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Viernes 14/05/2021

Patio de monipodio

“Mayorista, no limpio pescado”, un personaje real

Inconscientes de que todos tenemos que aprender; necesitamos aprender todos los días, porque eso nos permite mejorar

Publicado: 26/04/2021 ·
23:07
· Actualizado: 26/04/2021 · 23:07
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  • Pescado fresco.
Autor

Rafael Sanmartín

Rafael Sanmartín es periodista y escritor. Estudios de periodismo, filosofía, historia y márketing. Trabajos en prensa, radio y TV

Patio de monipodio

Con su amplia experiencia como periodista, escritor y conferenciante, el autor expone sus puntos de vista de la actualidad

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El personaje, de una serie de televisión, no es “un caso raro”, lamentablemente. Los autores pueden haber conocido, o no, muchos Recios en su vida; son los empresarios que, como otros muchos hijos de vecina, van tan seguros de sí mismos, tan ufanos creídos en saberlo todo, incluso maravillándose de “lo mucho que saben”. Y, como consecuencia, se niegan a abrir su mente para aprender, inconscientes de que todos tenemos que aprender; necesitamos aprender todos los días, porque eso nos permite mejorar. Negativo ejemplo el de aquellos fabricantes de estabilizadores que cuando el aparato dejó de ser necesario, en vez de reconvertirse, aprovechar los nuevos medios aportados por la automatización, por ejemplo, simplemente cerraron sus fábricas. Es la hispánica negativa a diversificarse, incluso solamente a reinventarse. Como aquel que protestaba: “esta empresa la creó mi abuelo, la continuó mi padre y ahora la llevo yo; y no hay nadie que sepa más que yo de esto. El gobierno lo que tiene que hacer es ayudarme a venderlo”. Interesante exigencia de quien debía saber mucho sobre cómo elaborar sus fabricados, pero puede suponerse la gran deficiencia en cuanto a cómo llevar una empresa y -queda bien a las claras- como comercializarlo. Raro, rarísimo es que el gobierno se dedique a vender los productos de ninguna empresa. Queremos decir directamente. Si quería eficaz ayuda gubernamental se debía haber equivocado de sector, para eso habría que montar un banco o una eléctrica. O una constructora, pero en todo caso una gran empresa.


Hay escuelas de negocio, facultades universitarias, escuelas de márketing, dónde, al menos, se aprenden sistemas, métodos de producción y venta. Se da una visión conjunta del negocio y la forma de desenvolverse en él con cierta soltura. Pero la solución, si no se ha alcanzado un volumen considerable, siempre es responsabilidad del empresario. Y debe serlo.


Otra cosa es que los organismos correspondientes puedan ofrecer medios -cursos de perfeccionamiento ó ayudas específicas- para ayudar a la economía sectorial ó general, pero nunca a una empresa concreta. Cuando se hace, como todavía ocurre con las absorciones de bancos y cajas por los tres grandes, se practica discriminación porque se favorece a los ya más favorecidos. Producir o fabricar está marcado por las circunstancias, marcadas a su vez por la política económica, responsabilidad de los gobiernos aunque decidida por el condicionante de los grandes grupos económicos. Esto es lo que debería preocupar a los medianos y pequeños empresarios y a los, aunque grandes, no están insertos en esos corporaciones gigantes. Porque ahí, dónde tantos se miran con admiración a sus pretendidos modelos, es dónde reside su verdadera competencia.


El pequeño, mediano y mediano-gran empresario es el verdadero enemigo a batir por los más poderosos. Ahora más, con la emergencia de los “monstruos” de la distribución digital. El día que lo entiendan y dejen de creer que pueden imitar los métodos de los poderosos, podrán defenderse de su depredación.

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