Actualizado: 14:22 CET
Sábado, 14/12/2019

Sevilla

Zoido pierde la varita mágica

El alcalde ‘superman’, que había prometido todo a todos y de inmediato, demuestra que no tiene o ha perdido la varita mágica

  • Balance del alcalde

No se ha podido hacer más”. Con esa frase Zoido resumía hace unos días el balance del año transcurrido desde su histórica victoria en las elecciones municipales del 22 de mayo de 2011, donde a base de pedir hasta el voto prestado de los colectivos y barrios sociológicamente de izquierdas pero hartos de los escándalos y despilfarros de Monteseirín     -se gastó en las ‘Setas’ de la Encarnación incluso el dinero de los futuros equipamientos urbanísticos de la ciudad-, consiguió la mayor muestra de confianza y la mayor cuota de poder de un político en la historia de la Democracia: 20 concejales, el denominado ‘efecto Zoido’.

Un año después, sin embargo, el ‘efecto Zoido’ se ha ido desinflando gradualmente, como ya denotaron los últimos resultados electorales en las autonómicas de marzo, a las que concurrió como candidato, y como reconocen en sus balances, unos de forma más explícita y otros recurriendo a eufemismos, los medios periodísticos sevillanos, con titulares del siguiente tenor: ‘El cambio con minúsculas’, ‘El ajuste venció a la gestión’, ‘El año en el que Sevilla no cambió’, ‘Balance de mínimos’, ‘La tiranía del ‘statu quo’, ‘Jubileo prematuro’….

Efecto diluido
El alcalde ‘superman’, que había prometido todo a todos y de inmediato, como simbolizó con aquella frase de que iba a desbloquear el proyecto de Ikea en tan sólo unas semanas sin que al cabo de 365 días la situación haya variado, ha demostrado que no tiene o ha perdido la varita mágica con que aparentó llegar a la Plaza Nueva y, como en la película ‘Matrix’, ha acabado aterrizando en la vida real, la misma que existía antes de su llegada pero que él deformaba políticamente, como esa realidad aumentada de la informática, por exceso o por defecto para presentarse a sí mismo como el salvador de Sevilla.

Puede estimarse que el ‘efecto Zoido’ duró hasta entrado el año, un periodo en el que impulsó desde la derogación del Plan Centro -coherente con su promesa electoral- hasta la aprobación a tiempo del Presupuesto municipal -frente a los habituales retrasos de la etapa anterior- y el esbozo del controvertido Plan de Ajuste, pasando por el éxito de la final de la Copa Davis en la Cartuja, el ‘mapping’ proyectado sobre la fachada del Ayuntamiento y el alabado alumbrado de Navidad.

Fueron las luces iniciales de una gestión municipal empañada también por las sombras, como las falsas acusaciones de que las cámaras de vigilancia no funcionaban , cuando hasta estaban grabando irregularmente a los conductores; la Comisión de Investigación sobre este escándalo, que tuvo un ‘efecto boomerang’ sobre el gobierno local y de la que a estas alturas aún no se han hecho públicas sus conclusiones, y el escándalo de los familiares y correligionarios de delegados municipales ‘enchufados’ a dedo en talleres de distritos.

Zoido, que sin modestia alguna le da a su equipo y por ende a sí mismo la máxima nota por su gestión durante este primer año, no ha realizado sin embargo un discurso triunfalista, sino más bien exculpatorio, sabedor de que aún media mucha distancia entre la cernudiana realidad y el deseo de su transformación que él decía iba a encarnar cuando se hallaba en la oposición.

La herencia sabida
El alcalde ha usado como excusa la herencia recibida de Monteseirín y Torrijos: ha dicho que creía que la deuda municipal era de 400 millones de euros y que ha tenido que dedicar mucho tiempo y energía, perdidos para otras labores alternativas, en averiguar que eran 700 millones de euros y que, por ejemplo, el ‘agujero’ de Tussam superaba los 100 millones. Zoido no puede hacerse ahora el nuevo en este sentido cuando tanto la prensa como la Intervención municipal dieron cumplica cuenta de la realidad financiera del Ayuntamiento y hasta de cómo Monteseirín había renegociado con la banca acreedora para endosar los pagos y con mayor tasa de interés a quien viniera después de él.

Tan consciente era Zoido del estado de las cuentas municipales que en enero de 2011, cuatro meses antes de las elecciones municipales, con motivo de una campaña publicitaria del Consistorio, declaró lo siguiente: “No entiendo qué va a ‘vender’ Monteseirín y de qué presume, pues va a dejar un Ayuntamiento con un 55% más de deuda que cuando llegó, con las arcas municipales vacías y con las empresas municipales en quiebra”.


El alcalde ha repetido durante meses que Monteseirín se había gastado todo el presupuesto de inversiones y que, aparte de la gigantesca deuda municipal, no tenía dinero ni para regar los parques cuando llegó a la Alcaldía, ni luego para subvencionar las Cabalgatas de los Reyes Magos en los barrios, pero a la hora de la verdad ha podido desviar 29 millones de euros para la construcción de la ronda SE-35, que beneficiará a Ikea, a costa de suprimir programas para los barrios y, hace unos días, anunciar la concesión de un millón de euros para la rehabilitación de la iglesia de Santa Catalina, cuando previamente justificaba los recortes a los programas culturales en la ciudad y a los sueldos de los funcionarios y trabajadores de las empresas municipales con el argumento de que se había encontrado la caja vacía.

Y, por otra parte, su discurso sobre la forzada austeridad pierde credibilidad en la medida en que sigue manteniendo, aunque sea adscrito a otro departamento,  el aparato propagandístico de Giralda Televisión, que había prometido desmantelar cuando se hallaba en la Oposición; ficha a Juan José Cortés tras hablar de reducir los asesores en el Ayuntamiento y aún no ha aclarado si el gerente de Fibes, uno de sus fichajes ‘galácticos’,  se va a rebajar el sueldo  en línea con las directrices del Gobierno para los directivos de empresas públicas.

Torre Pelli y empleo
Tantos entuertos en plan Don Quijote prometió Zoido deshacer cuando fuera alcalde que, por prometer, se comprometió a paralizar la construcción de la torre Pelli y hasta a convertirse en el ‘alcalde del empleo’. En su baño de realidad, que se traduce consecuentemente en el desencanto de muchos que lo votaron hará mañana un año, ahora se percata de que carece de base legal para detener el rascacielos de la isla de la Cartuja, él, que no iba a consentir que pusiera en peligro el título de Sevilla como Patrimonio de la Humanidad de la Unesco; y también de que carece de competencias en materia de empleo. O sea, que prometió con desconocimiento de causa o en vano, lo cual ya le ha dejado retratado ante los electores.

El alcalde que iba a acabar con el paro, ahora no sabe qué decir a los sevillanos que, según él mismo ha confesado, le entregan sus curriculum por la calle. Cuando el 11 de junio de 2011 tomó posesión de su cargo como alcalde, había en Sevilla 72.162 parados. Ahora, casi un año después, 85.852. El balance es de 13.690 más, a razón de mil y pico nuevos desempleados cada mes -un incremento del 19%-.

Zoido dice ahora no tener competencias, pero entonces cabe preguntarse por qué nombró un delegado de Empleo y por qué creó en septiembre una Mesa por el Empleo conjuntamente con la Confederación de Empresarios de Sevilla (CES) y con UGT y CCOO. Tras una treintena de reuniones hasta febrero, el periodo del ‘efecto Zoido’, los sindicatos anunciaron que no volverían a participar hasta que “la más alto nivel” no se solucionara su mal funcionamiento, ya que se adoptaban decisiones a sus espaldas incluso por responsables no políticos del Ayuntamiento.

En estos días, Comisiones Obreras  ha lamentado el ‘fiasco’ de esta Mesa que fue abandonada “por la falta de impulso y compromiso de Zoido”.  Una Mesa fracasada, pues, al igual que la que iba a consensuar los grandes temas de Sevilla con la oposición, conforme a aquellas primeras reuniones que el alcalde protagonizó con Espadas y Torrijos apenas tomar posesión de su cargo y cuando pregonaba que, al contrario de lo que hicieron con él PSOE e IU, no iba a dejar a éstos ni fuera de las empresas municipales ni fuera de los grandes temas de la ciudad.

También candidato
La tercera gran excusa de Zoido en la hora de su balance para tratar de justificar el mínimo cambio experimentado por Sevilla en este año de grandes esperanzas frustradas ha sido el de que con tantas convocatorias electorales ha carecido de interlocutores en las otras Administraciones para resolver asuntos. El alcalde parece olvidar que fue él mismo quien se involucró al máximo en estos procesos electorales, hasta el punto de presentarse como candidato en las elecciones autonómicas de marzo  y de volcarse también en la campaña del PP en las generales de noviembre, ya que su partido confiaba en su tirón en las urnas tras su arrolladora victoria en las municipales de mayo.

Por tanto, Zoido no puede escudarse ahora en el efecto distorsionador de las convocatorias electorales, que le han distraído en exceso de sus obligaciones como alcalde de Sevilla. Se queja de la falta de interlocución pero nunca a lo largo de este año ha atendido los continuos requerimientos de la Junta de Andalucía para que definiera su posición sobre el Metro y la Ciudad de la Justicia, quizás porque esperaba a que el PP se apuntara los tantos políticos de su futura ejecución con Arenas en San Telmo al albur de lo que señalaban todas las encuestas. De tanto demorar una respuesta al Gobierno andaluz y de anteponer los intereses electoralistas de su partido a los de Sevilla, ha desembocado en una situación de recortes de inversiones impuestos por el Gobierno central a todas las Autonomías y que ahora se traducen en la imposibilidad de asumir ningún compromiso de grandes obras con Sevilla.

Al final, ‘gorrillas’ y ‘operación Talento’ al margen, Zoido justifica su gestión y la de su gobierno por la ‘micropolítica’, por el funcionamiento de los servicios y empresas municipales, pero aparte de que eso es algo que se presupone en todo Ayuntamiento y de que no veía de una situación catastrófica en tal sentido(escoba de oro a Lipasam, notable a Tussam en las encuestas de satisfacción a los usuarios….), es un balance demasiado magro para las grandes expectativas que él mismo había suscitado con su promesa del ser el ‘alcalde del cambio’.
 

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