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Lunes, 30/03/2020

El jardín de Bomarzo

Aislamiento social

Publicado: 13/03/2020 ·
09:42
Actualizado: 13/03/2020 · 09:42

El ser humano no es consciente de su enorme fragilidad hasta que un elemento externo no controlado le hace ver su verdadera fortaleza

  • El jardín de Bomarzo.

"Las epidemias han tenido más influencia que los gobiernos en el devenir de nuestra historia". G Bernard Shaw.

El ser humano no es consciente de su enorme fragilidad hasta que un elemento externo no controlado le hace ver su verdadera fortaleza, que es escasa. Mucha comparada con la de una hormiga, pero poca si al otro lado de la balanza se sitúa una catástrofe natural; esa gran ola llamada tsunami que no sabemos dónde nace y que a su paso lo devora todo porque ante la fuerza devastadora del mar no existen barreras, como tampoco las hay ante lo que pudiera llegar desde el infinito espacio, negro y desconocido. Somos frágiles ante la brutalidad natural de estas inmensidades abiertas y ante los peligros incontrolados que de ellas nos pudieran llegar. También lo somos a un ritmo más lento cuando provocamos desastres medioambientales fruto de nuestra desmedida falta de respeto por el ecosistema, ante el calentamiento global, frente a la devastación de los bosques, al alto consumo de plásticos y, en general, al poco cuidado del medio ambiente, pero las consecuencias de todo esto son más lentas y por tanto preferimos medirlas sin urgencias.

Las guerras del futuro nada tendrán que ver con las del pasado, de hecho los mercenarios actuales no visten trajes de camuflaje para perderse entre la maleza teñidos de betún con el Cetme a la espalda sino van en pijama y calzan un portátil porque saben que el ciberataque es, hoy por hoy, la mejor arma para hacer daño a un sistema demasiado dependiente del algoritmo matemático digital para que todo funcione: pueden bloquear una ciudad, dejarla a oscuras, robar bancos o contagiar de virus sistemas sin descalzarse las zapatillas a rallas a juego con el pijama. Del mismo modo, el otro modo de hacer la guerra será expandiendo un virus nuevo y que este mundo global se ocupe en días de hacerlo llegar a todos sus rincones. Ciberataques y virus, dos maneras de provocar el pánico global.

El ser humano es frágil cuando no tiene solución a mano a un problema que le amenaza. Entonces estalla el pánico y es curioso comprobar cómo actúa la sociedad ante una situación de crisis colectiva como la que vivimos, digno de estudio para analistas del proceder general y desde luego buena nota de todo lo que está sucediendo estarán tomando quienes tienen como objetivo sembrar el miedo en la sociedad, controlarla, dominarla. Somos débiles porque actuamos sin cuidar tener previamente una información veraz, porque la sociedad cuando actúa movida por la masa contorsiona en mundana y entonces bordea el ridículo: que de los primeros productos agotados en grandes superficies sea el papel higiénico a uno le deja profundamente desconcertado. El ochenta por ciento de los infectados por el COVID-19 se cura sin medicarse, solo con reposo, quedándose en casa.

No pasa desapercibido el hecho de que la enfermedad no se haya desarrollado igual por África, Sudamérica o, lo que es más llamativo, Estados Unidos, donde a diario el ínclito Trump salta de barbaridad en barbaridad. Esto alimenta la idea de la teoría de la conspiración y le da contenido a sus defensores en dos líneas: la comercial, porque ha atacado los mercados chinos y europeos sobre todo, y la económica, inspirada en la eterna idea de la industria farmacéutica que en no mucho producirá un fármaco curativo; también aquella que dice que sin guerras mundiales es curioso la expansión de un virus repentino y global que ataca sobre todo a la masa de población más débil y, a la vez, menos productiva. A saber. El coronavirus nace en un mercado de animales vivos en Wuhan en murciélagos, se desconoce si el virus pasó de este animal directamente al humano o lo hizo a través de otra especie, actuando ésta de intermediaria. Resulta bastante sorprendente, en todo caso, que un murciélago en un mercado en China de unos gramos de peso provoque un efecto mariposa de tal calibre que tambalee la economía mundial, mate a tanta gente y paralice al mundo. Tradiciones tan arraigadas como la Semana Santa de Andalucía están a un paso de suspenderse, algo que no sucedió ni en el siglo XVII cuando en plena expansión de la peste por Sevilla salieron las imágenes a la calle en procesión.

La economía, en consecuencia, va a sufrir un tremendo descalabro, en España, en Andalucía, en Cádiz. Anuladas las concentraciones en eventos deportivos -no se entiende que se celebren partidos de fútbol sin público porque el público es al espectáculo lo que la pelota o el jugador, parte intrínseca de él-, llega la hora de las cancelaciones. Cancelados viajes, fiesta populares, eventos deportivos tipo Liga de fútbol...; antes que nada la Semana Santa, que es cuando la hostelería andaluza hace caja. Ante esto no hay que dramatizar ni abrazarse a discursos populistas porque lo primero de todo es nuestra responsabilidad de preservar la salud y cuando esta está en riesgo lo sensato es protegerse con cautela y, desde luego, alejarse del partidismo político para acusarse unos a otros de las deficiencias en la toma de decisiones, en la rapidez de las mismas, en su profundidad o en defectos de protocolo. No es tiempo de eso, ya lo habrá. Es tiempo de ocuparse en tener una información preventiva adecuada, de educar a nuestro entorno para evitar situaciones de riesgo en lugares cerrados y con mucha gente y de hacerlo todo ello quizás en el peor país del mundo para combatir un contagio por epidemia porque aquí la gente no sabe estar quieta en su casa, no sabe no tocarse, es tiempo de tener una política preventiva adecuada en cuanto a higiene personal, manos, de no dejarse llevar por la histeria e irse a comprar mil rollos de papel higiénico, de evitar desplazamientos no necesarios y de ser comprensivos, todos, ante la cancelación de fiestas tradicionales porque nuestra sociedad es frágil ante el pánico a lo desconocido y el COVID-19 representa, ante todo, eso, lo desconocido. Puede que sea poca cosa, pero la realidad apunta a que todo es más profundo de lo que parecía y por tanto hay que tomárselo en serio. Y desde luego no sabemos por cuánto tiempo. Y, repito, mal país para combatir epidemias porque aquí la inercia y el buen tiempo nos lleva siempre a una terraza al sol a tomar cañas y, desde luego, no se trata de eso. Eso hicieron en Italia y ya hemos visto el desenlace.

Esto provocará un aislamiento social que extraerá lo bueno y malo de cada uno, nuestros temores, solidaridad o espíritu de colaboración a sabiendas de que cada uno somos un elemento transmisor. Nada mejor que releer La Peste de Camus como muchos hacen precisamente estos días en los que aflora un distanciamiento social que provoca que nos saludemos con el codo, con una mirada cómplice, incluso con el pie algunos. Se acabaron los besos, al menos de aquellos en pareja por saludo o afecto, el estrechar de manos o los abrazos, quizás después de esto quede que nos acostumbremos a tocarnos menos y a tener siempre cerca algún líquido desinfectante o toallitas para ir frotando de manera compulsiva cualquier rastro de un prójimo sospechoso. Con la tecnología y el whatsapp ya nos hablamos bastante menos, con los virus también nos tocaremos poco o nada y esto a uno que es flamenco le parece lo peor. Necesario. Se puede vivir sin todo lo expuesto, con movilidad reducida, sin Semana Santa y, puede, que hasta sin fútbol, incluso buscar la manera de hacerlo sin papel higiénico... pero, Dios Santo, cuánto frío interior produce vivir sin tocar, sin besar. Pero sea.

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