Actualizado: 18:20 CET
Sábado, 25/05/2019

Velázquez y la Orden de Santiago

Una de las muchas pinturas, orgullo de la pinacoteca más importante del Mundo, el Museo del Prado, es un lienzo de proporciones descomunales en el que las figuras están pintadas a tamaño real y que llevaba por título La Familia de Felipe IV.



Con ese nombre no es ahora conocido pero así figura en todos los inventarios de los palacios en donde estuvo expuesto y no es hasta 1843 cuando figura en el Museo del Prado con el nombre por el que se le conoce actualmente: Las Meninas.

Todo el mundo sabe que este cuadro es una de las más importantes obras de la pintura universal y no faltará quien diga que es la mejor pintura que jamás haya salido de artista alguno.

Su autor es Diego Rodríguez da Silva Velázquez, nacido en Sevilla en el año 1599. Su padre era de ascendencia portuguesa y su madre sevillana. Siguiendo la costumbre de la época, adoptó el apellido materno por el que fue mundialmente conocido.

En el cuadro, según dicen los estudiosos y entendidos en pintura, se compendia, como si de una enciclopedia se tratara, todo lo que se puede saber sobre pintura.

No se conoce con mucho detalle la fecha en que fue pintado, ni cuanto tiempo invirtió su autor en terminarlo, pero algunos datos ayudan a hacer una datación bastante certera.

La figura principal, colocada en el centro de la tela, es la Infanta Margarita de Austria, que representa unos cinco años y que por saberse que nació el 12 de julio de 1651, se piensa que el cuadro debió pintarse sobre el año 1656. Tampoco tiene firma, pero eso fue porque no le hacía falta. Velázquez firmó con su autorretrato.

A la vista del cuadro, se piensa que eran las niñas (meninas en portugués) el objeto del mismo, pero una observación más detallada nos refleja muchas cosas más.

El pintor se encuentra tras un enorme lienzo, en el que se aprecia que está trabajando y dirige la vista hacia el objeto que está pintando que parece quedar en el anonimato, pero un espejo colocado al fondo de la habitación nos desvela el misterio.

Dos personas aparecen en la imagen que el espejo devuelve al espectador y estas personas son el rey, Felipe IV y su esposa Mariana de Austria.

Muchas cosas más transmite esta pintura al espectador pero de entre todas ellas, yo me quedo con la más enigmática de todas: el autor.

Si se observa el cuadro con detenimiento, no cabe duda de que Velázquez se ha querido favorecer a sí mismo, pues en el momento de pintarlo debía tener cincuenta y siete años, edad avanzada para la época, aunque en la pintura se ve a un hombre mucho más joven y apuesto, elegantemente vestido de negro y sobre cuyo pecho luce para que todos la vean, la Cruz de Santiago, una de las cuatro Ordenes Militares y quizás la más prestigiosa de todas.

Si leemos un tratado de heráldica, describirá la Cruz de Santiago como Cruz de Gules –que quiere decir rojo intenso-, simulando una espada, con sus dos brazos y la empuñadura terminados en flor de lis que representa el honor sin mancha.

Con muchos más aderezos propios del protocolo de la heráldica, la Cruz de Santiago es la emblemática figura que los monjes-soldados lucían en sus capas blancas y estandartes y en el pecho.

Ingresar en la Orden militar de Santiago no era cosa sencilla, es más, la cosa era bastante complicada porque había que demostrar sin ningún género de dudas que se poseía limpieza de sangre. No valía ser converso, aunque lo fuera por muchas generaciones; la condición de cristiano viejo tenía que quedar claramente demostrada. Además, había de presentarse un linaje de hidalgo por la sangre o fuero, no por privilegio, como muchos adquirían la hidalguía; y por último, demostrar que no se subsistía gracias al trabajo de las manos sino que se poseían otros recursos económicos que liberaban al aspirante de trabajar para comer.

Con esas premisas, Diego Velázquez, el pintor del rey, tuvo muy difícil el acceso a la mencionada orden.
En primer lugar su familia paterna procedía de Oporto, en Portugal, en donde no se sabía cual era exactamente la ascendencia del artista, si bien, por parte de su madre la cosa de las creencias religiosas resultaba más fácil de comprobar. Su hidalguía no constaba por parte alguna y de gozar de dicho privilegio lo sería de esa manera, por privilegio real, cosa que la orden contemplaba como excluyente.

Y, por último, lo más evidente de cuantas premisas se incumplían: un pintor ha de trabajar forzosamente con las manos para ganarse el sustento, por muy artista y pintor real que fuera y por mucho que la monarquía le tuviese en gran estima y pagase altamente sus trabajos.

Al hablar de la limpieza de sangre, es necesario detenerse un momento para explicar hasta qué punto llegaron a estar las cosas.

El primer estatuto de limpieza de sangre se dio en 1449 en la ciudad de Toledo, en donde se consideró que dado los crímenes, las herejías y las agresiones contra los cristianos viejos, los conversos eran indignos de ocupar cargos públicos en todo el territorio de la jurisdicción de los reinos de Castilla y Aragón.

La Iglesia se opuso a semejante atrocidad, pero lo cierto es que años después, el Papa Borgia, Alejandro VI, aprobó un estatuto de pureza de sangre para la Orden religiosa de San Jerónimo.

Desde entonces, los gremios, determinados estamentos sociales y las Órdenes Militares, aplicaban el precepto para admitir a nuevos miembros.

La situación llegó a ser tan desquiciante que los caballeros y personas de las altas esferas de la nobleza, acostumbraban a descubrir totalmente el brazo con el que manejaban la espada, para que se pudiera ver la claridad de su piel, sin mezclas con las pieles oscuras de los judíos o de los moros.

Esa costumbre acuño el término que desde entonces se usa para distinguir a la gente de la realeza, como de “sangre azul”, porque a través de las pieles claras se dibujaban las azuladas líneas de las venas.

Así las cosas, Velázquez fue desechado por el capítulo de la Orden de Santiago y no se concedió al pintor el ingreso en la misma.

Esto enfadó mucho al monarca que tenía a Velázquez en gran estima y se decidió a tratar el asunto directamente con el Papa.

La vinculación de la Orden con el Papado era evidente, si bien los caballeros de Santiago esgrimían sus estatutos como requisitos imprescindibles para producir el ingreso de cada nuevo caballero.

En una frase afortunada que leí recientemente sobre este caso, el rey removió “Roma con Santiago” y consiguió, por fin, que se hiciese un nuevo proceso de ingreso, al cual acudió como testigo principal, un amigo de Velázquez, también pintor, llamado Francisco de Zurbarán, famoso ya por ser un pintor netamente religioso, el cual en un malabarismo dialéctico, explicó al capítulo que ni mucho menos las manos de su amigo eran las que les daban de comer, sino que con ellas sólo hacía que expresar su arte, cosa que, por otro lado, era de público reconocimiento.

En pocas palabras venía a decir que Velázquez no era un artesano, como se consideraba en España a todos los pintores, incluido él, sino que como sucedía en otros países, como Italia, los grandes pintores eran cortesanos y por tanto no comían de sus manualidades.

Es indudable que la Orden cambió su veredicto, pero eso no fue hasta el año 1659: ¡Tres años después de haberse pintado el cuadro!

¿Cómo es posible que tres años antes el pintor supiera que le iban a declarar caballero de la Orden de Santiago?

¿Sin ostentar esa distinción, se hubiese atrevido a lucir el emblema de la Orden?

Es muy probable que no. No fue un acto de soberbia pintarse con la cruz en el pecho, ni el rey se lo hubiera permitido, pero entonces ¿cómo es que la luce de manera tan ostentosa?

La pintarían después, podrá decirse y seguro que se acierta, pero ¿quién la pintó?

Cuando se produce el nombramiento Velázquez está muy mayor, muy enfermo y próximo a su muerte, que se produce un año después. Por otro lado el cuadro se encontraba en el Real Alcázar de Madrid, al parecer en el despacho del monarca, por lo que no es fácil que el pintor pudiera haberlo actualizado con la famosa cruz.

En otra consideración, no cabe la menor duda de que la persona que añadió la cruz en rojo, sobre el fondo negro del jubón, sabía lo que estaba haciendo. Será un añadido, pero lo sabemos porque la cronología es así de intransigente, pero de la propia contemplación del cuadro no se puede desprender que estemos ante un apaño ocurrido tiempo después.

Es aquí donde la leyenda entra con su fina ironía a dar ese toque sublime que transforma lo corriente en único. Ese toque que a veces produce justamente lo contrario, pero siempre es insólito, siempre es enigmático.
¿Quién pintó la cruz sobre el pecho de Velázquez?

Dice la leyenda que enfurecido porque el reconocimiento del alto honor de pertenecer a la Orden de los Caballeros de Santiago, le hubiese llegado al pintor tan tarde que apenas pudiera disfrutarlo, el propio monarca, Felipe IV, a la sazón ya muy anciano, o al menos muy deteriorado, pintó de su propia mano la cruz roja que es el objeto del enigma.

Yo no lo sé; no estaba allí, pero por lo poco que entiendo de pintura me da la impresión de que no. Que quien pintó aquella cruz tenía mucho oficio y a menos que el propio monarca fuese un pintor consumado en sus ratos libres, no podría haber conseguido la naturalidad con que el adorno luce sobre el pecho.

La cruz la pintó Velázquez, aunque achacoso, cuando se acercó por los reales Alcázares llevando en su mano el pergamino que le acreditaba como miembro de la Orden y con el deseo de mostrárselo al rey al que a su vez quería agradecer su intervención.

El rey estaría en su despacho cuando el pintor apareció por allí a darle la buena nueva. Como dos amigos, celebraron el acontecimiento y al rey se le ocurrió una terrible venganza: “¿Porqué no fastidias a esos soberbios y te pintas la cruz en el pecho en ese cuadro de la Infanta?”

Vendría a decirle, más o menos, señalando el majestuoso cuadro y el otro, ni corto ni perezoso, abrió la caja de pinturas que siempre llevaba consigo y subido a un escabel de madera de olivo, en donde el rey apoyaba los pies en sus momentos de descanso, pintó la “cruz de gules” en su propio pecho.

Como es natural y el lector lo habrá detectado, estos últimos párrafos son una licencia que me he permitido, pero les puedo prometer que es la única que me he tomado, en este artículo y en los cien que componen esta etapa de colaboración con este querido periódico que hoy se termina.

No sé si a alguien habrá interesado lo que he escrito, yo lo he hecho con mi mejor intención y voluntad y desde estas páginas y con esta historia, me despido hasta otra nueva ocasión que, ¿quien sabe?, a lo mejor se produce.

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