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Miércoles 25/05/2022  

Desde la Bahía

El corazón sin encanto

El motor de la vida, el corazón, era el centro donde se congregaban todas nuestras emociones

Publicado: 16/01/2022 ·
21:47
· Actualizado: 16/01/2022 · 21:47
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Autor

José Chamorro López

José Chamorro López es un médico especialista en Medicina Interna radicado en San Fernando

Desde la Bahía

El blog Desde la Bahía trata todo tipo de temas de actualidad desde una óptica humanista

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Cuando en la escuela se enseñaba, creyendo en lo enseñado, aprendí del catecismo que eran bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verían a Dios.

Cuando un hombre enamoraba a una mujer y ella se entregaba totalmente en sus brazos, los demás decíamos, le ha robado el corazón.

Cuando el amor sufría de indiferencia o abandono, cuando nos rodeaba de forma disneizante la tristeza y el dolor, decíamos que a aquellas personas que así se encontraban les habían partido el corazón.

Decimos del malvado, que no tiene corazón y del virtuoso que es persona de buen corazón. Los etcéteras, son múltiples. El corazón de Jesús ocupa el cetro de todas estas expresiones, aunque en mi ciudad loe hayan desplazado de la Casa Consistorial por los efluvios democráticos de la modernidad.

Los que ahora son abuelos trabajaron durante toda su vida con la finalidad de mantener el bienestar de la casa y conseguir reunir unos ahorros que no incidían en la Banca, sino que era muchas veces el forro del colchón de su dormitorio, quien compartía con ellos el secreto. Cuando se trasladaron a la libreta de ahorro, perdieron su encanto.

La mujer bien vestida, elegante y dejando insinuar la belleza que el traje cubría, enamoraba. La desnudez actual, que por todas partes se prodiga, induce al deseo y está en las antípodas del encanto.

La ciencia da un paso de gigante, penetra con sus “aparatos” la atmosfera, la deja atrás, camina por el universo y posa sus pies en la luna. Pierde ésta el deleite y la persuasión que el poeta tenía depositado en ella para transformarse de la noche a la mañana en roca estéril y amorfa, sin siquiera luz propia y sin metáfora que le devuelva el encanto. Algo así decía Voltaire: Las cosas cuando se descubren totalmente pierden su encanto.

El motor de la vida, el corazón, era el centro donde se congregaban todas nuestras emociones. La inteligencia no tenía acceso a sus compartimentos, cuya mejor llave la poseía el amor.

La ciencia no es el “caballo de Atila” pero utiliza la fuerza del saber para conquistar la verdad y vencer al mito o el desconocimiento. Este empecinamiento la ha llevado a la cognición de la anatomía y fisiología cardiaca, al electrocardiograma, el ecocardiograma, las prótesis valvulares, los marcapasos, los cateterismos, los stens y a la cirugía de la víscera. Los cimientos espirituales de sus más sublimes acciones comienzan a tambalearse. Un día la humanidad atónita y maravillada conoce que el corazón de una persona fallecida en accidente, ha ido a parar a la cavidad torácica de otro individuo que lo precisaba para continuar con vida y que el trasplante de dicha víscera no ha alterado para nada ninguno de los comportamientos vitales del receptor. Ahora no solo se resiente la poesía, también lo hacen las creencias divinas y humanas y la confianza que el amor tenía depositada en aquella flecha de Cupido que con sensibilidad de caricia le atravesaba su corazón.

Pero siempre hay un más allá y nunca un fin y en estos días hemos conocido la noticia de que un corazón de animal, de un cerdo, ha sido trasplantado a un ser humano, con un completo éxito inicial.

Ahora no se trata de la pérdida de encanto, sino de la abolición del mismo. El corazón que hasta ahora sentía que en alguna ocasión tenía que dejar su hueco libre, para que lo ocupara un inquilino, ahora ve que también puede hacerlo “un okupa”, un tejido que no respeta la inviolabilidad humana.

La RAE precisa una reunión urgente para poner banda y medalla a la palabra cerdo, hasta ahora tan denostada y el ser humano pensante y sensato siente escalofrío existencial ante la posibilidad que en el futuro pueda incluso trasplantarse la corteza cerebral y entonces asistiríamos a una duplicidad humana, que glorificaría para siempre la soberbia del vivir.

La familia se ha modificado. El perro se ha convertido en el rey de la casa. El gato es el príncipe. El cerdo pasa ahora a ocupar el sillón principal protegido y venerado. Y el encanto queda solamente en la madre y el padre, que humildemente, con amor y trabajo, consiguen la estabilidad económica y familiar del hogar y no han tenido tiempo de plantearse ninguna interrogante ante los avances de estos descubrimientos y progresismos.

 

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