¿Inmaculada Constitución?

Publicado: 07/12/2019
Autor

Daniel Barea

Yo soy curioso hasta decir basta. Mantengo el tipo gracias a una estricta dieta a base de letras

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La situación es insoportable para quienes consideramos que es necesario llevar a cabo una revisión en profundidad de la Carta Magna
El dogma de la Inmaculada es de 1854 pero en España ya se celebraba 400 años antes. Y de qué manera se celebra siglo y medio después. Con un puente largo, larguísimo, gracias, todo sea dicho, a la Constitución, que acaba de cumplir 41 años. La Carta Magna nos ha procurado (cito de memoria) el mayor periodo de paz y concordia y, año tras año, nos ha procurado también unas minivacaciones que aprovechan los cachorros de ERC, que no creen ni en una cosa ni en la otra, para alterar la paz y concordia. Del dogma de la Purísima Concepción de la Virgen se habla poco. Pero de la Purísima Concepción de la Constitución se habla todo el rato. A favor y en contra. Sin matices. Es el signo de los tiempos. Como si la Constitución fuese Mourinho. Sostienen unos que el régimen del 78 es solo una prolongación del antiguo régimen franquista y otros, que aquel gran acuerdo es imposible de reeditar. En televisión salen radicales quemando ejemplares. Y marcan de esta manera el debate, al que permanecen ajenos la mayoría de los diputados, a los que solo se les conoce selfis sonrientes durante la recepción celebrada en el Congreso el viernes. El mensaje es la foto. Y la foto no dice nada. Si acaso, se puede encontrar algun texto a modo de loa firmado por portavoces de la oposición o, a regañadientes, alguna concesión a la posibilidad de llevar a cabo ligeros retoques en el articulado constitucional.

La situación es insoportable para quienes consideramos que es necesario llevar a cabo una revisión en profundidad. El problema es que defender esta posición te convierte inmediatamente en un tipo raro, sospechoso, incluso peligroso, en los últimos tiempos, cuando realmente el peligro está en negar una evidencia clamorosa. Es cierto que con Pedro Sánchez de por medio, empeñado en entregarse a quienes se emplean únicamente en tratar de hacer trizas a España, es complicado abordar esta cuestión. No lo ponen fácil tampoco los partidos, que tienen muchísimo poder con respecto a hace cuatro décadas porque la partitocracia existe tal cual y es un negocio rentable. Pero nadie ha dicho que el nuevo consenso deba ser pilotado por los líderes de las formaciones políticas actuales, cuyas trayectorias profesionales y vitales han discurrido siempre en las sedes de sus partidos en la mayoría de los casos. España solo puede encarar su futuro si lleva a cabo una rebelión cívica. Hay capital humano suficiente para poner en marcha el gran debate que desemboque en un gran nuevo acuerdo para las generaciones actuales y venideras.

Preguntémonos sin apriorismos hacia dónde vamos a encaminarnos en el futuro. Y planteemos respuesta a los nuevos retos: el empleo, la vivienda, la inmigración, las pensiones, el modelo territorial. Nos sorprenderemos del resultado. Más allá de las consignas políticas existe una España rica, con capacidad intelectual suficiente para asumir el reto. Dejemos mientras que se entretengan unos con la gasolina y otros con las camaritas de sus iphones.

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