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Lunes, 21/09/2020

De vuelta a Ítaca

La gran farsa Gillette

Publicado: 24/01/2019 ·
23:20
Actualizado: 24/01/2019 · 23:20

Lo han conseguido. Y durante unos días el tema ha acaparado titulares en todo el mundo. Millones de visualizaciones de un aburrido anuncio de maquinillas...

Lo han conseguido. Y durante unos días el tema ha acaparado titulares en todo el mundo. Millones de visualizaciones de un aburrido anuncio de maquinillas de afeitar, que a su vez ha obtenido millones de interacciones en las redes sociales, y que aunque haya sido para criticarlo más que para apoyarlo, han supuesto una victoria total para la empresa. Y es que todo publicista se sabe el truco ese de que el que hablen de uno, aunque sea mal, siempre es bueno para el negocio. Habría que darle un premio a la gente que está detrás de la campaña, porque en lo suyo sin duda han sido unos genios, aunque yo tenga otra opinión. Una opinión extraña desde luego. Y que no entiende de beneficios ni de marketing, sino de la falta de ética de una compañía cuyas maquinillas jamás he usado en una obstinación casi enfermiza por no contribuir al enriquecimiento de los miserables. Como ya habrán averiguado, el anuncio al que me refiero es el de Gillette, que ahora parece haber despertado al feminismo después de años exponiendo como objetos a las mujeres en su publicidad, dándonos a entender a los hombres que si usábamos sus maquinillas íbamos a poder acostarnos con la chica que nos viniese en gana. Y eso era así porque sí. Porque Gillette era “lo mejor para el hombre” y punto , ¿y alguien puede acaso imaginar algo mejor para un hombre que poder hacer lo que le venga en gana con las mujeres?

Vale que los tiempos cambian. Aquí nadie duda de ello. Pero es que hace falta ser muy necio para hablar de deconstrucción del machismo en una empresa, y no percibir que en realidad todo esto no es más que una estrategia publicitaria brillante que está haciendo uso de una ideología para vender maquinillas. Nada hay nuevo bajo el Sol ciertamente. El capitalismo es un sistema que sabe mercantilizarlo todo, incluso las ideologías que les podrían perjudicar, siendo capaz de asumirlas en la teoría, pero despojándolas de su esencia revolucionaria para convertirlas en un mero negocio. El feminismo está de moda y eso ellos lo saben, ¿y cómo iban a perder esa oportunidad si nunca han perdido una? Cosas peores han hecho sin sonrojarse. H&M ya sacó hace unos años camisetas con la cara de Sánchez Gordillo, y Prada incluso se atrevió a vender otra con la imagen de Ángela Davis al módico precio de 500 eurazos. Porque lo que vende se vende y punto. Y no van a andarse ellos con remilgos ideológicos ahora si puede aprovecharse, ¿no?

Pero para mí Gillette no podrá ser nunca feminismo, ni igualdad, ni tampoco responsabilidad social, porque para mí Gillette es otra cosa. Una muy personal, lo reconozco. Pues tiene nombre y apellidos, y para mí se llama Emilio. Emilio Lora concretamente. ¿No les suena verdad? Pues Emilio era el padre de mi amiga Gloria, y tenía un pequeño salón recreativo que le daba lo justito para vivir a finales de los noventa, época en la que esos negocios empezaron a caer cuesta abajo. Emilio no es que fuese un amante de los videojuegos, pero montó aquello porque tenía que comer cuando, junto a cientos de compañeros, le echaron de la fábrica de Gillete en 1994. La empresa echó el cierre en Sevilla después de haber tenido más de 700 millones de beneficio, así que no lo hizo por falta de rentabilidad, sino porque habían descubierto la magia de la deslocalización, y si podían ganar algo más iban a hacerlo, sin importarles para nada arruinar la vida de sus trabajadores.

La noticia del cierre movilizó a muchos. Y comenzó una ola de solidaridad por toda España, que incluso se llegó a materializar en llamadas al boicot de Gillette que hicieron políticos de lo más moderaditos. Pero nada sirvió. Y Gillette cerró. Y su política no solamente le valió para ahorrarse unas pesetas en costos laborales, sino que encima la cuota de mercado de la compañía aumentó. El ejemplo de Gillette fue seguido por Altadis, Danone, Roca, Donuts y otras grandes fábricas que cerraron dejando a Sevilla sin apenas industria. Aunque los sevillanos sin embargo no se lo hemos tenido en cuenta y seguimos comprando sus productos, dando así por bueno el que puedan hacer todas las maldades que quieran. Así que nada. Si la Ley y la gente se lo permite que les aproveche, pero que no vengan ahora con cuentos de multinacional responsable porque eso es mentira. Porque ninguna lo es. Y solo son monstruos capaces de arrasar con todo por los malditos beneficios, con lo que únicamente ya les pido que por favor no insulten a nuestra inteligencia.

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Autor en Andalucia Información

Alejandro Sánchez Moreno

Alejandro Sánchez Moreno nació en Sevilla. Es docente e historiador. Especialista en historia del movimiento obrero andaluz

De vuelta a Ítaca

Análisis de cuestiones, tanto históricas como de actualidad, desde una visión crítica de nuestra realidad política, económica y social

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