Réquiem de un descreído

Publicado: 17/01/2020
Autor

Pedro García Vázquez

Pedro García es periodista. Director de Informativos de 7 Televisión y Publicaciones del Sur

Absit Invidia

Con la esperanza de ser entendido por lo que pone, y por lo que no. Eso sí, sin ánimo de ofender ni en castellano, ni en latín

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Vuelven los dos bloques. En la política, en los editoriales, en los bares, en las calles, en las familias...
No me extraña; tiene argumentos. Le conozco bien, muy bien. Hace esfuerzos por empatizar con la clase política, por entender las decisiones cambiantes, fruto de interesados vaivenes; e incluso admite la evolución de las ideas, por muy disparatada que ésta sea; pero se ha convertido en un incrédulo, un descreído de la cosa pública, y lo entiendo.

Casi todo vale, dice. Ya no hay líneas rojas, se han descolorido. Para qué hablar del marxismo (de Groucho) y sus principios. Todo eso ya está cuestionado, lamenta.  Maquiavelo en el siglo XXI. El fin justifica los medios. ¡Ésa es ahora la realidad!, exclama. Si el fin es conseguir gobernar da igual quiénes sean los compañeros de alforjas. Si es derribar al gobernante, las formas no importan. Es la nueva política, la de una nueva generación, preparada en todo menos en el diálogo. Si la solución de Cataluña pasa por los tribunales, cambiemos a la fiscal general del Estado, y nombremos a una ministra saliente. Si antes era insomne, ahora durmiente. Es cierto, dice el incrédulo, que la vida cambia, y que hay que adaptarse a nuevas circunstancias, pero hasta qué punto.



En el otro lado de la balanza, prima llevar al rival político al desgaste extremo, previo a la derrota. Da igual las consecuencias para el país. Llevémosle noqueado al rincón, y que allí los independentistas tiren la toalla para que podamos proclamar voz en grito que el apocalipsis ha llegado, y se quedará (parece) cuatro años. Y los nuevos -lamenta el descreído- ya no lo son. Tienen cartera, con cuero de Ubrique por cierto, y apenas se diferencian del resto. Unos gobernando con la casta, y los otros reinventándose para evitar la desaparición.

Y vuelven los dos bloques. En la política, en los editoriales, en los bares, en las calles, en las familias. Ya lo decía Antonio Machado: Españolito que vienes al  mundo te guarde Dios, una de las dos Españas ha de dejarte helado el corazón. La carga sentimental del momento y época en que el poeta escribió esa estrofa está a mil millas (que dirían en Pulp Fiction) de nuestra realidad, pero es el momento de la cordura y la esperanza para que todo se sitúe en el justo término medio, y el incrédulo, que soy yo, vuelva a ser cándido. 

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