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Una feminista en la cocina

44 terroristas

Lo único bueno de envejecer es que puedes ver pasar el cadáver de tu enemigo, hacerle una pedorreta a las boca-chanclas que no sabían lo que decían o poder gri

Publicado: 15/05/2023 ·
11:24
· Actualizado: 15/05/2023 · 11:38
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Autor

Ana Isabel Espinosa

Ana Isabel Espinosa es escritora y columnista. Premio Unicaja de Periodismo. Premio Barcarola de Relato, de Novela Baltasar Porcel.

Una feminista en la cocina

La autora se define a sí misma en su espacio:

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 El mundo siempre fue a la deriva cabalgando entre siglos sin siglas, atmosferas cambiantes y unos que se iban y otros que venían. No me reconforta saberlo, sino olvidarlo. La vida es eso en esencia, olvidar lo que te hace oídos sordos porque ni te come, ni te gratifica. Los 44 etarras de las listas no son más que eso, tiempo vivido, lagunas secas y que podamos contarlo y verlo para perplejidad de muchos. La vida ha evolucionado y las organizaciones terroristas que nacían para matar, mueren cuando abogan a una democracia que requiere valores justos y debates con contrastaciones de pareceres, sin sangre, ni tiros. Lo mejor de envejecer no es la sabiduría, ni el aprecio de tu familia. No, No lo es. Lo único bueno de envejecer es que puedes ver pasar el cadáver de tu enemigo, hacerle una pedorreta a las boca-chanclas que no sabían lo que decían o poder gritar en voz alta…al final llevaba yo la razón.

Porque el tiempo pone a cada uno en su sitio, menos a los muertos a bocajarro, a sus familias y a sus sueños. Esos no habrá indemnización que se lo pague, ni funerales de Estado que sequen el dolor, ni flores en corona que restrinjan un ápice el amargor de la boca. Habrá muchos que se indignen y muchos más que saquen partido de estas nuevas tan viejas. Ya saben, los que siempre sacan tajada cuando los demás masticamos esperanza o rencor a mandíbula llena. Esos que hacen del servicio a todos el suyo propio. Y conste que no lo hago por desmerecer a nadie, ni por señalar vigas ajenas. Ya saben que a mí las siglas - o los candidatos- no me llenan, más bien me hacen el efecto Sálvame de creerlos personajes de ficción con un guion aprendido por la Cúpula que nunca se ve. Ya ni la melatonina me consuela, porque siempre he sido de pelo en pecho y con los tirones de la cera me gustaba empezar por la entrepierna.  Hemos venido a sufrir, no se les olvide, crédulos. Si no me escuchan, pueden indagar en el pasado más cretácico, o en las rutas astrofísicas de los meteoritos o en los que han vivido como Belén Esteban toda su vida de decir, sin dar un palo al agua. Hemos exprimido el melón, sacado la tajada a la naranja. Hemos reído con el primo de Zumosol, mientras los ecologistas eran feos y medio idos de tanto porro combinado con sol, para que les diera fuelle para decir tanta tontería.

Pero mira que ahora se han descubierto los molares de los dinosaurios, Nostramos dio su versión adobada y finalmente hemos entendido el mensaje de que nos vamos por el retrete, porque los astros divinos han tirado de la cadena. Sin agua, secos como la mojama y sin entender lo que realmente hacemos en este jodidamente hermoso planeta, más que destruirlo a cachitos para comérnoslo con nosotros dentro. Hemos pasado de ser la especie elegida, (solo era el trabajo de un buen publicista al que se le daba muy bien escribir) a ser realmente la especie incomoda y tóxica que los demás seres planetarios -que nos ven desde años luz- temen como nosotros los virus de los que no tenemos aun vacuna. No somos dioses ni nunca lo seremos, como mucho cabeza de partido de nuestro ayuntamiento o puede que sustituto del sustituto en la bolsa de trabajo del SAS porque las dan putas y eso que teníamos las cartas marcadas. Pero no se me incomoden ustedes, que ya han pactado el alza salarial, aunque no les llegue a muchos ni para pagarse el alquiler o la luz y el agua. La brecha se está abriendo a nuestros pies y podemos terminar como París, con barrios marginales entre tanta luz y tanto perfume para intentar borrar las miserias. Como las fronteras de concertinas que dan fe del derecho de admisión según nuestro lugar de nacimiento, máxima expresión artística del miedo que tenemos los acomodados a que nos roben nuestro pedazo de cielo.

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