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Viernes, 16/11/2018

Sala 3

Ready Player one

Steven Spielberg es un maestro del entretenimiento. Su cine aúna dos vertientes temáticas fácilmente identificables

  • Ready Player one.

Steven Spielberg es un maestro del entretenimiento. Su cine aúna dos vertientes temáticas fácilmente identificables. Por un lado, aborda el cine de aventuras como una oportunidad de evasión total de la rutinaria realidad; por otro, el humanismo palpitante de sus relatos esconde fieles y mordaces reflejos del contexto sociocultural adyacente a toda su filmografía.Se trata de un cine deliberadamente escapista que, sin embargo, no cesa de arrojar al espectador imágenes indisociables de la realidad que lo envuelve y sistematiza su vida.

En Ready Player One (2018), Spielberg vuelve a crear una de esas ventanas rectangulares a las que nos asomamos, entusiasmados, a contemplar un fascinante mundo no tan alejado del nuestro.

Ready Player One (2018), basada en la novela homónima de Ernest Cline, está ambientada en el año 2045 y su historia se centra en Oasis, una utopía virtual que aúna toda la cultura popular de los años 80.

Su creador, un fanático del mundo “geek” llamado Halliday (Mark Ryalance), ocultó en el videojuego un huevo de pascua justo antes de fallecer, invitando a los jugadores a encontrarlo para hacerse con el control total de Oasis.

En la cinta, la realidad virtual trasciende su condición de mero entretenimiento para convertirse en salvoconducto de una sociedad hastiada, que busca con ahínco la añoranza de una época mejor, y que gasta tiempo y ahorros absorbida en un mundo saturado de referencias basadas en la nostalgia. Steven Spielberg, narrador experimentado, construye su relato sobre la base de tres actos perfectamente diferenciables, encajando cada uno de ellos  —planteamiento, nudo y desenlace— con las tres pruebas que acercan a los jugadores al codiciado huevo de pascua.

En la primera parte del relato destaca el uso de la voz en off para poner en contexto al espectador, incluso se percibe cierto abuso de la misma, pero la abrumadora cantidad de información que recibimos en nuestra primera visita a Oasis se compensa con una estupenda inmersión en la mejor recreación de un videojuego que jamás se ha realizado hasta la fecha.

La maestría con la que Spielberg asocia ritmo, cámara y montaje, nos arroja hacia el tercer acto sin que sintamos haber pestañeado a lo largo de sus más de dos horas de duración, regalándonos un clímax final digno de las mejores aventuras concebidas por el director norteamericano.

El contrapunto a todo el entusiasmo provocado por la vuelta a las andadas de uno de los directores más influyentes del siglo surge cuando la vertiente escapista del relato se disgrega de su parte humanista, dejando en evidencia un guion que sufre al dotar a sus protagonistas del calado emocional que demanda el desarrollo de la historia.

Más allá del plano individual, la película sí plantea cuestiones interesantes acerca del apetito empresarial y su deseo de controlar y quebrantar la creación de un visionario fantaseador pasándola por el filtro del neoliberalismo, a la que se opondrán los jugadores, nostálgicos empedernidos, incapaces de sobrevivir a su insostenible realidad actual sin su dosis diaria de evasión autocomplaciente.

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