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Viernes, 20/04/2018
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Cartas a Nacho

Universales

La conquista de la universalidad. La defensa de que somos ciudadanos del mundo. Puro mestizaje...

Tras muchos años, es decir muchos siglos, lo primero que un andaluz se sigue preguntando al levantarse por la mañana es por el dios al que tiene que rezarle. Es el mayor logro de nuestra identidad. La conquista de la universalidad. La defensa de que somos ciudadanos del mundo. Puro mestizaje.

Hace cuarenta años, soltamos un grito y dimos un puñetazo en la mesa y al resto del país le hicimos ver que el sur también existe. Y lo hicimos cuando había que hacerlo. En el momento en que se repartía el pastel del Estado. Luego guardamos las banderas andaluzas y las que quedaron se siguen aireando en los mástiles, lugar, por cierto, donde tienen que estar.

Somos un pueblo descreído. Después de hospedar a tanta gente de otros sitios, hemos aprendido de lo relativo de las fronteras. Lo absurdo de ponerles puertas al campo. Nuestra identidad como pueblo es el “por sí, por España y sobre todo por la humanidad”. No conmemoramos guerras ni batallas en nuestro himno, tan sólo nos damos un buen rapapolvo cuando entonamos aquello de “Andaluces levantaos”.

Sólo tierra y libertad, nos hace felices. No nos creemos nuestra supremacía como pueblo, porque tampoco tenemos la idea muy clara de en qué consiste eso de ser “un pueblo”. Y cuando nos ponemos a reivindicar, a lo “único” que aspiramos es a volver a ser “hombres de luz”. Somos puerta abierta, pero es el patio lo que enseñamos. Sólo a los que nos conquistan les mostramos el resto de la casa. Es la manera de incautarnos del corazón del otro.

Hoy, después de cuatro décadas, aunque volvamos a pedirle a María que coja las riendas de la Autonomía, a Marcelo que los “paraos” tengan “currelo” y a Falote “que deje de chupar del bote”, preferiremos que Carlos Cano nos siga contando cosas de “la portuguesa” y que nos vuelva a confundir con la geografía emocional de dónde empieza Cádiz y dónde termina La Habana. Ya tenemos salero y negritos.

El nuestro es más un pueblo que se despereza cada mañana oliendo a pan nuevo, cuando la luz vence a las tinieblas y que Lole y Manuel Montoya nos lo susurran desde mediados de los años setenta.

Nuestra raza es la de todos. Una proporción que Leonardo da Vinci estudió en su Hombre de Vitruvio y que nosotros, los andaluces, la hicimos nuestra en nuestro interior. Cuarenta años después, seguimos siendo una extraña entidad común que con características muy reconocibles, no la voceamos para enfrentarnos a nadie. Sabemos que son de todos, porque todos nos las enseñaron. Cuatro décadas después, Andalucía es la casa de todos. 

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