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Lunes 15/08/2022  

San Fernando

Cuando salí de Cuba

Así que este humilde relato sirve, además, para responder a todos, esa gran pregunta: “¿Cómo te ha ido en Cuba?, que seguro me formularán…"

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  • Pepe Oneto.

De regreso a España. Cuando salí de Cuba, donde he estado algo más de una semana, en el Airbus A350 de la confortable y flamante compañía World2Fly con casi diez horas de  vuelo por delante, escribir aquí en el avión de vuelta este modesto texto me ayuda –o me ayudó– sobremanera a hacer más llevadero el recorrido. Un tiempo, viéndolo positivamente, que si se sabe aprovechar se le puede sacar un buen rendimiento, como es mi caso haciendo esto. Pues esa duración del trayecto tenia de mi lado las musas invitándote a reflexionar y meditar sobre ese especial país del que estaba ávido de visitar, que va quedando atrás y del que me alegro sobremanera haber hecho realidad ese propósito.

Un viaje que desde hace años tenía gran interés en realizar porque Cuba, especialmente La Habana, es un sitio que siempre me llamó poderosamente la atención. Por muchas razones; su cultura en diferentes manifestaciones; su naturaleza, su arquitectura, su ambiente callejero, su historia, su paisaje urbano tan cercano a Cádiz en determinadas zonas de la llamada  Habana vieja, como una parte del Malecón; su peculiar forma de gobierno (aquí mejor no entrar), etcétera; pero principalmente su gastronomía y la especial idiosincrasia del cubano –particularmente la del habanero–, ya que ésta tiene cierta similitud en determinadas connotaciones con la del gaditano, como es el acento, el sentido del humor, la ironía, la gesticulación, el ritmo y/o el compás, su sentido musical, su folklore, etcétera.

Así que este humilde relato sirve, además, para responder a todos,  esa gran pregunta: “¿Cómo te ha ido en Cuba?, que seguro me formularán…".

Antes que ese dichoso bichito llamado coronavirus nos hiciera rehén, le decía a Nico de Intermondo que me fuese preparando este desplazamiento, pero ese año fatídico del 2020 en el que nos encerraron a todos y las posteriores medidas de movilidad a raíz de la implantación del estado de alarma para combatir la pandemia del Covid-19 con esos cierres perimetrales tanto locales, provinciales, autonómicos, nacionales e internacionales, etcétera, me impidieron hacer ese deseado viaje.

Pero afortunadamente todo parece indicar que esa desgraciada etapa ha quedado, o está quedando –no podemos decir, según los expertos, que ya está totalmente erradicado el virus–, atrás.  Por eso, al permitírsenos esa exacerbada movilidad de la que estábamos tan limitados y principalmente saber que ya se podía entrar y salir de Cuba sin, relativamente, limitaciones, reanudé ese encargo en mi agencia de la calle Calatrava y tan pronto como Dani me comunicó que había una “oferta de última hora”, no dudé ni un instante en “pillarla”.

Ya dije antes cuales eran los motivos de mi particular excursión.  Sí, lo dije y digo porque si además de viajar solo, como fue el caso, lo hice en el estado civil de viudedad en el que tristemente me deparó el destino desde hace unos años, habrán  –que seguro haberlos haylos, que dirían los gallegos– quienes perversa y maliciosamente alberguen en sus enfermizas cabezas que el objetivo de visitar el país sudamericano en cuestión fue exclusivamente con fines eróticos, nada más lejos y apartado de la realidad. Creo que hay que ser muy idiota para obviar los encanto que tiene esta isla caribeña y recorrer más de ocho mil kilómetros durante casi diez horas de vuelo sólo  para saciarse sexualmente, cuando esa posibilidad la tienes a la vuelta de la esquina de tu casa…¿no? ¡Vamos, digo yo!

Cuba tiene muchos y buenos recursos turísticos dignos de ser conocidos; de hecho, como es sabido, la mayor, principal y me atrevería decir que única fuente de riqueza es la industria turística. Pero lamentablemente –muy lamentable, sí–  existe, y penosamente cada vez más por la extremada pobreza que padece este país y su gente el llamado turismo sexual; una actividad ejercida por hombres y mujeres, mujeres y hombres de todas las edades que prestan su cuerpo, muy a su pesar porque lo hacen por una crucial necesidad solo y exclusivamente por y para subsistir, a esos viajeros que llegan únicamente con la intención de satisfacerse sexualmente; quienes aprovechándose de esa miseria utilizan a esas personas para sus fines a cambio de ese dinero y otras prebendas que les ayude a ellos y su familia a poder seguir viviendo. Y lo peor de toda esta repugnante historia es que mucha de esta gentuza realizan esas prácticas con menores que cegadas y cegados por la perentoria necesidad que padecen acceden a los propósitos de esas bestías que acuden a Cuba con esas intenciones y no otras Y si digo todo esto es porque tras visualizar vomitivos videos publicados en internet sobre el tema en cuestión, así se demuestra.

El primer destino al pisar tierras cubanas fue La Habana, donde estuve paseando, deambulando, perdiéndome, a conciencia, por sus calles, viendo y viviendo el ambiente bullanguero en el centro de la Habana Vieja donde se puede contemplar una bella arquitectura colonial española; edificios de aquella época que, a duras penas, aún se mantienen en pie pero cada vez más y más deteriorados, derrumbándose lentamente ante la rabia y la impotente mirada de cuantos contemplan, como la de éste que suscribe, esa artesanal edificación cargada de historia y simbolismo. Uno de esos días lo dediqué exclusivamente a disfrutar de esa icónica zona como es el Malecón, caminando cual vagamundo sin máscompaña que ese cálido clima habanero que proporcionaba un sol radiante, paralelamente a su balaustrada que marca esa línea mural entre el mar y la tierra firme, hasta la altura del emblemático Hotel Nacional donde hice una parada para adentrarme en el interior de este histórico edificio; un recorrido de casi siete kilómetros que recomiendo a quienes tenga la suerte alguna vez de visitar esta gran ciudad ciudad, que lo es.

Ya de vuelta al Hotel Parque Central, muy cerca al capitolio, donde estuve alojado durante mi estancia en la capital cubana, regresé de nuevo caminando, pero en esta ocasión adentrándome por barrios y calles de esta encantadora urbe. Y por ese deambular hasta llegar a mi alojamiento fui descubriendo esa autentica Habana tan distinta y tan distante a nuestra privilegiada forma de vida donde predomina esa exuberancia con la que allí (Cuba) sueñan, en la que escasea muchos los alimentos y productos más básicos de primera necesidad. Por lo que no hace falta explicar ni entrar en detalles (…) de cómo se la tienen que ingeniar ante la llegada de un turista para paliar esa situación.

Y en cuanto a la gastronomía cubana, predomina una clara reminiscencia de la cocina mediterránea gracias a la huella culinaria que fueron dejando en la isla italianos, franceses, griegos, etcétera y principalmente españoles.  Fusionada con la dieta atlántica, al ser este océano –el Atlántico– el que baña el Este de Cuba. Por lo que la gastrómana de esta parte del mundo es una mezcolanza de diferentes influencias que le imprime esa especial forma.  Como así lo demuestra el restaurante La Guarida del que hablo en mi crónica  porque tuve el honor de ser invitado por el propietario de esta casa Enrique Núñez.

Tras esos días que estuve en La Habana completé el resto de mi estancia en el país caribeño en Varadero. Cuyo municipio es de sobra conocido como uno de los referentes turísticos más importantes del mundo con su gran infraestructura hotelera da respuesta a los miles de viajeros que acuden a este  rincón del planeta atraído por sus paradisiacas playas escrupulosamente cuidadas de mansas aguas turquesas totalmente trasparentes y arena blanca. Como pude comprobar desde el Iberostar Bella Vista, un hotel de cinco estrellas que dirige el argentino Andrés Sousa, con un sensacional equipo de auténticos profesionales; desde el máximo responsable hasta el último empleado de este establecimiento, a los que les tengo que estar muy agradecido por las múltiples atenciones y muestra de amabilidad que todo el personal me mostraron en todo momento, lo cual contribuyó sobremanera a que mi estancia allí fuera aún más, si cabe, placentera.

 

 

 

 

 

 

 

 

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