Esas manos de sangre reseca con el temblor de los cobardes

Publicado: 23/11/2018
Autor

Younes Nachett

Younes Nachett es pobre de nacimiento y casi seguro también pobre a la hora de morir. Sin nacionalidad fija y sin firma oficial

Sin Diazepam

Adicto hasta al azafrán, palabrería sin anestesia, supero el 'mono' sin un mísero diazepam, aunque sueño con ansiolíticos

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En tu cabeza resuenan sus gritos, su voz pidiendo auxilio, sus ojos reclamándote compasión, entre lágrimas cargadas de terror, humedecidas de súplicas.
Esas manos. Me imagino mirándotelas, observando cada detalle. Esa sangre seca que se agrieta, ese temblor cobarde, esas uñas enrojecidas. Ella ya no respira. Quizás te preguntes pero qué has hecho, quizás no. En tu cabeza resuenan sus gritos, su voz pidiendo auxilio, sus ojos reclamándote compasión, entre lágrimas cargadas de terror, humedecidas de súplicas. Luego silencio.

El ajetreo de los vecinos te incomoda. Ya han llamado a la policía, no es la primera vez, sabes que será la última. Te sientas en el borde de la cama. Las sábanas están arremolinadas en el suelo, el espejo saltó en mil pedazos con tu primer puñetazo. Hay un rastro de sangre que conduce hasta el cuarto de baño. Allí se refugió, herida, profundamente asustada. La puerta está destrozada. La abriste de una patada. Ella se escondió entre el váter y el bidel. En cuclillas. Descalza, semidesnuda, llena de moratones y heridas abiertas y saliva roja en la rota comisura de sus labios. Sus brazos, con las palmas de sus manos abiertas, apuntaban hacia ti, tratando de impedir que te acercaras. Allí sigue su cuerpo.

Miras hacia la ventana y una nube roja y azul de luz parpadea en los cristales. Oyes las sirenas. Una ambulancia y varios coches patrullas despiertan al vecindario. La vecina de arriba les indica el portal a los agentes. Ya están subiendo y piensas en cómo librarte… ¿Saltar? Ahora no cabrón, eso siempre antes.  Te levantas de la cama y te mueves inquieto por la habitación. Te asomas al cuarto de baño y ahí sigue ella. Llaman a la puerta. Golpean. La tiran abajo. Túmbate en el suelo, con las manos en la espalda. Te esposan. Balbuceas algo como que tuve que hacerlo, luego dices que la querías… que la querías mucho hijo de mil demonios. Jódete cabrón, que te jodan malnacido.

Entre los barrotes te llega el primer boletín de noticias de la mañana que se escapa de una televisión encendida en algún lugar cercano. Hablan de ti. Hablan de ella. Que si tenía una orden de alejamiento, que si ya te había denunciado hasta en seis ocasiones. La convierten en un número en lo que va de año. Sabes que incluso después del primer bofetón te había perdonado. Tú lloraste, le acariciaste la hinchada mejilla, le prometiste, mentiroso de mierda, que no volvería a ocurrir. Ella, pobre ilusa, te creyó. Y al cabo de pocas noches, otra vez la inmensidad del infierno en vida. Y mil veces te perdonó. Incluso nacieron dos hijos. No te dieron la custodia porque hasta el juez supo distinguir el horror que ya habían presenciado. ¿O no te acuerdas cuando empujaste al mayor, con solo siete años, cuando intentaba impedir que siguieses destrozando a su madre? Claro que te acuerdas, cacho mierda. Se te cae la cara de vergüenza con solo recordarlo.

Ya sabías que no te amaba, sabías que te temía, pero que más te daba, gusano deleznable, lo que te importaba era tenerla, que fuera tuya, aunque nadie nunca es de nadie, cada alma viaja sola. Y así, sola estaba anoche, cuando tras varios meses sin verte, comenzaba a respirar tranquila. Pero tú la seguías. Pero tú sabías que ayer por la tarde dejaba a los niños con sus abuelos para quedar, por primera vez en años, con sus amigas. Agazapado entre las sombras, viste cómo se bajaba del coche. Sola, pedazo de cobarde, estaba sola. La mirabas sin que te viera y sentiste ira, envidia, rabia… estaba rehaciendo esa vida que le destrozaste. Diez minutos después de entrar ella en el portal, entraste tú. Aún conservas la llave. La del piso no, ella cambió la cerradura. Pero te pusiste el traje de cordero y tras varias súplicas, y tras decirle que era importante, y tras convencerla de que no tenía nada que ver con vuestro matrimonio, abrió la puerta y fue asesinada por esas manos en las que aún perdura el puto anillo de matrimonio.

Tienes mi edad. Sé la mierda que nos metieron en la cabeza. Ese padre recriminándonos el día que quisimos ayudar a mamá a recoger la mesa. “Eso es de maricones”, decía riéndose. Esas letras de coplas, esos programas de televisión, esa Sor Citroën, esos pajares y estesos, ese Jesús Gil en la piscina, esas mamachichos, esos anuncios, esos libros de historia llenos de héroes sin heroínas, esos cuentos de princesas indefensas y príncipes valientes, esas religiones y esos dioses que eran y son todo nabos. Y esos machos hablando de lo putas que son, en casi todas las noches con luna, en casi todos los días con sol.

Lo sé, rata inmunda, lo sé, así crecimos, tenemos el machismo inyectado en vena, pero esa mierda nada justifica… Has desaprendido muchas cosas, las que te convenían, claro. Es el miedo, es la cobardía, es el temor de saber que hasta ella se dio cuenta de tu poca valía. Es tu desprecio, es tu inmundicia, es tu ruindad, es tu estulticia, es tu asquerosa mente, es tu repugnante forma de ser, es tu pequeñez, es tu debilidad, es tu mezquindad, es tu vileza, es saber que eres simplemente lo más parecido a un excremento, es ser consciente de todo ello lo que forzó a tus manos a quitarle la vida. Y es que incluso antes de conocerla ya sabías que tú, cabrón, no valías nada, ni siquiera deberías formar parte de estas palabras. Tú siempre supiste lo execrable que eres, lo insignificante que era tu existencia, pero ella, para su desgracia, cegada quizás por eso que llaman amor, lo supo cuando ya era demasiado tarde… a que sí, cacho de vómito con ojos. Ahora, sigue mirándote las manos y así te mueras, ahogado en tu propia conciencia, sabiendo que vales menos que una miserable piedra.

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