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Martes, 20/08/2019

San Fernando

"O encontramos un proyecto en común para España o España no será"

El doctor en Historia Contemporánea, Antonio López Vega, presagia las palabras de Unamuno a Azaña sobre la independencia de Cataluña. Si alguien no lo evita.

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"Si en 1975 ustedes decidieron que personas como yo, de una extracción social media o media-baja o normal tuviéramos becas, pudiéremos salir a estudiar fuera de España, a estudiar sin estar preocupados por el sostenimiento familiar, e hicisteis del 75 la democracia -no es un problema de monarquía o república, sino de democracia o dictadura, ¿recuerdan?- ahora el problema es cuál es el proyecto de vida en común para aunar esos pueblos de España con sus identidades que nos enriquecen a todos y que hacen bien a la idea de una España plural, diversa y compartida.
Pero el problema es de un proyecto de vida en común. Y o encontramos ese proyecto de vida en común para España o sencillamente, España no será".

Es el final de la conferencia pronunciada por Antonio López Vega con el título Repensar España en tiempos de crisis que obviamente, comenzó por el principio de todo lo que supuso un cambio radical en la política española tras el desastre de 1898. La clase política que buscó en los militares el chivo expiatorio para justificar todo un siglo, desde la derrota en Gibraltar, de conflictos entre españoles que habían hecho pasar al país del todo a la nada, tuvo su respuesta en el estamento militar que tomó las riendas del futuro mientras que a escondidas de las generaciones de “estetas” -calificó el conferenciante las del 98 y la del 27- tomaba el control la Generación de 1914, la que miraba a Europa y la formada por toda clase de personas insignes de todas las disciplinas.

 Era la generación de Ortega y Gasset, Miguel de Unamuno, Gabrel Miró, Ramón Pérez de Ayala, Gustavo Pittaluga, Manuel Azaña, Gregorio Marañón, Juan Ramón Jiménez, Ramón Gómez de la Serna o Eugeni D’Or que desde Cataluña lo llamó el noucentisme, novocentistas.  Y la generación con más mujeres, como Zenobia Camprubí, María de Maeztu, Clara Campoamor y Victoria Kent, feministas las dos últimas desde dos extremos diferentes, o María Zambrano, como partes de una amplia nómina de personalidades.

Ellos alumbraron a través del ensayo, de la divulgación de las ideas, del concepto de España y de Europa basado en la cultura como eje principal de un país, esa II República que no por denostada durante los siguientes cuarenta años desde la Guerra Civil pierde sus grandes logros en el olvido impuesto.

En el poco tiempo que duró abrió más escuelas que las que abrió Franco en cuarenta años y por primera vez se comenzó a hablar de la sanidad como un derecho y se recobraron, con sus matices, tantos principios que nacidos en las Cortes de San Fernando y de Cádiz quedaron por el camino. Por que el término “liberal” -dijo López Vega- se le debe a esas Cortes y hoy no hay en el mundo un país que no cuenta con un partido liberal. “Fue, junto con la Transición de 1975, los dos grandes legados de España al mundo”.

Obviamente, desde 1901, ya existían movimientos en Cataluña que aspiraban a algo más que a pertenecer a una España para la que se había tomado como ejemplo la austera Castilla olvidando su diversidad cultural, la del ahora País Vasco y Galicia, aunque en ninguno de estas dos regiones hubo conflicto alguno.


Los movimientos de Sabido Arana apenas tuvieron consecuencias porque el problema vasco como un problema surgió con la banda terrorista ETA, mientras que en Galicia ni siquiera llegó, ya con la II República en marcha, a aprobarse su Estatuto que entró en las Cortes pocos días antes de la rebelión de Franco. Hasta sus máximas figuras de las letras escribieron sus mejores obras en castellano en vez en gallego, casos de Rosalía de Castro y Valle Inclán.

Lo que quedaba de la Generación del 98 y la Generación del 27 prestaron sus voces y sus plumas a una España dispuesta a competir en igualdad de condiciones con Europa, porque todo iba encaminado a la difusión de la cultura, del conocimiento. ¿O qué era la Barraca de Lorca sino una forma de llevar el teatro clásico a todos los rincones?, decía

Cataluña fue, precisamente, una de las grandes decepciones de Manuel Azaña que aspiraba a una España “integral”, con el reconocimiento de sus singularidades pero con el Estado por encima de las regiones y por supuesto con competencias universales como la sanidad y la cultura. La rebelión en Cataluña en 1934 tuvo las consecuencias que tuvo porque atentaba precisamente contra una unidad de España que nunca había estado en entredicho.

Franco y la victoria de los rebeldes apagaron en España ese movimiento de grandes pensadores que mantenían que los cambios tenían que llegar desde arriba, desde los intelectuales y que si bien en España se apagaron, siguieron sonando en el exilio de los que tuvieron que marcharse o de los que simplemente se marcharon ante lo que comenzaba a ser España.

Franco tuvo el acierto de apropiarse del término “nacional”, dijo López Vega, pero perdió la batalla de la cultura aunque no la guerra. “Murió en la cama, no por la oposición”, pero en España, desde dentro y desde fuera del Régimen ya se estaban dando casi desde el primer momento de la Dictadura, movimientos en busca de una salida.

La muerte del dictador no hizo más que darles curso legal a esos movimientos, pero en España ya no sólo existía el problema catalán, sino también el vasco y además de forma sangrienta.

Los políticos del 1975 se tuvieron que enfrentar a la cuestión una vez más y tuvieron que buscar fórmulas para encajar el galimatías de una España en la que las cuestiones territoriales sólo habían estado silenciadas pero latentes. Las autonomías -reconoció el conferenciante- fueron una buena salida al problema, a pesar del café para todos que se quedó en diecisiete tazas y ciudades autónomas.

No obstante, procuró un mayor acercamiento de los ciudadanos con sus territorios, unos mejores servicios de todo tipo y también, en la parte mala, un mantenimiento económico insostenible además de unas competencias que han permitido incluso que el idioma común se haya visto eclipsado por las lenguas autóctonas.

Pero la España que nació de la Transición había dejado atrás el subdesarrollo, el analfabetismo, la miseria de otros tiempos y todos habían colaborado con generosidad a la creación de una nación respetada en Europa e integrada en los estamentos europeos, tal como lo había proyectado esa Generación del 14. Lo que no habían proyectado ni la generación del 14 ni la del 75 eran los niveles de corrupción actuales, lo que no quiere decir que el sistema sea malo porque está cumpliendo a la perfección con su cometido. Están entrando en prisión desde el yerno del Rey hasta el último corrupto. Y seguirán entrando en una clara muestra de que el sistema Judicial actúa con contundencia.

El consenso en esa materia, en la de la unidad de un país compuesto por las comunidades autónomas con más competencias conocidas en casi todo el mundo, funcionaba a la perfección con los distintos gobiernos, los primeros de la democracia y los socialistas. Al igual que si vocación europea que en ambos casos, entre populares y socialistas contaban con un 80 por ciento de la representatividad de la población.

Hasta que llegó el presidente José María Aznar y quiso cambiar el destino europeo de España alineando al país con los Estados Unidos y Reino Unido en la guerra de Irak que por primera vez rompía una sintonía con Europa para la que incluso los socialistas tuvieron que dar su brazo a torcer y entrar en el entramado de la OTAN a pesar de que era un organismo más amplio, pero con implicación europea.

Ese golpe de timón en la política exterior española rompió el consenso y el problema catalán, que como decía Ortega y Gasset no es un problema que pueda solucionarse sino sobrellevarse, ya había tomado el impulso necesario para desbancar a un problema vasco basado en la atrocidad.

El presidente socialista José Luis Rodríguez Zapatero vino a poner la piedra inamovible al problema actual de Cataluña y el resto de España al consentir por motivos electorales que en el preámbulo del Estatuto de Autonomía de Cataluña de 2006 se estableciera que los derechos históricos prevalecerían sobre los derechos ciudadanos.

“Que un socialista admita que una persona por nacer a un lado de un río tiene más derechos que el que nace al otro lado del río… Pablo Iglesia -este de ahora no, el otro- se revolvió en su tumba”, dice López Vega.

La inacción del Gobierno de Mariano Rajoy se suma al problema en el que está sumida España en estos momentos. De ahí que como en 1975, el conferenciante terminara su intervención con las palabras que encabezan este artículo.

Decir el respecto que conferenciante es doctor y profesor de Historia Contemporánea en la Universidad Complutense de Madrid y director del Instituto de Humanidades y Ciencias de la Salud 'Gregorio Marañón'. Hoy en día, uno de los historiadores más respetados en España y en el mundo.

La conferencia tuvo lugar en la Real Academia de San Romualdo de Ciencias, Letras y Artes de San Fernando y lo recogido en este artículo sólo supone un apunte periodístico a una exposición larga y detallada sobre la necesidad de repensar España en estos tiempos a todas luces complejos y, apurando, hasta peligrosos.

Pero al apunte periodístico no está de más añadir lo que escribió Miguel de Unamuno a su amigo Manuel Azaña en 1918. “Me preparé por lo menos las bases de la reunión de la nación española y la catalana ya que Cataluña [sic] ha de acabar, y muy pronto, por separarse del todo del Reino de España y constituirse en Estado absolutamente independiente”. 

(Salvo error u omisión)

 

Nota: La conferencia Repensar España en tiempos de crisis puede verse y escucharse en Andalucía Información, portal de San Fernando o en televisión a la carta de 7TV Andalucía-Bahía en el programa Académicos.

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