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Actualizado: 13:38 CET
Lunes, 23/04/2018

El bosque no deja ver los árboles

El bulto nos impide ver los rasgos, y han conseguido que distingamos solo el muro sin apreciar todos y cada uno de los ladrillos

Nos hemos acostumbrado a un peligroso consumo a granel de la existencia, a una valoración de los sentimientos en bruto que nos está conduciendo a la deshumanización, a un abismo insondable que, con todo, no nos es desconocido, por paradójico o incongruente que pueda resultar. Si la vida crece entre los matices, parece que nos gusta más estar muertos o ausentes (que para el caso…), que realmente ponderar y entrenar nuestra capacidad de apreciar y de rendir culto a las pequeñas cosas; tal vez, porque vivimos tiempos en los que éstas se confunden con las nimiedades, y nada más opuesto hay que unas y otras. Desde que nos ha dado por vestir el alma, casi tanto como el cuerpo, no aprendemos, porque ni el calor, ni el frío, ni la humedad, ni la brisa, ni la lluvia, ni el seco nos la hacen estremecer, y así, nos hemos hecho simplemente a que esté cómoda, aunque sea sin latido, dentro de esa caverna en la que solo puede apreciar las sombras. Es como esos niños que tienen deficiencias inmunológicas porque vivieron de bebés rodeados de una enfermiza obsesión por la esterilización y la limpieza que les ha impedido desarrollarse como deben. 

El bulto nos impide ver los rasgos, y han conseguido que distingamos solo el muro sin apreciar todos y cada uno de los ladrillos. Todo más fácil, todo más llevadero, todo más higiénico. Es como cuando te acostumbras a ver la muerte en directo, a cámara lenta si hace falta, con grises por los lados, para que apreciemos mucho mejor la imagen principal, que no somos entonces capaces de reparar en que cada viva es única. Y que cada pérdida es una ofensa, cuando no se ha hecho todo lo suficiente por conservarla.
Así es todo más sencillo, qué duda cabe, pero se trata de vivir sin detenerse a reflexionarlo, que, como todo fluye, es vano intento querer retenerlo; así nos susurra una voz dulce y tranquilizadora, ecualizada en tonos suaves. Y nos dejamos convencer, siempre, porque vivir atentos cansa, porque estar pendiente de los detalles es tan complicado y da dolor de cabeza; porque  trazar líneas diferentes, supone un esfuerzo que casi nadie está dispuesto a realizar, cuando nos han construido autopistas de tres carriles por las que transitar sin apreciar ni el más mínimo detalle del paisaje.

Y entonces se produce lo que nos está ocurriendo con la guerra que asola Siria. Al principio, veíamos sólo el conflicto bélico y su magnitud, así, en bruto, no nos dejo apreciar el drama de los refugiados; después, hemos analizado éste con detalle, nos hemos horrorizado (aunque no ha servido para que actuemos, pero esto ya es otra historia) y con ello, nos habíamos olvidado de la amplitud de la crueldad de la devastación que sufren en ese rincón del mundo. Ya sabemos, es más gratificante ver la esfera del globo terráqueo con sus azules y sus marrones, que pararnos a pensar qué hay en cada cuadrado de ella.

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