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17/10/2021

Escrito en el metro

El abrazo del oso

En las organizaciones políticas la supervivencia se basa como en la naturaleza en el seguimiento a un individuo alfa.

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Un viejo político me hizo acompañarle hasta uno de los patios del Parlamento y allí me impartió una lección sobre gestualidades. El presidente y un cargo político daban vueltas alrededor de una palmera. Entonces el experimentado parlamentario me presagió que el acompañante sería cesado el martes siguiente, y efectivamente así sucedió. Era un ritual que tenía perfectamente calculado. Mientras me narraba esta experiencia se nos acercó uno de los jóvenes líderes de su partido y con ironía le preguntó a mi amigo cómo le iba la vida, cuando era evidente su deteriorado estado de salud. Señalando el prominente barrigón del visitante, le estampó la boca con una frase inolvidable: Cuantas gambas habrás comido hoy para llevar un plato de lentejas a tu casa. El oponente sonrió, pero no reaccionó hasta segundos más tarde cuando ya se abrazaba a un compañero de bancada. Entonces mi sabio amigo me hizo observar aquel gesto, indicándome que se trataba del abrazo del oso. Hay abrazos sinceros, fruto de algún atavismo, que abrigan la amistad. Pero también fruto de nuestro instinto animal, hay abrazos que pretenden desarmar al enemigo, y aquel era uno. Para interpretármelo recurrió a Churchill: Joven amigo en la bancada de enfrente se sientan los rivales políticos, en la nuestra están los verdaderos enemigos.
En las organizaciones políticas la supervivencia se basa como en la naturaleza en el seguimiento a un individuo alfa. Quien se subleva en la manada es apartado, o como diría Guerra no saldrá en la foto. El problema surge cuando la manada tiene problemas de supervivencia y no tiene un líder o lideresa triunfante, aparecen las rupturas y como lobos se devoran los unos a los otros hasta la propia extinción de la gavilla. Una frase atribuida al burgueño Comandante Benítez lo sintetiza de manera muy gráfica, disparad a los nuestros que el enemigo está aquí.
La política, como culmen de las relaciones humanas, está cargada de gestos. La gestualidad es a veces tan exagerada que roza el histrionismo, y que hoy se manifiesta de manera más grosera  a través del denominado postureo, una exhibición de conductas extremas para enviar mensajes a la galería. Dar la espalda para evidenciar la traición o recurrir al abrazo del oso para exhibir una falsa amistad son escenificaciones groseramente evidenciables.

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