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Martes, 15/10/2019

El jardín de Bomarzo

El corazón helado

Publicado: 15/02/2019 ·
14:15
Actualizado: 16/02/2019 · 10:44

La Guerra civil debería ser considerada como una de las épocas más vergonzantes de nuestra historia contemporánea

  • El jardín de Bomarzo.

"Aquí yace media España, murió de la otra media”, Fígaro -MJ de Larra.-.

"Era media tarde, mi abuela y mi madre estaban en casa de una cuñada en Pedro Abad, un pueblecito cercano a Montoro, que era donde vivían. Mi madre cuenta cómo llegó su tío muy alarmado diciéndoles que habían detenido a mi abuelo y que buscaban a mi abuela, no podían volver a casa, tenían que alejarse de Montoro y su cuñado las llevó, a escondidas, a Córdoba, a recluirlas en casa de otro familiar. Tras estar en prisión durante tres días, mi abuelo fue asesinado de un tiro".

"Mi abuelo salía de su casa cuando dos personas le cogieron por los brazos, se lo llevaron ante la mirada de mi tía, que desde el balcón no imaginaba ni quiénes eran ni a dónde se lo llevaban. Mi abuelo nunca volvió. Mi abuela supo que fue objeto de un juicio sumarísimo con final de fusilamiento. Más tarde le contaron que un vecino había dado el nombre de mi abuelo...".  

Relatos similares, hechos parecidos. El primero en un pueblo de Córdoba controlado por el bando republicano, el delito: ser un alto funcionario, con activa participación en la parroquia del pueblo. El segundo, en una Sevilla dominada por el bando nacional. Su delito: ser afiliado de la CNT. 

La Guerra civil debería ser considerada como una de las épocas más vergonzantes de nuestra historia contemporánea. Un pueblo dividido en dos bandos, matándose entre sí, delatándose, acusándose sabiendo que mandaban al familiar o al vecino a una muerte segura. Esto, al margen de todos los muertos en el frente, tanto de uno como de otro bando. Las cifras son dispares y nunca se conocerá el dato exacto, parece que hay  coincidencias en que el total de españoles muertos fue de alrededor de 200.000, de los cuales parece que fueron unos 130.000 las víctimas a manos del bando nacional y 70.000 las del republicano. Alrededor de 100.000 desaparecidos como consecuencia de la represión en la zona nacional y, tras el fin de la guerra, unos 250.000 encarcelados, 50.000 ejecuciones, 450.000 exiliados y unos 120.000 muertos de hambre o enfermedad. La masacre de la carretera Málaga-Almería en la que los nacionales asesinaron a miles de ciudadanos que huían de Málaga. La matanza de Paracuellos, en la que los republicanos asesinaron a unos 2.500 presos del bando nacional, aprovechando los traslados de diversas cárceles madrileñas, conocidos popularmente como sacas;  el bombardeo de Guernica a manos de la legión Cóndor alemana y la aviación legionaria italiana, que en ayuda al bando nacional  bombardearon a la población civil con resultado de unos 300 muertos, La Batalla del Ebro, con unos 100.000 muertos entre los dos bandos. Hubo más masacres de españoles a manos de españoles. Un espanto. 

Y no es que fuera nuestra primera guerra civil, parece que no aprendemos, la historia se repite plagada de épocas donde la división en dos Españas marcaba trágicos episodios para la población. Un empeño de los políticos de que tengamos que situarnos en un lado u en otro. Y los de la tercera España, todos los que nos negamos a ese radicalismo sectario, los que tenemos nuestro propio criterio y nos negamos a tener que elegir bando, contemplamos con desazón que unos y otros empujen al pueblo a una nueva división. 


Las dos Españas. El denominado "problema de España" o "Ser de España" es un debate intelectual que data del siglo XIX cuando apareció en acción el centralismo versus nacionalismos periféricos. Luego el debate evolucionó con la fragmentación de la sociedad en dos bandos: los movimientos de derecha y los de izquierda/republicanos o la  oposición catolicismo integrista/anticlericalismo. Fueron muchos los autores que han llenado nuestra literatura de tratados y obras sobre el asunto: Joaquín Costa, Ángel Gabinet, Giner de los Ríos, Menéndez y Pelayo, Unamuno, Ortega y Gasset y toda la Generación del 98, siendo muy paradigmático la separación de los hermanos Machado: Antonio en el lado republicano y Manuel en el nacional. 

“Ya hay un español que quierevivir y a vivir empiezaentre una España que muerey otra España que bostezaEspañolito que vienes, al mundo, te guarde Dios, una de las dos Españasha de helarte el corazón...". Antonio Machado.

El olvido. Que los españoles del bando perdedor fueron los que más sufrieron la sinrazón de la guerra y postguerra es un hecho. Los muertos del bando nacional fueron localizados, homenajeados y enterrados debidamente. Los del bando republicano, en un gran número, no. Las familias exiliadas a Francia, Portugal y otros lugares de Europa eran del lado republicano, tuvieron que abandonarlo todo y vivir en un país extraño. Los 40 años franquistas alargaron la tragedia para esa parte de españoles que simplemente por no comulgar con las ideas de derecha, o con el centralismo, o con el catolicismo, sufrieron la muerte, la prisión, el hambre o el exilio. El resto de españoles, los que izaban diariamente la bandera patriota o los que, callados, decidieron vivir ajenos al conflicto, pudieron vivir en esa España Una, Grande y Libre, pero bajo esta frase seguían siendo dos. Con la muerte del dictador, los políticos actores y autores de la transición firmaron un pacto no escrito: el del olvido. Sabían que para construir una democracia era fundamental el consenso, la concordia y borrar del debate político todo lo que recordase la guerra y el franquismo. Había que conseguir que los españoles de la derecha confiaran en un Estado democrático y borrasen cualquier sentimiento de odio y/o temor a la izquierda y, del mismo modo, era necesario no empujar a los españoles de izquierda al rencor y/o a la venganza. El olvido era la clave. Lo consiguieron, nuestra transición se estudia en los manuales de ciencias políticas, en todos los países democráticos, como un ejemplo del buen arte de la política. Se consiguió unir las dos Españas en una diversa y plural, donde convivían los españoles sin enfrentamientos políticos, ni religiosos, ni territoriales. Por ello, la UCD tuvo apoyo mayoritario como claro reflejo de la voluntad de un pueblo que no quería radicalismos, un centro donde cabían pensamientos e ideas escoradas a la derecha y a la izquierda. Se tuvieron gestos con las víctimas del franquismo; entre 1976 a 1985 se aprobaron varias Leyes que reconocían derecho a pensión a las viudas de los caídos en el bando republicano, se reconocieron méritos a militares de este bando..., pero todo ello bajo la más estricta discreción, sin campaña publicitaria, para no reabrir heridas del pasado en nadie. 

En 2004 el programa electoral del PSOE, con Zapatero al frente, no incluyó actuación sobre la llamada Memoria Histórica, aún había asesores politólogos que lo desaconsejaban si se quería seguir contando con votos de centro. En 2007, con la oposición del PP, se aprueba la "Ley por la que se reconocen y amplían derechos y se establecen medidas a favor de quienes padecieron persecución o violencia durante la guerra civil y la dictadura", nombre largo que se conoce como "Ley de Memoria Histórica”. La ley expone que: "Ya es la hora de que la democracia española y las generaciones vivas que hoy disfrutan de ella honren y recuperen para siempre a todos los que directamente padecieron las injusticias y agravios producidos, por unos u otros motivos políticos o ideológicos o de creencias religiosas, en aquellos dolorosos períodos de nuestra historia. Desde luego, a quienes perdieron la vida. Con ellos, a sus familias. También a quienes perdieron su libertad, al padecer prisión, deportación, confiscación de sus bienes, trabajos forzosos o internamientos en campos de concentración dentro o fuera de nuestras fronteras. También, en fin, a quienes perdieron la patria al ser empujados a un largo, desgarrador y, en tantos casos, irreversible exilio. Y, por último, a quienes en distintos momentos lucharon por la defensa de los valores democráticos”, y reconoce que "sienta las bases para que los poderes públicos lleven a cabo políticas públicas dirigidas al conocimiento de nuestra historia y al fomento de la memoria democrática".

Una Ley que decidía había que pasar del olvido a la recuperación de la memoria. Pero sin contar con que el pueblo, en su mayoría, quizás prefería seguir olvidando. La aplicación de la Ley, con asociaciones y comisiones ad hoc, trajo a escena debates sobre los cambios de nombres de calles, monumentos, la retirada de distinciones, el recuerdo vergonzante de las cunetas y fosas comunes, los relatos de los horrores llevados a cabo por el bando nacionalista, programas y programas de televisión, artículos de prensa, con familiares reavivando el recuerdo de lo que una parte de españoles habían hecho contra ellos y, claro está, ¿a quién le gusta que le recuerden que su abuelo o su tío o su padre formó parte de hordas asesinas?, obligando a reavivar también la memoria a quienes sufrieron en sus familias los horrores acometidos por la otra parte de españoles porque, puestos a reavivarla, la memoria no puede ser selectiva. 

Es comprensible y justo que quienes no pueden vivir tranquilos sin tener los restos de sus familiares víctimas de la guerra localizados y debidamente enterrados se les ayude a conseguirlo. Es comprensible que no hagamos loas ni homenajes a militares de ninguno de los dos bandos. Pero los españoles todo eso lo habíamos superado en pro de la convivencia pacífica y, quizás, aún no teníamos la madurez democrática suficiente, ni mucho menos emocional, como para recuperar la memoria de esas dos Españas matándose entre sí. 

Soy español. Durante los primeros años de la democracia, los símbolos de nuestra nación, la bandera, el himno, fueron obviados por el PSOE y el PCE porque recordaban a una época franquista donde, como en todas las dictaduras, se apelaba recurrentemente al sentir patrio. AP, el partido de la derecha, mantuvo la bandera aunada a su imagen, con lo que orgullo de bandera o del himno era igual a ser facha. Craso error de la izquierda, pero se sobrellevó en ese estado social de olvido. El problema catalán agudizado con el referéndum, el intento de sedición, el 155, copó la actualidad nacional y la división centralismo/independentismo se reabrió hasta llegar a la situación actual. Los españoles de nuevo divididos. La entrada de Podemos con su radicalismo anti sistema avivó el renacimiento del radicalismo ultraderecha. El pacto de investidura de Pedro Sánchez con los partidos de izquierda y nacionalistas y la no muy acertada gestión del asunto catalán, junto con el debate estúpido e innecesario de los restos de Franco y del Valle de los Caídos, acrecentó que la ultraderecha tomase posiciones dentro de la población. En este orden de cosas, sacar a flote el orgullo de ser español, la defensa de una patria amenazada por el separatismo catalán, aderezada con informaciones manipuladas sobre la entrada de inmigrantes que vienen a quedarse con lo nuestro y la amenaza de una ultraizquierda que quiere convertirnos en Venezuela, se torna la receta populista adecuada para conseguir apoyos en un pueblo español hastiado del sistema político y que, así, acudirá a las urnas convocadas por Sánchez para este 28 de abril; el PP en caída libre manchado por la corrupción y Ciudadanos en ascensión han visto su momento y, con cierta irresponsabilidad dominada por sus intereses electorales, se hacen la foto junto a Vox, visualizando el resurgir del bando de la derecha en una manifestación que pidiendo la unidad de España alimenta la división. La torpeza del PSOE que parece no conocer las teclas de la psicología humana y los errores de Pedro Sánchez son el caldo de cultivo para que, de nuevo, un siglo después, rescatemos la lectura de Machado para que a muchos nos deje el corazón helado.

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