Actualizado: 23:13 CET
Martes, 13/11/2018
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La Taberna de los Sabios

El editor

Pese a las dificultades, la edición es hermosa. Tan hermosa, que, al final, el editor siempre piensa que merece la pena su esfuerzo y sacrificio

Amamos el libro. Lo leemos, nos acompaña en el camino. Nuestra biblioteca, pequeña o grande, nos abraza con la calidez de su sabiduría. En parte, somos fruto de los libros que leímos, de las emociones y conocimientos que en ellos bebimos. A veces brújula, a veces paño de lágrimas, siempre compañero, el libro estuvo junto a nosotros, cercano y cómplice. Hemos podido vivir muchas otras vidas gracias a los personajes que lo habitan, a las historias que encierran y que nos hicieron soñar, viajar y sentir.

Los libros nos moldean, nos hacen. Por eso, deberíamos preguntarnos: ¿a quién se los debemos? ¿Quiénes hacen posible su milagro? Desde luego, y en primera medida, el escritor que lo escribió, con su talento, inspiración y esfuerzo. Pero también existen otros muchos oficios indispensables para que se produzca la transmutación desde una idea intangible hasta el libro que sostenemos en nuestras manos. Y una figura imprescindible y desconocida en el mundo del libro es la del editor. Queremos hablar de ella, sin menoscabo del conjunto de profesionales que conjugan el prodigio del libro, como son los correctores de texto, maquetadores, traductores, portadistas, ilustradores, impresores, encuadernadores, distribuidores y libreros. Una larga cadena de oficios centenarios que se esfuerzan en cabalgar en la vanguardia del conocimiento y la belleza.

La figura del editor nació a lo largo del siglo XIX y tomó forma definitiva en el XX. Los nuevos formatos digitales hacen evolucionar al mundo de la edición, pero sus postulados básicos permanecen inmutables. Definimos como editor al profesional que trabaja con el autor hasta dar forma de libro a sus ideas y escritos. También, al que invierte su tiempo y arriesga su dinero para que el libro vea la luz, con la esperanza de que las ventas superen a los gastos, tarea nada fácil, como la experiencia demuestra. Por eso, un buen editor tiene alma de poeta y entraña de mercader de libros.

En el mundo del libro, el escritor y el editor se precisan, se necesitan, se complementan. El principal valor del editor reside en detectar el talento allá donde se encuentre. Talento del escritor, del erudito, del comunicador, del provocador, del esteta. El editor debe saber elegir entre los muchos manuscritos que recibe aquel que le enamora o aquel que complementa mejor su catálogo editorial. Un editor, es, sobre todo, un incansable buscador de talento. Sabe reconocerlo, cuidarlo, ayudarlo, impulsarlo, aconsejarlo, animarlo, inspirarlo. En otras muchas ocasiones, es el editor el que descubre un tema de interés y el que encuentra al mejor escritor para desarrollarlo. Un porcentaje significativo de su catálogo nace por sugerencia e inquietud del editor.

El talento del editor requiere estar siempre con los ojos bien abiertos, tratando de entender la sociedad que lo toca vivir, para así aportarle valor a través de los libros que precisa. Busca temas, autores. Tiene las orejas sobre el suelo, para conocer el tam-tam de la actualidad, pero la mirada en el cielo, para anticipar las borrascas por venir. El editor trabaja hoy con las ideas que se conocerán mañana. En esa anticipación, normalmente contracíclica con las modas del momento, reside gran parte de su valor. La gran obra de un editor es su catálogo, el conjunto de libros que ha editado, y que traslucen una forma de ver y estar en el mundo. Tras cualquier editorial, existe una visión y una misión que se expresa en su catálogo.

El libro posee, en términos escolásticos, cuerpo y alma. Cuerpo en cuanto a papel, portada, encuadernación, maqueta, tipografía e ilustraciones; alma en cuanto a contenido, a lo que dice, a lo que aporta. Cuerpo y alma conforman indisolublemente el libro. El libro, tanto como objeto como fuente de conocimiento, se representa a través de las dos caras indisolubles de una misma moneda, que el editor acuña con paciencia y esmero.

No es fácil ser editor. Pero, pese a las dificultades, la edición es hermosa. Tan hermosa, que, al final, el editor siempre piensa que merece la pena su esfuerzo y sacrificio. Y es que, en verdad, y todavía no lo habíamos contado, detrás de cada editor habita un loco.

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