Polvos de talco

Publicado: 15/10/2018
Autor

Ana Isabel Espinosa

Ana Isabel Espinosa es escritora y columnista. Premio Unicaja de Periodismo. Premio Barcarola de Relato, de Novela Baltasar Porcel.

Una feminista en la cocina

La autora se define a sí misma en su espacio:

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El menor que quemó el hábitat de los camaleones con total ignorancia de lo que hacía- o es más  sin importarle un ápice- no ha trastocado su futuro
Han inventado unas abrazaderas para los muslos ( en tejido sintético) para preservarlos de las incomodas rozaduras. Es a los nuevos tiempos, lo que antes los polvos de talco de la abuela. Y así en todo. No se adelanta en erradicar el cáncer, seguramente porque no se ponen todos los fondos a su empeño, pero en cambio en lo que se traduce en dinero rápido nos damos paradas en el culo para hacerlo. No importa el futuro, solo la apariencia y el presente. Las niñas cogen carrerilla sin pasar por los calcetines, naciendo abocadas a ser mujeres deseables.                                                                                                                   



 El menor que quemó el hábitat de los camaleones con total ignorancia de lo que hacía- o es más  sin importarle un ápice- no ha trastocado su futuro sino que le ha dado con el subrayador para que sea más inconfundible. Parece que todo da igual, que nada va a cambiar en ese destino conjunto que nos hemos impuesto como sociedad y como especie. Ya no miramos a la Luna más que para fotografiarla, nunca para colonizar, prosperar y anclar en sus lomos pétreos anuncios de Coca-Cola. No creo en la especie elegida para la gloria, excepto cuando veo entrega individual, porque es difícil creer cuando naciste sin la fe incorporada. El mundo nos arrebata las creencias, nos las machaca y evapora como la marea tras un día de agotador calor sobre las espumas.

Los muslos pueden estar tranquilos porque los de Amazon ya se han preocupado de ellos, de todo realmente porque no hay bagatela que no vendan, ni lugar al que no lleguen. Prima el consumismo, el prosperar entendido en igualar a los demás y luego coger carrerilla , lo que nos lleva a aguantar, rechinar dientes y seguir en la mágica rueda que solo gira para agotarnos y llevarnos al matadero. Muchos deberían visitar un geriátrico y adivinar cuáles fueron los más queridos, cuáles los más ricos, cuáles los más avispados, porque la edad, el tiempo y la senilidad han igualado todo en vendas, limitaciones y pañales de adulto. Corremos como desesperados para llegar a la casilla de salida, sin que haya más que ese final del juego. No les critico, me amparo en ustedes. Siempre quiero llegar al final, cuando leo algo que me gusta, sin darme cuenta que como Ulises en el viaje está lo mejor y que la llegada a casa solo trae problemas y desavenencias. No acaba la historia cuando abraza a su mujer y a su hijo, sino que debe liberar su casa, reconstruirla y prepararse para la próxima guerra. No acaba la vida en un geriátrico sino que comienza, con horas establecidas, pastillas para todo y gente que entra y sale sin billete de vuelta.

El menor que ha quemado pasto y propiedades, ha comenzado el calvario de la edad adulta sin que le guíen buenas manos, ni nadie reme en su barca, ni le lleve a buen puerto, porque tiene 17 y a esa edad no debería estar con los amigachos prendiendo fuego -ni gamberreando- hasta que acabe quemado, sino estudiando bachillerato para ir a la Uni a sacarse las muelas del juicio. Porque hay muchos caminos, aunque todos terminen en la misma casilla de  salida, siendo el viaje el incentivo. Las abrazaderas para muslos solo son buenas si te permiten buscar soluciones pateándote la vida, porque te sudan. Todo el cuerpo te suda.  Da igual que sean de tela de visillo o en bonitos encajes, por si alguien te sube las faldas. Están hechos para aguantar, como los polvos de talco y el serrín que tragaba lo que hiciera falta. Como los que pateamos, doblamos y esclavizamos al sudor, la frustración y la agonía para hacerla nuestra machacándola e integrándola en nuestro ADN. Puede que terminemos en el mismo lugar, pero antes vamos a quemar – no a pobres camaleones en peligro de extinción con bobería de gamberro- sino la intransigencia, el desprecio,  la superioridad y la mala leche. Vamos a desterrar el miedo y la indiferencia. Luego nos dará todo igual y vegetaremos pegados a una ventana viendo los días llegar, hechos unos viejos destartalados.

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