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Sábado, 06/06/2020

El jardín de Bomarzo

La estatua del jardín

Publicado: 22/04/2020 ·
13:01
Actualizado: 22/04/2020 · 13:01

Pasan los días y lo que comenzó como hecho insólito y derivó raudo en humor múltiple va mutando en hastío

  • El jardín de Bomarzo.

"Esperando un eclipse me quedaré, persiguiendo un enigma al compás de las horas, dibujando una elipse me quedaré, entre el sol y mi corazón". Santiago Auserón.

Pasan los días y lo que comenzó como hecho insólito y derivó raudo en humor múltiple va mutando en hastío, brotes depresivos, incertidumbre por cuanto sabemos poco y el futuro tras el encierro se dibuja tétrico y para paliar este conjunto de sensaciones fatales en poco contribuye el mensaje de políticos que parecen inmersos en una carrera de autos locos, cada uno a lo suyo y chocándose. Solo que sin gracia. Reflexionas y en realidad no sabes si cada día, repetidos a lo marmota Phil anunciando el equinoccio de primavera, son uno más en la cuenta o uno menos de la penitencia de una condena a la humanidad pecadora. Darle un pase a la depresión no es sencillo cuando apenas hay asideras a las que agarrarse y uno se entretiene canturreando bajito aquí sentado, en la penumbra de un jardín tan extraño, donde cada tarde olvida tomar una determinación pensando, quizás, en cómo Auserón compuso este poderoso himno que hoy me sirve para hilvanar una tarde de aburrimiento y, dicen, colocado hasta las cejas ensoñó una estatua que cobraba vida en un jardín botánico para explorar un mundo irreal en el que dentro de cada estanque había nuevos estanques y nuevos jardines. Muchos jardines. Y persiguiendo un enigma al compás de las horas me cuestiono en qué momento se jodió el Perú, como apuntaba Vargas Llosa en Conversaciones en la Catedral. Y cuándo nuestro plácido mundo de colores mutó en este de futuro gris plomo donde a uno le apetece casi no encajar; a la espera, un día más, me quedaré sentado aquí, en la penumbra.  

El poder de las emociones es una estrategia publicitaria de éxito seguro, sólo debemos recordar anuncios antiguos y, no falla, saltan aquellos que tenían un fuerte componente emocional. Desde la antigüedad, todos los autores que han analizado el arte de hacer política han abordado la estrategia de remover las emociones del pueblo, infundir el miedo a lo que el oponente nos traerá si gobierna o crear descontento e incluso ira contra el gobernante para derrocarlo, todas ellas formas de manipular usadas a lo largo de la historia por políticos sin escrúpulos. Aristóteles en su Retórica ya decía que el orador debe ser conocedor de las pasiones humanas y puede despertar un estado de ánimo propicio para que su mensaje cale y no encuentre resistencia, mientras que Stevenson mantenía que las emociones son protagonistas a la hora de modificar conductas y actitudes, que es lo que en última instancia busca el político para conseguir adeptos o crear fobia contra el oponente. Los politólogos Donald Green, Bradley Palmquist y Schickler aseguran que las afinidades ideológicas tienen más que ver con las emociones de los ciudadanos que con la razón. Según analistas, en esta línea se sitúa el éxito de Felipe González, que en el mismo XXIII Congreso de las Juventudes Socialistas explicó las claves para ejercer el liderazgo: "El socialismo es, sobre todo, un sentimiento, y no es y no debe ser una construcción ideológica. Para liderar el cambio es imprescindible hacerse cargo del estado de ánimo de los otros". Y en este sentido, González usó las emociones positivas, la esperanza, el optimismo, el deseo del cambio, animó a un pueblo que llevaba pocos años despertándose. 

El miedo es la emoción que más rédito ofrece a quienes quieren manipular a un pueblo para someterlo o cambiar el rumbo de los apoyos políticos. Cicerón consciente de que el miedo es un arma poderosa lo utilizó contra el tribuno de la plebe Rulo, argumentando que ponía en peligro la República y provocaría la vuelta de la monarquía, amenazando con perder el statu quo y traer al pueblo limitaciones de libertad. El filósofo Jean­ Paul Sartre explicaba que la ira y el miedo se presentan como emociones muy eficaces a la hora de ejercer control o manipular a la población. El miedo fue usado por el nazismo para subyugar a los ciudadanos: Goebbels lo tenía claro cuando dijo "muchos tienen un precio y los otros, miedo". Del mismo modo, fomentar el enfado y la ira del pueblo, tanto para crear rechazo hacia colectivos como animadversión contra el gobernante, son estrategias políticas y de dominación que provocan un pueblo atemorizado, indignado y, en general, cabreado. Busch se aprovechó del miedo derivado del atentado de las torres gemelas para conseguir el apoyo del pueblo a la guerra de Irak y revalidar de paso su presidencia; Obama llegó a la Casa Blanca gracias a alimentar en los colectivos minoritarios la ira contra los republicanos.

Los bulos y fakes news difundidos a través de las redes se presentan como el arma moderna para conseguir manipular el estado de opinión de los ciudadanos. En este jardín hoy botánico, y perdón por la auto-cita, hace bastante se poda advirtiendo del hecho -La hora de maldita, por ejemplo-. Quienes lo han sufrido en su pellejo saben lo que es sentir la impotencia de un sistema legal y judicial que no protege de las injurias o mentiras difundidas sobre su persona porque el paraguas de la libertad de expresión parece que lo permite todo. Pero cuando los bulos se presentan de forma masiva y estratégicamente diseñados, dirigidos a utilizar las emociones del pueblo, a crearles miedo, ira y desesperación, estamos ante una estrategia política que sólo se desactiva utilizando el análisis, la comprobación, la sensatez y el raciocinio. Lo cual se presenta difícil en una situación como la que vivimos de confinamiento, temor a un virus desconocido, preocupación por la crisis económica y hartazgo de vivir entre cuatro paredes, lo que nos sitúa en una posición psicológica muy proclive a sentir miedo, desánimo, indignación e ira contra quienes nos presentan en bandeja como culpables de la situación y, de paso, abunda en la tradicional división de España en dos bandos y que tan desafortunada es en un momento que justamente necesitamos lo contrario, que es unidad y ánimo.

Bien es cierto que las situaciones de crisis como la actual son el perejil que necesita el aspirante a tirano para acondicionar el sofrito a su gusto y ante eso hay que estar especialmente precavidos, atentos, porque una sociedad temerosa como la actual, confinada, dependiente de todo para su sustento, es débil y en consecuencia apta a ser moldeada por quienes de pronto saborean las mieles del poder absoluto. Ya lo anunció Pablo Iglesias en un mitin en 2016 ante sus fieles cuando espetó aquello de "debemos politizar el dolor" y es ahora con el virus y la crisis de pánico cuando la formación morada encuentra la cacerola adecuada para cocinar su agenda económica, de hecho no en vano promulgó la división en plena crisis sanitaria contra la monarquía antes de asegurar que "en tiempos de crisis y combate se toma conciencia del valor de lo común" quizás por aquello, entiende, de que este virus "no entiende de territorios pero sí de clases sociales". Todo lo suyo es un canto a lo mismo y es ahora cuando más acomodo encuentra su discurso, como por ejemplo con la aprobación de la renta mínima vital con la que Iglesias quiere cautivar a diez millones de votos y dar forma a esa ensoñación personal de poner sueldo y, con él, rienda corta al pueblo.

Al otro extremo, y dándose la mano está VOX, ese partido que junto al PP ha sabido quitarle a la izquierda el control mayoritario que antes tenían de las redes sociales. La derecha aprendió la lección y Vox se ha hecho dueña invirtiendo ahí todo su potencial, saltando el cerco que los medios de comunicación tradicionales le hicieron a la formación de Abascal. Vox ha encontrado un obstáculo en la limitación de mensajes de washapp para propagar sus bulos y, por ello, impulsan su canal de telegram donde con más de 30.000 usuarios lanzan metralla sin control. Una de sus manipulaciones estrellas es aquella de la Gran Vía retocada con cientos de ataúdes que, sin pudor, han divulgado de manera excelsa por todo el mundo, lesionando la imagen de España, ahondando en la depresión de los ciudadanos, mintiendo descabelladamente.

Es un riego, cómo no, que la pandemia sea usada para justificar las ambiciones autoritarias y que los derechos civiles sean lesionados por medidas extremas. En Hungría, a causa del virus, se ha anulado prácticamente el estado de derecho y la prórroga del estado de excepción transforma al parlamento en nada, por ello hay que estar especialmente atentos e impedir que aprovechando esta situación extrema se establezcan a largo plazo métodos totalitarios relativos a la extracción de datos personales, de vigilancia tanto digital a través de códigos como absoluta por cámaras para determinar con exactitud dónde estás, qué haces, a qué hora, en definitiva de esa represión que puede instalarse en nuestra vida oculta bajo la sombra del miedo. No hay que confundirse, según relatan expertos no es lo mismo controlar perfiles anónimos de movimiento que permitan controlar los patrones del contagio a que las autoridades tengan datos que les permitan perseguir a los ciudadanos; una cosa es el control para una mayor eficacia de esta lucha sanitaria, otra distinta es dejar de ser libres y ante ello hay que exigir transparencia absoluta. En la comparecencia del general de la Guardia Civil con la frase histórica sobre actuaciones del cuerpo para "minimizar las críticas contra el gobierno" seguramente quiso decir otra cosa -pese a que lo estaba leyendo-, pero lo que trasladó forma parte de un todo con un tic de fondo feo, muy feo. Inquietante como lo es, también, los cientos de perfiles falsos repentinamente creados y que investiga facebook que, de pronto, comentan en masa la buena gestión del ministerio de Sanidad. Y ese tic feo, muy feo, sobre cómo empezó censurando las preguntas incómodas en rueda de prensa que ha tenido que modificar sobre la marcha ante la presión de medios y de ciudadanos.

A Pedro Sánchez tampoco le queda tiempo para comparecer en el Congreso pese a que la actividad política no está en suspenso, que es el órgano fiscalizador que representa a todos los españoles, y se basta con hacerlo en largas ruedas de prensa como si con eso fuese suficiente. Como tampoco comparece en el Parlamento el presidente andaluz Moreno Bonilla, que tras la presión ha cedido a hacerlo frente a una veintena de diputados en la diputación permanente. ¿Los motivos? Pues seguramente tanto unos como otros no quieren interpelaciones incómodas sobre gestión de crisis, compra de materiales, test y falta de prevención con las cámaras en directo y el país, confinado, pendiente a sus respuestas. Los dirigentes del PP lanzan bulos contra el gobierno al tiempo que prometen lealtad en público en una estrategia clara que pretende desgastar al Gobierno colapsando de odio las redes sociales.

No hay máster para actuar sobre el virus, aunque la historia de la humanidad nos demuestre que nada de todo esto es nuevo y que ante esta posibilidad los gobernantes seguramente han querido mirar hacia otro lado mientras no tenían el problema. Tal que ahora hacen con el cambio climático y tras un desastre natural de envergadura provocada por él tampoco podremos decir que es algo nuevo, no lo es. Pero lo fundamental es que lo que los ciudadanos necesitamos ahora: políticos, gobernantes y medios de comunicación que construyan con base, creando un estado psicológico en positivo, de ánimo, confianza y esperanza y no ser rehenes de confrontaciones o aspiraciones políticas. Y poner un cordón sanitario serio al bulo y a quien lo promueve.

El cambio que se anunció con la llegada de este siglo se ha retrasado veinte años porque ya casi nada va a ser igual que antes de la llegada del bicho. Sería inteligente aprender, analizar, reflexionar y tomar buena nota. Y esto debemos hacer también sobre el mal uso de la libertad de expresión porque nuestra libertad personal está seriamente amenazada  mientras que las leyes, y sobre todo los jueces, no penalicen el uso de bulos anónimos bajo la excusa de que somos libres para difundir lo que nos venga en gana a sabiendas de que es una mentira deliberada con el único fin de dañar a personas, gente del mundo del arte, medios, políticos, gobiernos, instituciones y, aún peor, manipular las mentes y las emociones de los ciudadanos de forma generalizada para redirigir su pensamiento. Una democracia nunca podrá ser tal si se consigue dominar las emociones y las mentes a base de bulos, erigiéndose el derecho fundamental de la libertad de expresión como el hacha del verdugo de nuestra libertad de opinión.

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