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Domingo, 27/05/2018

Notas de un lector

De literatura japonesa medieval

El Kanginshu(1518) es una antología de poemas recopilados por SaiokukenSocho (1448-1532), eremita intelectual y poeta

El sintoísmo es una religión primitiva y tradicional de los japoneses. Sus raíces se extendieron desde el 5000 a.C. a todo el arte japonés, y su originalidad se centró en el culto a los espíritus de la naturaleza (Kami), las “almas” de los elementos naturales (los árboles, las montañas, las rocas, la arena…). Hoy día, a qué dudarlo, esa interioridad sigue vigente en la sociedad y en la estética de este país, y, por supuesto, en su literatura.
Valgan estas líneas previas para adentrarme con causa en “Los cantos del pequeño paraíso. Selecciones del Kanginshu” (Emece),traducidos e introducidos por MasateruIto, y prologados por María Kodama. El Kanginshu(1518) es una antología de poemas recopilados por SaiokukenSocho (1448-1532), eremita intelectual y poeta que vivió en los presumiblemente muy hermosos montes de Utsu en Shizuoka.

La antología se compone de 311 cantos, y podrían catalogarse en seis categorías: la felicitación (4), la sátira (6), misceláneos (29), narración nostálgica del pasado (35), la naturaleza (35) y el amor (202). Por tanto, son poemas líricos en su mayoría, y se interpretaban con ocasión de festines y banquetes. Una de sus características primordiales: se cantaban en voz alta y trataban sobre el amor libre de la clase popular. Nos encontramos con el amor que se refrena, el amor que espera, el de la mujer que se queja por dormir sola, el que se llena de expresiones sensuales, o el profundo y bello amor rencoroso, al borde de la aporía: “Tan frío,/ doble,/ como arruruz, este hombre/ que me aflige,/ mas pese a que/ lo reprocho,/ lo amo tanto/ todavía”.

Por otra parte, hay poemas que cantan el concepto de la vida o visión del mundo con el trasfondo del budismo zen: “todo,/ todo esto/ es un sueño,/ ilusión,/ burbujas del agua,/ rocío sobre las hojas/ de bambú”. Pero no se permanece en el anacoretismo, sino que desde este estado se llega trascender al vitalismo hedonista: “¿De qué sirve/ ponerte tan serio?/ Nuestra vida/ es un sueño,/ ¿por qué/ no te vuelves loco?”

Señala MataseruIto en su introducción: “Todos los poemas se cantan a un ritmo poderoso de mucha fuerza, expresan la exaltación emocional por una repetición sencilla y da la sensación de que estamos escuchando sus voces.”
Sus autores pertenecen a casi todas las clases sociales. Son aristócratas, monjes, guerreros (samuráis), habitantes urbanos, aquellos de quienes dependió la literatura medieval nipona. Los elementos populares y aristocráticos, aparentemente contradictorios, se combinan de manera genuina, y por esa variedad deshilvanada es por lo que el Kanginshu demuestra tanto vigor natural, tanta simpleza.

Y una reflexión devenida de mi condición de lector occidental: la poesía japonesa expone el sentimiento sin inflamarlo. Una virtud que acaso deje indiferente a más de uno. Porque las sensaciones del alma de oriente terminan por privarse de argumentos irracionales, si no primarios. Y el presunto paraíso del amor potente y espontáneo deriva hacia una suerte de compromiso reverencial, incluso amistoso, ajeno a la pasión tal como la entendemos los seguidores de Shakespeare o Lope, por ejemplo. De este modo, contrae vida una mezcla de comedimiento y dolor sometidos a la inocencia, igual que los árboles, las rocas, las montañas, la arena, presos de su índole de seres pasivos sometidos a la Naturaleza intratable: “¿Por qué no aprendí/ a dormir solo/ cuando aún me amaba?” Precioso interrogante, sea como fuere.

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