Actualizado: 18:00 CET
Lunes, 01/06/2020

Lo que queda del día

Nos la han vuelto a colar

Nos dicen "distancia social" cuando deberían decir "física", y nos venden las bondades del teletrabajo, que es la auténtica distancia física por imposición

  • La implantación del teletrabajo ha ganado terreno.

Definitivamente, han convertido el estado de alarma en una sucesión de aforismos, como destellos de luz en mitad de la niebla, para guiarnos durante este tiempo desconocido pero plagado de algo tan experimentado como la angustia y el miedo. Primero fue el “quédate en casa”; después, “este virus lo paramos unidos”; y, por supuesto, la “nueva normalidad”, en cuya evidente contradicción no merece ya la pena volver a detenerse. Ahora le toca el turno a la “distancia social”. Todos hablamos de “guardar” la “distancia social”. “Cuando estés en la fila para hacer la primitiva acuérdate de guardar la distancia social”, “cuando estés paseando por la calle, guarda la distancia social con los demás”, “cuando vayas a comprar el pan guarda la distancia social”... El Gobierno nos ha convertido en abuelas de cuento. Y, es curioso, porque, en realidad, no existe esa distancia social, sino la distancia física.  

Lo resaltaba hace unos días el psiquiatra Luis Rojas Marcos  en una entrevista en la que lamentaba la falta de acierto -una más- en la utilización de la expresión. Puede que se trate de una cuestión estética: ¿Suena mejor, o más amable, distancia social que distancia física? ¿Acaso “distancia física” se interpretaría desde el punto de vista de la afectuosidad?, ¿o habría quien lo entendería como la negación del sexo compartido?: prohibido follar. Como apunta Rojas Marcos, no puede hablarse de “distancia social” en un momento que, en algunos aspectos, representa todo lo contrario: la época de la recuperación del contacto social. Ya sea por teléfono, por videollamada, por mensajes de whatsapp, de balcón a balcón, interpretando una canción a través de Zoom, separados por una mampara de plástico o tocando una cacerola, hacía tiempo que no dábamos muestra de un mayor acercamiento y contacto social con los demás como el que hemos visto a lo largo de todas estas semanas de estado de alarma.

Da igual. Nos la han colado. Otra vez. Somos temerosos e incautos, y vamos a tener “distancia social” hasta en la playa. En Chiclana ya hay quien ha patentado unos aros ovalados de plástico, color verde lima, que circundan el espacio suficiente para colocar la toalla y mantener la distancia física, no social, con los demás bañistas, aunque lo verdaderamente recomendable para este verano es contar con una tabla de mareas para saber cuáles serán las mejores horas para pasear o tomar el sol sin agobios.

Hay, por contra, otro tipo de terminología que ha utilizado el coronavirus, no como artificio colectivo, sino como coartada para reivindicar su utilidad, o su necesidad, o su imposición, recogida incluso en el diccionario de la RAE. Es el caso de teletrabajo: “Trabajo que se realiza desde un lugar fuera de la empresa utilizando las redes de telecomunicación para cumplir con las cargas laborales asignadas”. Ahí nos la han colado pero bien. Y todos están convencidos, incluso los que lo practican: ha llegado para quedarse. Hasta los sindicatos, que ya están pidiendo compensaciones para los funcionarios que trabajan desde casa usando sus terminales y asumiendo el coste de energía eléctrica.

Un amigo informático me alaba las bondades de no tener que pisar la oficina a diario: “¿Sabes la alegría que es levantarte de la cama, desayunar tranquilamente, olvidarte del estrés del atasco, sentarte ante el ordenador y, al final de la jornada, solo tener que dar unos pasos para llegar a la cocina y comer en condiciones?” Ahí lo tienen: los han convencido de que el paraíso es la distancia física. Cuando los trabajadores tengan que organizarse y demostrar su fuerza ante ¿qué sede?, ¿qué puerta?, ¿entre quiénes se apoyarán, si hasta habrán olvidado, o ni siquiera conocerán las caras de sus compañeros y demás asalariados?

Y admito que, en las actuales circunstancias, ha sido una suerte. Y habrá autónomos y empresas unipersonales para los que resulte imprescindible. Pero yo ya echo de menos mirar al frente por encima del monitor y provocar los encendidos debates en la redacción sobre qué titular es mejor o quién ha dicho o hecho la mayor barbaridad de la jornada. Vendrán días.

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