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Martes, 13/11/2018

Eutopía

Yo ¿blasfemo?

Blasfemar no es permitirse caricaturizar la hipocresía manifiesta y latente de una religión dominante, sino que ésta lleve ese calificativo, como si de un galar

Que el ‘Estado Vaticano’ esté atrincherado en seguir manteniendo una estructura piramidal con un ápice intocable, que se regodea entre las líneas confusas del machismo rancio y la misoginia extrema, eso no debería significar que aún sea una institución que deba ser apoyada directa o indirectamente por quienes tengan principios basados en la ética humanística y en una vivencia activa de su espiritualidad. Que a la Iglesia Católica se le llene la boca de sacramentos, pero determinadas cúpulas, entre ellas la española, avive y justifique el señalamiento y la exclusión de grupos y colectivos, no sé qué nombre se le podría asignar, sin una pizca de eufemismo para rasgarles esas vestiduras que no les atribuyen ni santidad ni cordura… Que se señalen como signos de apertura unos mínimos de vestigios, que se le atribuyen a su representante estatal y religioso, no es más que evidenciar la torpeza de pensar que las “concesiones” son los amaneceres de un milagro. Que se apresuren en ser protagonistas en todas las salsas retrógradas y todavía se les subvencione por concordatos, consorcios y acuerdos con fondos públicos, es reconocer que la España laica y aconfesional, es más una pantomima de progresismo y democracia que una realidad probatoria.  Ayer mismo, el pregonero de la Conferencia Episcopal exponía con esa autoproclamada superioridad  la oposición tajante a lo que denominan “ideología de “género”. Como pésimos magos, intentan acallar sus propios “pecados nefandos” a través del señalamiento de otros/as. La actitud de la cantera católica más radical no consistiría en erradicar la desigualdad de género, la homofobia, bifobia o transfobia. Más bien,  parece que amamantar la discriminación y la persecución a algunas ¿minorías? (de las que, por cierto, no están ni mucho menos libres en sus filas) es la premisa para declarar su estatus en la carrera de la falsa moral de algunas religiones.  Ante los estamentos de poder de la Iglesia Católica, que se adhieren a la vulneración de los derechos, deberes y libertades inherentes a todo ser humano,  y que además lo hacen con ese desparpajo que sólo se permiten las estructuras ‘pseudo-sagradas’ y las facciones del ultra derechismo, hay que reaccionar con valentía y visibilidad. Desde hace siete años se ha establecido la proclamación del Día Internacional del Derecho a la Blasfemia. Habrá quienes lean esta reflexión, y crean que lo estoy celebrando. Pero realmente… ¿Soy yo la que blasfemo? En absoluto lo creo. Blasfemar contra “Dios” es, en todo caso, impedir que los valores de la libertad, igualdad, y la justicia social, sean extensivos a toda la Humanidad. Blasfemar es seguir crucificando la diversidad porque no acepta el corsé de los modelos impuestos. Blasfemar es adorar al becerro de oro llamado “poder” y desconocer el significado de la riqueza espiritual, la sencillez y la austeridad. Blasfemar no es permitirse caricaturizar la hipocresía manifiesta y latente de una religión dominante, sino que ésta lleve ese calificativo, como si de un galardón se tratara. ¿Alguien podría acusarme de que yo blasfemo? No importa. Si “todos” y por lo tanto “TODAS”, somos ‘Pueblo Sacerdotal’, entonces, por Gracia de Dios… Ego me absolvo y por extensión, Ego te absolvo.

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