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Domingo, 23/09/2018

Sindéresis

La cultura del buylling

Publicado: 04/06/2018 ·
01:56
Actualizado: 04/06/2018 · 01:56

¿Cómo se siente de incluido en el bando de los buenos alguien que por timidez o falta de atractivo generalmente baila con su sombra?

No voy a decir a nadie de qué debe ofenderse o de qué no y no voy a decir a quién deben defender y a quién no. Al fin y al cabo, el doble del doble de los realmente ofendidos no son más que personas que no quieren ser expulsados de un grupo. De hecho, manifiestan su enfado públicamente y con premura, sin mesura, como si fuese una competición. Nada es suficiente. Cuántos cadáveres dejamos por el camino.

Practicamos la cultura del buylling cuando defendemos a los sectores más desfavorecidos, arrinconados u ofendidos de nuestra sociedad y, de modo alucinante, la mayoría de las veces lo hacemos ofendiendo a otro colectivo o incluso a ese mismo. Pongamos por ejemplo lo que pasa cuando combatimos a una persona homófoba o un comentario homófobo. No falla, es una ley semejante a aquella de la aparición de Hitler en cualquier conversación lo bastante larga, que va a haber alguien que diga de esa persona cosas como: «En el fondo es un maricón reprimido» o «le debía tocar un hijo homosexual». Es decir, que defendiendo a los homosexuales usamos la homosexualidad como algo denigrante u ofensivo. 

No sé si cuando llegamos a ese punto tenemos interés en la causa o en que nuestro grupo nos considere un campeón en el campo de batalla. El más integrado de todos los integrados. El que tiene más capacidad de sentir odio por los que merecen ser odiados. 

Este tío es más tonto y no nace, decimos muchas veces, como un insulto, por muy acogedores que seamos con las personas que nacieron con una discapacidad intelectual. ¿Cómo se sentirán cuando oyen eso? Porque, bueno, nadie decide con qué inteligencia nace. Ni si es guapo o feo. Y si nos topamos con alguien que es machista o incluso misógino, alguno o alguna, con toda seguridad, acabará diciendo: «este es un pajillero».

Un pajillero; alguien que no liga ni a la de tres. ¿Cómo se siente de incluido en el bando de los buenos alguien que por timidez o falta de atractivo generalmente baila con su sombra? Un frustrado que paga su frustración con su objeto de deseo; al fin y al cabo, un perdedor. Este tío está loco. Esta es bipolar. Este es monguer. Este no tiene ni media hostia. Ese de qué habla, si todavía vive con su madre. Luego en la cama no dura ni un minuto. Impotente. Frígida. Resentida. Menudo payaso, si no ha salido de su pueblo en su puta vida. Perdedores todos. 

Eso hacemos para defender las causas justas. Usamos los arquetipos de aquellos que eran carne de buylling en el colegio. Y los buenos somos nosotros porque la vida no nos ha dado un estacazo en alguna de sus esquinas. Porque nuestro ADN se combinó más o menos bien. Porque no sufrimos daño en el parto. Porque cuando miramos un problema lo entendemos. Porque nuestro cerebro funciona bien leyendo las palabras en orden. De vez en cuando ligamos. La existencia no nos ha arrinconado ni ha amargado nuestro carácter. Nuestros sentimientos no son una montaña rusa incontrolable. No nos sudan las manos sin venir a cuento. El sexo nos funciona bien. Nuestros padres tuvieron para apuntarnos en clases particulares, llevarnos a París. La locura tocó a la puerta del de al lado.

El buylling tocó a la puerta del de al lado.

La pistola hizo clic en la ruleta rusa. 

Vamos a la batalla con escudos humanos y nos reímos de la desgracia ajena porque asimilamos a los malos, finalmente, con unos desgraciados que no cumplen los cánones. Porque, finalmente, somos niños gregarios, unos abusones que se defienden a sí mismos y su estatus, niños que no entendieron nada, que repiten un mantra que no han asimilado: nadie tiene culpa de cómo es, pero quizá sí de lo que hace en cada momento con lo que es.  

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Autor en Andalucia Información

Juan González Mesa

Juan González Mesa se define como escritor profesional, columnista aficionado, guionista mercenario

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Del propio autor: "Toda ideología que no puede comprender un niño es un engaño para los adultos"

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