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Miercoles, 24/10/2018
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Sevilla

“La Andalucíada”, según Fernando de Villena

Los antiguos poemas épicos se escribían en verso. Villena, a fin de llegar con más facilidad a los lectores de nuestro tiempo, se ha decantado por la prosa

  • Portada de “La Andalucíada”

Fernando de Villena (Granada, 8 de noviembre de 1956) es un escritor español y miembro de la Academia de Buenas Letras de Granada. Es doctor en Filología Hispánica por la Universidad de Granada, con una tesis sobre el poeta cordobés del siglo XVII Luis Carrillo de Sotomayor. Pertenece también a la Academia Hispanoamericana de Buenas Letras y, entre otros, cuenta en su haber con el premio de la Fundación Andrés Bello y con el premio de la Crítica Andaluza. Ha publicado novelas, varios libros de crítica literaria y poemarios. Su obra poética nace influida por la belleza y perfección formal de la poesía de los siglos de Oro ('Pensil de rimas celestes', 'Soledades III y IV' y 'Damas reales'), para abrirse más tarde a influencias contemporáneas. Como actor ha participado en las películas “La segunda estrella a la derecha” de Pablo Bullejos, “La Luz W” y “Recuerdos de un olvido” de Manuel Polls Pelaz. Fernando de Villena ha escrito esta crítica de “La Andalucíada”, de Rafael Raya Rasero.

La literatura española de nuestra época está encenagada en lo pequeño, se complace en lo minúsculo, carece de ambición. Por ello no puede menos de asombrarnos una obra como “La Andalucíada” del poeta, ensayista y narrador Rafael Raya Rasero. He aquí un libro verdaderamente ambicioso, la gesta de toda una vida, pues treinta y cinco años le ha costado llevarlo a término, aunque ya en la década de los noventa nos dio un anticipo de la obra.

Hoy, por fin, ésta se publica completa, con hermosas ilustraciones, con un imprescindible y amplísimo glosario onomástico y topográfico y con diversas genealogías y árboles que facilitan la lectura.

Pero, antes de hablar de “La Andalucíada” debemos ofrecer unas breves noticias acerca del autor y del momento en el que la obra fue concebida. Conocí a Rafael Raya Rasero en Sevilla, a principios de los años ochenta, en la deliciosa tertulia de “El Desván”, una librería de lance situada en la calle  Pedro Niño.

Yo vivía entonces en la ciudad de la gracia y asistí varias veces, por invitación del librero Luis Andújar, a aquellas reuniones en las que se presentaban libros y luego corrían jarras de fino y platos de pasas y olivas. ¡Ambiente de alta literatura y de extrema cordialidad! Lo que hoy nos falta. Entre los asistentes a aquellos actos se hallaban mis buenos amigos Pedro Rodríguez Pacheco, el añorado Andrés Mirón, José Antonio Moreno Jurado, José Antonio Ramírez Lozano, Emilio Durán y todos los componentes del grupo “Barro”, al que estuvo vinculado Rafael Raya.

Nuestro escritor nació en Montilla, la histórica Munda, la ciudad amurallada y sacratísima de “La Andalucíada”. A Montilla dedicó Rafael Raya sus primeros textos y en la obra que hoy presentamos la convierte en capital del imperio y, en consecuencia, de todos los pueblos del universo.

Pero muy pronto nuestro autor se traslada a Sevilla y experimenta un deslumbramiento por la capital bética que ya le acompañará el resto de su vida y que lo lleva a escribir diversos libros en verso y en prosa dedicados a la hermosa ciudad.

Pero, situémonos ya en el momento en que el autor concibe su gran epopeya y, animado por Jorge Luis Borges, se lanza a escribirla. Durante los años de la Transición democrática y del pleno establecimiento de la democracia en España vieron la luz diversos libros que mostraban un interés nuevo y heterodoxo por los mitos y los orígenes de los pueblos hispánicos. Hablo, sobre todo, de “Gargoris y Habidis. Una historia mágica de España” de Fernando Sánchez Drago, “Y Hesperia fue hecha” de Gregorio Morales, “El enigma de la mesa de Salomón” de Juan Eslava, “Tratado de la Alhambra hermética” de Antonio Enrique o “Los juegos del Sacromonte” de Ignacio Gómez de Liaño. Esa interesantísima vertiente de la literatura española de nuestro tiempo parecía ya sepultada por el realismo y la vulgaridad de los autores oficiales. Y, sin embargo, la aparición hoy de “La Andalucíada” nos demuestra lo contrario.

Rafael Raya ha llevado a cabo un enorme trabajo de campo con visitas a yacimientos, museos, archivos…; ha conseguido abrumadores conocimientos de todas las mitologías, incluidas las amerindias, las nórdicas, las grecolatinas, la hebrea, la egipcia…, y ha sabido encontrar el sincretismo que subyace en todas ellas. Ha estudiado con tesón las obras de los historiadores y geógrafos antiguos: Herodoto, Avieno, Estrabón, Plinio…, y conoce asimismo las obras dedicadas a la Antigüedad prehelénica por autores contemporáneos como Robert Graves. Y, tras toda esa amplia preparación, se ha lanzado a narrar con alegría, entusiasmo y amenidad esta mar de historias, leyendas y fábulas que constituyen “La Andalucíada”. Los antiguos poemas épicos se escribían en verso. Nuestro autor, a fin de llegar con más facilidad a los lectores de nuestro tiempo, se ha decantado por la prosa, claro que el género novelístico nació como hijo de la epopeya.

En suma. El lenguaje debe en gran parte al género épico, pero se adapta al público de hoy y, sin proponérselo el autor, la obra puede conectar bien con esa juventud actual que se escora hacia esa nueva literatura y esa fílmica fantástica que ahora hace furor con obras tales: “El señor de los anillos”, “Juego de tronos” o “La guerra de las galaxias”.

En “La Andalucíada”, según nos explica la filóloga Tania Padilla, se alterna descripción y diálogo y la “prosa es clara y directa, sin renunciar por ello a la inclusión de giros poéticos y sugerentes imágenes. Asimismo, el autor da muestra de una particular pericia narrativa en los pasajes de acción, ya que logra mover a los personajes con gran desenvoltura y claridad expresiva”.

Rafael Raya ha acudido también al empleo en la obra de ciertas leyendas locales pues no ignora que tras ellas se han alzado diversos mitos, y sabe también que tras los mitos “se esconden realidades”.
La obra arranca muy poéticamente con los amores entre la nereida Turta y el dios Poseidón y con los celos funestos de su esposa Anfitrite, con el gran cataclismo y la posterior fundación de un reino por Turta.

Asistimos a los amores y rivalidades de los dioses, que eligieron al pueblo andaluz “para liderar el orbe después del diluvio”; se nos habla de los andaluces (el pueblo de las luces andantes), del jardín de las tres razas o de las Hespérides, de los caballos que comían en establos de plata y de las leyes en verso que menciona Estrabón, de Túbal, el nieto de Noé, de la Atlántida y de otro sinfín de leyendas.

Y el libro acaba con las decisiones tomadas en la última Magna Asamblea, según las cuales los dioses pasaron a la invisibilidad, aunque continuaron velando por los mortales. Y el propio autor de la obra aparece en el texto con la alta misión de contar lo sucedido hasta la ascensión a los cielos de Turta y sus doce hijos.

Turta, la gran protagonista de “La Andalucíada”, a la que seguimos venerando, ahora bajo la figura y la advocación de la Virgen María, no es otra, según Rafael Raya, que la gran matriarca (divinidad de la época del matriarcado), la “virgen blanca” de Robert Graves (aunque a menudo aparece en figura de virgen negra por todo el Mediterráneo), la Isis de los egipcios, a la que se dio culto en Sais y también en lo que hoy es el Valle Paraíso en Granada tal como refiere Gómez de Liaño en su libro “Los juegos del Sacromonte.

Un proyecto, pues, grandioso este libro donde se canta a Andalucía y a sus mitos y se explica cómo nuestra tierra irradia su cultura milenaria al resto del orbe”.

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