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Jueves, 18/04/2019

Sindéresis

Orión me mira

Publicado: 03/03/2019 ·
23:11
Actualizado: 03/03/2019 · 23:14

Las buenas personas proyectan lo mejor de sí mismas a través de los animales, con los animales y frente a ellos.

Orión a veces se frotaba contra ti y te miraba directamente a los ojos, como un sordomudo con un mensaje. Qué agridulce es la intensidad de esa falta de palabras. Qué grande. Las buenas personas proyectan lo mejor de sí mismas a través de los animales, con los animales y frente a ellos. La dureza o insensibilidad, las defensas sociales que nos han obligado a levantar desde que somos pequeños, no tienen sentido frente a una mascota con la que no puedes discutir, con la que no sirve de nada enfadarse, que es simplemente calor y mirada, costumbre y, al mismo tiempo, sorpresa, como un niño que no habla y que es así para siempre.

            Entiendo a quien llora más cuando se le muere una mascota que un familiar incluso cercano, porque con los familiares tenemos también esas barreras y esa relación difícil, verbal, condicional y llena de verdad, mentira y ambigüedad. Hace unos días se nos ha ido Orión, un gato que vivió diecinueve años entre nosotros como el inquilino huraño de la pensión, exigente, pasivo y egoísta, completamente dependiente; sin embargo, el vínculo con nosotros era fortísimo y raro, de tal modo que a veces no sabías si te buscaba o te protegía de algo, sentado al lado, viendo pasar los días frente a una tele que no comprendía, compartiendo tan solo presencia, quejándose de no sé sabía qué y siempre insatisfecho, silencioso y ágil hasta casi el último momento. Tan exigente y cabrón que al final te tenías que reír. Cuando llegábamos mi hermano o yo a casa de mis padres, es decir, cuando él nos había escuchado y olido antes que cualquiera, al parecer saltaba y salía a recibirnos sin un motivo concreto, y luego se daba la vuelta. No era un gato especialmente valiente y ni por llamarse Orión había desarrollado el instinto para cazar una rata, ni una cucaracha, ya que estamos. Le quedaban uno o dos dientes y se cagaba en cualquier parte, lo que hacía que mis padres tuviesen la faena que da un recién nacido. Como digo, el vínculo era intenso. Cuanto mayor dependencia, más fuerte. Y te maullaba exigiendo, el cabrón, hasta que te reías.

            Qué mezcla más rara damos los humanos, que quitamos a los animales todo, la libertad y la esencia, para dárselo todo, dejar nuestro corazón expuesto y que nos lo arañen cuando se van. Qué complejo y qué simple al mismo tiempo. Creo que los humanos tenemos animales porque queremos amar como se supone que se debe amar: incondicionalmente. Les debemos nuestra misma civilización. Nos ayudaron a salir de las cavernas cuando esa era nuestra necesidad. Nos ayudaron a advertir el peligro antes que llegase, cuando esa era nuestra necesidad. Los hemos criado para comer, cuando esa ha sido nuestra necesidad. Nos han llevado en sus lomos para ir más lejos y más rápido. Mantienen limpio el despegue de los aeropuertos, pescan para nosotros con un nudo al cuello. Y ahora que tenemos casa, comida, luz y el miedo vive fuera del cemento, nuestras necesidades son distintas, están más arriba en la pirámide de Maslow, y seguimos echando mano de los animales para cubrirlas.

            Orión era un vínculo también entre mis padres, un quebradero de cabeza compartido. Un animal saca lo mejor de nosotros cuando somos buenos y mis padres lo son. Tendríais que ver la cama que le hicieron para que estuviera calentito en la terraza, cómo iban a comprar la única comida que le gustaba, cómo la convertían en puré para que pudiera seguir comiendo con sus dos dientes, con su lengua rasposa, cómo le mantenían limpia la guarida que el pobre ensuciaba ya sin poder controlarse. No es que se ganara nuestras lágrimas salvando a nadie o siendo un animal especialmente cariñoso, pero tampoco pidió nunca vivir entre humanos, así que bien que lo hemos llorado, porque es lo que toca. Porque no lo teníamos en la casa para que nos cuidara, transportara o advirtiera, sino para tener algo más que amar y cuidar.

A veces se frotaba contra ti y te miraba directamente a los ojos. Cuando supe que iba a morir, me froté contra él, intentando devolverle torpemente el regalo que fue su vida, siendo un gato para él por un momento, un gato sordomudo con un mensaje; qué menos.

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Autor en Andalucia Información

Juan González Mesa

Juan González Mesa se define como escritor profesional, columnista aficionado, guionista mercenario

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Del propio autor: "Toda ideología que no puede comprender un niño es un engaño para los adultos"

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Publicado: 03/03/2019 ·
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