Actualizado: 09:02 CET
Sábado, 31/10/2020

Lo que queda del día

Pongamos que hablo de Madrid

Madrid ha situado la salud y la economía, definitivamente, al mismo nivel, aunque sin cooperación ciudadana será imposible

  • Situación en Madrid.

Su nombre abre a diario los informativos, convertido en referencia ineludible y en obsesión de los vigías, como si éstos andaran tan pendientes del catalejo como del refranero: “cuando las barbas de tu vecino veas cortar...”. Ocurre “allá donde se cruzan los caminos, donde el mar no se puede concebir, y la muerte pasa en ambulancias blancas. Pongamos que hablo de Madrid”. Todos miran a la capital como si se tratase de una bola de cristal, como un presagio funesto, como el tráiler de una secuela o el eco de un tsunami, y con la sensación de que a falta de un remedio inmediato habrá que recurrir a la anticipación, ante la amenaza de que el virus vuelva a incrementar su expansión por todo el territorio nacional.          

Decide Madrid y suenan las alertas. Por ahora, en su comunidad se va a limitar la movilidad en los distritos y poblaciones más afectadas por la pandemia -una vuelta a la fase cero-, con bares y restaurantes al 50% de capacidad y obligados a cerrar a las diez de la noche, comercios al 50%, parques públicos cerrados y reuniones de un máximo de seis personas. Es decir, lo mínimo que se despacha si no quieres optar por el estado de alarma.

Ésa, sin duda, es la clave, pero no por evitar el intervencionismo, sino la paralización económica de la comunidad y, en especial, de la capital, y a esa estrategia se van a ir sumando el resto de comunidades. La salud y la economía, definitivamente, al mismo nivel. Una prioridad compartida que se argumenta desde la incidencia de las cifras de ingresos hospitalarios hasta la situación patológica de los contagios, que pese a su progresivo incremento, son mucho menos graves que la pasada primavera, en la medida en que se ha reducido la edad media de las personas que dan positivo y se ha elevado la detección de asintomáticos.

A tenor de estas circunstancias resulta inevitable volver de nuevo a aquellas declaraciones de la canciller Angela Merkel en marzo pasado, cuando dijo que “entre el 60% y el 70% de la población acabará infectada” y apeló a “la solidaridad y al sentido común” de los alemanes para hacer frente a la situación. Visto ahora es  como si Alemania nos llevara seis meses de ventaja, aunque es evidente que ellos han sido más disciplinados al atender la principal recomendación de las autoridades: la necesaria cooperación ciudadana “para protegerse a sí mismos y proteger a los demás”, una asignatura que ni siquiera hemos sabido recuperar en septiembre tras un verano más de conductas suicidas que de hincar los codos en casa.

A falta de ese compromiso, la opinión pública sigue sometida a la comunicación placebo, empeñada en crear eslóganes, frases comunes, temas de tertulia -como los relativos a las pruebas con las primeras vacunas, convertido en el respiro que hay siempre en mitad de una película de miedo antes de otro susto- y nuevos escenarios: hablar de los contagios diarios ya es irrelevante, pese a que en la provincia, en el último mes, hayan duplicado todos los registrados entre marzo y agosto; lo importante es centrarse en los ingresos hospitalarios, que son los que dan la medida exacta de la gravedad de la dimensión de la pandemia.

Y, efectivamente, la cifra de ingresados se encuentra muy por debajo del tope alcanzado en el momento más crítico del pasado abril, gracias también a una rotación más constante entre ingresos y altas -otra vez por la reducción de la edad media de muchos de los pacientes-, pero sin que eso ayude a desviar la atención sobre la saturación de los servicios de atención primaria, donde los refuerzos están llegando tarde y mal, y, además, en un momento en el que se han incrementado sus funciones con la activación de los protocolos para atender posibles casos en los centros educativos.

Insisten los expertos en que la mejor forma de combatir al virus pasa por cumplir con la regla de las tres “m”: manos limpias, metro y medio de separación y mascarillas; aunque ahora la única “m” que importa es la de Madrid.

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