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Viernes, 21/06/2019

Notas de un lector

Dardos son tus ojos

Con buen criterio, la editorial asturiana Ars Poetica reedita el primer poemario de Felix de Azúa, “Cepo para nutria”.

Con buen criterio, la editorial asturiana Ars Poetica reedita el primer poemario de Felix de Azúa, “Cepo para nutria”.
Publicado por vez primera en 1968, supuso el bautismo literario del escritor catalán. A este primer volumen de versos, le seguirían en apenas cuatro años otros tres títulos: “El velo en el rostro de Agamenón” (1970), “Edgar en Sthéphane” (1971) y “Lengua de cal” (1972).

    Después de aquella etapa plena de lirismo, Azúa fue vertebrando una obra sólida y renovadora, pero alejada de la poesía. Su decir fue inclinándose hacia la novela, el ensayo, el artículo de opinión, la crítica…
En una entrevista concedida al Diario “ABC” a primeros de este 2017, confesaba: “Ni fui poeta, ni lo seré jamás. Los poetas han sido una gente muy especial, y ha habido muy pocos (…) Yo escribía versos como tantísimas otras personas, y lo dejé en cuanto me di cuenta de que para dedicarte a la poesía en serio no puede haber otra cosa en tu vida”. Humildad y autoexigencia, sí, han ido perfilando el quehacer el autor catalán, quien en 2015 accediera al sillón “H” de la Real Academia de la Lengua Española.

     Incluido en la compilación “Nueve novísimos poetas españoles”, que diera a la luz en 1970 Josep María Castellet en 1970 -junto a Manuel Vázquez Montalbán, Antonio Martínez Sarrión, José María Álvarez, Pere Gimferrer, Vicente Molina Foix, Guillermo Carnero, Ana María Moix y Leopoldo María Panero-, Félix de Azúa representaba entonces una forma distinta de interpretar la poesía.
Desde un tono más frívolo, más grave, más vanguardista, si cabe, su mensaje incide con fuerza en la búsqueda de un yo que se enfrenta a lo inasible. La cotidianeidad pugna por convertirse en una sensibilidad que extreme sus aristas, que se alce contra el devenir del entendimiento: “No guardaremos nada en la caja siempre abierta/ para servirlo a veces cuando nadie lo pida/ piedras mudas siempre atenta siempre atenta./ Pero ahora a clausurar, ceder/ y volvamos la cara/ existan o no existan”.

     En el ensayo de Henri Bergson, “La evolución creadora”, el filósofo francés anota: “El universo dura. Cuanto más profundicemos en la naturaleza del tiempo, más comprenderemos que duración significa invención, creación de formas, elaboración continua de lo absolutamente nuevo”.

Precisamente, desde ese postulado, Félix de Azúa pareciera refundar un discurso donde el escritor extiende su individualidad, su conciencia y prolonga desde su empirismo el proceso creador: “Desde una esquina donde vive el calor reservado/ la mortecina luz quedó sobre la almohada./ Tras el telón de agua no se ve sino sombras/ vigilando el aleteo de la cigüeñas larguísimas larguísimas/ anhelando un final imposible para la nueva ausencia”.

     En su prefacio, Ilia Galán afirma que tras la lectura de “Cepo para nutria”, “el pasado vuelve a ser, misteriosamente, presente, como renacimiento, hojas que vuelven a brotar de nuevo el desnudo árbol de lo que parecía invierno”.
Y, en verdad, no le falta razón, pues acunado por la música celeste de estos textos, el lector irá descubriendo su aroma fúnebre, su erótico respirar, su creciente inquietud vital.

     Un poemario, en suma, sintético y de extenso aliento, modulado desde un tiempo efímero ycontemplativo: “Curva es tu frente, dardos son tus ojos,/ arco mortal para el que es alcanzado/ por el trayecto de tu pensamiento./ Losa tu cuerpo, cruz tu cabellera/ son un sepulcro brillante de rocío”.

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