Actualizado: 13:59 CET
Jueves, 20/06/2019
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A Salvador Aleu Zuazo

Los locos, quizás por estar mal de la cabeza, tenemos otros sentidos un poco más desarrollados. Por eso, cuando recibimos noticias tristes, también nos apenamos y lloramos de dolor. No suelo leer las esquelas, pero el domingo a mediodía me di con ella de frente. Ha muerto Salvador Aleu. Y me ha llegado al mismo corazón.
Yo lo admiraba por muchos motivos, sobre todo por aquella imagen que me convencía de tener delante a un hombre de bien, por aquella serenidad responsable que sabía transmitir y por lo entrañable de su presencia y de su conversación. Hombre de palabras medidas y sin altibajos, sencillo y convincente.
Sabía más que nadie de Camarón de La Isla. Conocía perfectamente a José Monje y al Camarón, dos seres unidos en una misma persona, pero radicalmente diferentes el uno del otro. Me contaba que había ido con el Camarón a muchos tablaos y que había compartido con él mucha carretera y muchas horas. Admiraba la orquesta filarmónica que anidaba en su garganta. Se señalaba la nuez, encogía los ojos, apretaba los labios y decía: Camarón tenía aquí una orquesta completa. También se lamentaba de los defectos de José Monje y los comentaba con esa infinita comprensión que es propia de hombres pacientes y cabales. Quizás por todo esto nunca quiso escribir sobre Camarón y sin embargo hubiera sido muy fácil para él por el completo conocimiento que tenía del monstruo del cante. Quizás pudo más el cariño a la persona que todo lo demás.
Muchos cañaíllas no saben de su vida, pero deben conocer que Salvador estuvo un tiempo al frente de la Tertulia Flamenca y allí vio nacer figuras como Sara Baras y la Niña Pastori, por mencionar a dos cañaíllas de renombre mundial y muy nuestras.
Cuando leí su obra "Flamencos de La Isla en el recuerdo", me sorprendí mucho de ver allí caras conocidas de siempre, rostros de hombres a los que conocía desde mi niñez, cuando la Plaza era un hervidero de flamencos desconocidos y sin nombre. Hasta que Salvador los valoró y los sacó a flote, que para eso se llamaba Salvador. Más tarde escribió "El Chato de La Isla entre la vida y el cante". Le escribí un tango, que aparece en este libro, dedicado al Chato, cosa que le agradecí. Alguna vez pasaba por la Peña Colorín-Colorao y a mí me gustaba su conversación y su forma de ser.
Pasó el tiempo y dejé de verlo. Me prometí mil veces llamarlo, verlo…Pero esta cabeza mía me va a dar un disgusto cualquier día de éstos. Ni lo llamé, ni lo vi. Lo siento de veras. Un buen día desapareció de la escena pública y ya no supe más de él hasta el mediodía del maldito domingo en que su nombre saltó desde la esquela hasta mi vista y hasta lo más profundo de mi corazón. Y además me enteré demasiado tarde como para ir a su entierro. Este loco no quiere que nadie piense que Salvador ha pasado por la vida sin pena ni gloria. Ha pasado con mucha gloria y dejando un reguero de amigos y admiradores. La Isla ha perdido a un hombre en la mayor extensión e intensidad de la palabra. La mayoría de aquellos humildes cantaores, cuya memoria perpetuó en su obra, lo habrán recibido con júbilo y con unos cantecitos de agradecimiento.

El lunes me llamó Joaquín Samper, antiguo director del antiguo Pryca, hoy Carrefour, con el que guardaba una buena amistad, para decirme que por qué no se lo había dicho antes. Me insistió en que de alguna manera quería hacer llegar a la familia, a la que no conocía, personalmente su profundo sentimiento de dolor. Aquí queda expresado su sincero mensaje. Y por mi parte dejar constancia en Información de que La Isla ha perdido a un señor y este loco ha perdido a un señor y a un amigo.

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