistema, durante más de cuatro años, a placer y que sirven para la creación de arte,   de un espectáculo que crea bienestar, y  miles de puestos de trabajo? Hay que aceptar la libertad de cada cual y comprender una tradición milenaria. Hace unos días, desalojaron de un parque a unos diez chicos que estaban toreando de salón, no molestaban a nadie,  mientras a escasos metros en otro lugar se encontraba un grupo inyectándose drogas y no les dijeron nada. Fíjese como está la sociedad. Basta de demagogias  y un mínimo de comprensión. Mientras en el mundo exista ese grupo todopoderoso millonario que pueden quitar el hambre del mundo y no son capaces de solucionarlo, dejen la fiesta de los toros en paz.
De vez en cuando tomará la muleta en su finca y se pondrá delante de unas vacas.
—A mi lo que me gusta es torear y vivir la fiesta. Mi favorito es el toro y me he dedicado toda mi vida.

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