La eternidad del aire

Publicado: 15/01/2018
Detrás esta antología que abarca cinco décadas al pie de la poesía hay un escritor devoto y amante de las letras, de la magia que encierra el lenguaje
En 2010, Jorge Urrutia daba a la luz “De una edad tal vez nunca vivida”, un volumen de memorias donde el autor madrileño hacía balance sincero y emotivo de su infancia. En aquel álbum del ayer, anotaba: ”Comprendí que la importancia radica en la escritura, en la posibilidad de hacer mía, siquiera por una vez, la palabra”. Y, más tarde, añadía: “Miro mis estanterías y puedo rehacer mi vida en un instante, recordar el lugar originario de cada libro, el olor de cada librería, la emoción de cada esquina vuelta para descubrir las casas de Kafka, las alfombras de Hugo, la cocina de Barrie o los patios de Juan Ramón.

    Ahora, al hilo de la edición de “Será presente lo que ya es pasado” (Salto de Página. Madrid, 2017), he recordado aquellas palabras. Porque detrás esta antología que abarca cinco décadas al pie de la poesía (1966 -2016), hay un escritor devoto y amante de las letras, de la magia que encierra el lenguaje.Son, como digo, cincuenta años dedicados a la enseñanza, a las humanidades y en donde la lírica ha ocupado lugar destacado.

En 1968, Urrutia editaba en la colección venezolana Lírica Hispana, “Lágrimas saladas”. Desde entonces, y con el sosiego propio de quien sabe que la poesía necesita respiro y hondura, sus libros han ido sucediéndose de forma espaciada. Una decena de volúmenes, al cabo, de los cuales tiene ahora el lector ante sí una atractiva  muestra.

     En su revelador prefacio, Consuelo Triviño Anzola señala las claves más notorias del poeta. Y, a modo de conclusión, anota: “Esta antología señala los pasos de una travesía que comienza como una aventura hacia lo desconocido y a lo largo de un camino que nos ofrece hallazgos imprevistos”.

De tales hallazgos van quedando sugestivas huellas a lo largo y ancho de estas páginas, en las cuales Jorge Urrutia concreta de forma personal la exaltación humana de su propio acontecer. En la semántica de su decir, en la disposición estructural de los versos, en la caracterización de su  temática…, hay un constante afán renovador, una objetivación identitaria que refundala totalidad de sus textos. Voluntad y razón juegan un papel destacado y ayudan a sostener un discurso cargado de tensión orgánica y dinámica. El sujeto lírico separa su dimensión ulterior y unifica su mensaje hasta alcanzar mayor conexión frente al lector. De ahí, que los poemas  vayan surgiendo carentes de convencionalismos, ajenos a vacuos oropeles: “Corren sobre esta mesa las palabras./ Podría correr el tiempo/ o el espacio,/ ser este cualquier sitio y esta noche/ aquella que pasó, que otros pasaron./ Las palabras, las mismas, y el concepto,/ una música fiel que, repetida,/ reparte entre los labios la eternidad del aire”.

     La antología viene dividida en seis apartados: “El nacimiento del lenguaje”, “Decir es hacer”, “Mímesis”, “La evidencia del sentido”, “Redundancia” y “Política del misterio”, e incluye algunos inéditos.

En cada uno de sus secciones, se aprecia la luz de una poesía enraizada en un conocimiento meditativo, enfrentada a la incesante contemplación del universo que gira en derredor. La palabra viene enriquecida por una natural certidumbre, generadorade complicidades y la cual, a su vez, intensifica la voz mnémica del yo.

     En suma, una antología oportuna y solidaria, que confirma la voz madurada y personalísima de un poeta que “se eleva por encima/ de todas las palabras y deshoja promesas/ que el labio nunca hizo/ y el viento es imposible que se lleve”.

 

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