La Taberna de los Sabios

La maldita sequía

El campo ya no manda, la agricultura no interesa a la sociedad urbana de las grandes ciudades, ocupadas en sus afanes de industria o servicios

Publicado: 27/03/2019 ·
09:48
· Actualizado: 27/03/2019 · 09:48
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Autor

Manuel Pimentel

El autor del blog, Manuel Pimentel, es editor y escritor. Ex ministro de Trabajo y Asuntos Sociales

La Taberna de los Sabios

En tiempos de vértigo, los sabios de la taberna apuran su copa porque saben que pese a todo, merece la pena vivir

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Ya está aquí. Sentimos aterrados su cálido aliento y su secante susurro. La ponzoña bífida de su vahoasura trigos y pastos. Los muchos días soleados hacen de embajadores de la seca por venir, los nulos días de agua son las trompetas atronadoras del Jericó de la sequía bíblica que se otea en el horizonte. Cada día que pasa sin agua, más se acerca esa maligna visitante que nunca nos olvida y que nos trae angustia y desolación. Siempre vuelve, la maldita, tras concedernos unos años de tregua. Para las gentes del sur, la sequía es una pesadilla secular, recurrente, traicionera, que aparece cuando menos se le espera para marcharse cuando le da la real gana. Estamos a finales de marzo y no llueve. Y para nosotros, quitando los días grandes de Semana Santa y Feria, el mejor día es el de lluvia. Si no llueve pronto, las cosechas agonizantessustituirán el verde de su manto por un angustioso pajizo, antesala cierta de la muerte vegetal.

Las gentes del campo miran con angustia al cielo siempre azul. Es cierto que la sequía de hoy puede remediarse con la lluvia de mañana, pero ni ese mañana ni esa lluvia se oteanpor ahora en el horizonte de los partes digitales que compulsivamente consultamos. Sí, la sequía terrible se derrota con un temporal, pero ese temporal redentor, ni está ni se le espera. En bares y tabernas, en barrios y pueblos, en cortijos y cortijás, se implora, en silencio, por el aguacero redentor. La sequía odia los verdes campos, la fuente cantarina, el arroyo alborotado. Desea yermos, páramos, desiertos de roca viva y arena voladora. Quiere alejar las dehesas y los campos de cultivo para cubrirnos con el Sáhara que no nos corresponde.

Hemos conocido en Andalucía terribles periodos de sequía, como la que nos asoló durante cinco años, entre diciembre de 1991 y abril de 1996. En 1994 llegó a tal extremo que Emasesa, la empresa municipal de aguas de Sevilla, llegó a recomendar el desalojo de la capital hispalense. Y aquella seca coincidió con la crisis del 93, lo que aumentó su potencia destructora. En la década anterior, la sequía que comenzara en diciembre de 1979 y que se extendiera durante 70 meses hasta septiembre de 1986, generó tales restricciones que Sevilla, por ejemplo, sólo dispuso de una hora diaria de agua en los grifos. En la posguerra, los años del hambre agravados por la sequía aún permanecen en nuestra memoria colectiva. Sí, la sequía, esa arpía bíblica, es bien conocida para nosotros, esporádica y terrible visitante que odiamos, pero que no sabemos derrotar. Ni tecnologías, ni plegarias, ni procesiones,son capaces de cerrarle las puertas para siempre.

¿Las causas? El Niño, el cambio climático, la capa de ozono, el CO2, el azar, los ciclos climáticos, el castigo por nuestros pecados o el vuelo cuántico de la mariposa de Japón, quién sabe. El caso es que está aquí con hambre ancestral de desolación de campos y ánimos.

El campo ya no manda, la agricultura no interesa a la sociedad urbana de las grandes ciudades, ocupadas en sus afanes de industria o servicios.Para los de la tele, insensatos, el buen tiempo es el sol. Para los advertidos y prudentes, el buen tiempo es la nube negra preñada del agua vivificadora que precisamos.

Maldita sequía, te conjuramos, vete ya. Lluvia deseada, por favor, bendícenos con tu alegría redentora

               

 

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