Zuckerberg y el capitán Renault

Publicado: 24/03/2018
Autor

Abraham Ceballos

Abraham Ceballos es director de Viva Jerez y coordinador de 7 Televisión Jerez. Periodista y crítico de cine

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Facebook sigue abierto como si no fuera con ellos: han considerado suficiente castigo las pérdidas acumuladas en Wall Street
En un episodio de la serie Lois y Clark, Supermán se enfrenta a un nuevo y maquiavélico enemigo -si son humanos, suelen serlo- que ha descubierto la fórmula para influir en la mente de todos los ciudadanos de Metrópolis mediante una frecuencia de ultrasonido desde la que les lanza mensajes subliminales. El tipo no tiene unos grandes almacenes, ni es dueño de una tabacalera o de una destilería; no busca consumidores con su método, solo quiere convertirse en el alcalde de la ciudad, y a través de su código invisible consigue el respaldo mayoritario de los votantes en las urnas. 

Pese a tan improbable sistema, dudo que no haya alcaldes y hasta presidentes, o candidatos a serlo, que hayan fantaseado en alguna ocasión con un método de ese tipo para tener que evitarse noches sin dormir y cumplir su sueño; es decir, ganar a toda costa. Y si no lo han hecho ellos, seguro que sí lo han hecho sus asesores y palmeros.

Lo que no podíamos imaginar es que pasar de la ficción de Supermán a una fantasía personal -¿la de Trump?, por ejemplo- y, de ahí, a la realidad, pudiera ser posible. Ha sido, por supuesto, a costa de nuestra propia penitencia -a fin de cuentas lo sufrimos todos-, víctimas de esa cada vez más insufrible adicción a las redes sociales, como si no hubiera más mundo que el que percibimos a través de la pantalla de un móvil, una táblet o un ordenador.

Al menos, podemos estar de acuerdo en que en ese mundo, el nuestro, no existe Clark Kent; sí los personajes maquiavélicos, pero también, por fortuna, periodistas como los del Times o The observer, que han sido los encargados de destapar la fuga masiva de datos de 50 millones de usuarios de Facebook que, presuntamente, una consultora con nombre de corporación elitista, Cambridge Analytica, pudo utilizar para influir en la campaña electoral norteamericana en favor de Donald Trump y, supuestamente, también en el referéndum británico sobre el Brexit.

Las miradas acusadoras, en cualquier caso, se han dirigido inmediatamente hacia la red social por su “catastrófico fallo de procedimiento”: ¿Cómo es posible que se haya accedido a los datos de 50 millones de usuarios a partir del consentimiento de solo 270.000 que habían compartido los suyos para un programa académico?

La compañía de Mark Zuckerberg ha dicho estar “escandalizada” tras haber sido “engañada” por el uso indebido de datos de sus usuarios. En realidad se han puesto a la altura del Capitán Renault, cuando con pose agraviada le recriminaba a Rick en Casablanca “qué escándalo, he descubierto que aquí se juega”, al tiempo que recibía de un croupier su comisión por las ganancias de la noche. A diferencia de Renault, que cerró el local, Facebook sigue abierto como si no fuera con ellos: han considerado suficiente castigo las pérdidas acumuladas en Wall Street.

 Tampoco nos engañemos; la compañía de Zuckerberg no deja de ser el tonto útil de esta historia. Los malos son los que han accedido a los perfiles de los usuarios para ajustar los mensajes a las tendencias emocionales de cada uno de ellos a través de la creación de perfiles psicográficos que tenían en cuenta su tendencia del voto. Es cierto, suena a ficción; incluso hay quien duda de la verdadera eficacia del entramado algorítmico que sustenta su teoría, pero si la vinculamos al creciente predominio de las fake news y al hecho de que los directores de campaña de Trump siempre presumieron de haber ganado las elecciones gracias a Facebook, no queda más que una provisional rendición.

Hasta aquí los hechos, a la espera de las consecuencias, pero falta un punto de vista más, el de los propios usuarios de las redes sociales, y hasta de internet, una vez prostituidas sus candorosas intenciones iniciales. Tal vez sea lo más duro: mirarse en el espejo de la contradicción, en el del exhibicionismo gratuito, en el de la globalización interesada y la contaminación insospechada. Demasiados adjetivos para ser escupidos a la vez desde un mismo espejo. Somos víctimas, sí, pero también cooperadores, involuntarios o no.

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