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Viernes, 25/09/2020

Notas de un lector

Con tres nombres

Esta nueva entrega viene a probar esa proximidad hacia (con) el lector que Aliaga considera necesaria para dotar de éxito a su escritura

Desde que dio a la luz “Cactus del desierto”, Roberto Aliaga  (Argamasilla de Alba, 1976) comprendió que su capacidad creadora tenía su punto fuerte en la literatura infantil y juvenil. Preguntado en cierta ocasión sobre cuál creía que era la clave para ganarse al pequeño lector, para sentir su cercanía y que este le correspondiera, vino a decir que esa clave consistía en “estar en su onda, en hablar su mismo idioma”. (Y no hay duda de que su onda sigue haciéndole ganar adeptos y galardones, pues mientras escribo estas líneas, leo la noticia de que su obra “Cuando Óscar se escapó de la cárcel” acaba de obtener el Premio de Narrativa Infantil “Vila D´Ibi”)

Macmillan publica ahora su original “Luis, Federico y Andrés”. Antes, en la misma colección (Macmillan infantil y juvenil) había dado a conocer otros libros suyos: “Un reloj con plumas”, “Pingorata y el tiempo”, “El camión de Papel”.
Esta nueva entrega viene a probar esa proximidad hacia (con) el lector que Aliaga considera necesaria para dotar de éxito a su escritura. Y habla directamente al que le está leyendo (cosa que en la literatura para adultos suele ser una fórmula desafortunada, válida, en cambio aquí). Escribe, por ejemplo: “¿Que no sabes a qué me refiero? Pues pasa la página. Pásala y verás.”; O bien: “Sólo de pensarlo se le hacía la boca agua. ¿Y sabes por qué?”.

   El protagonista de Aliaga es, en este caso, un niño de unos cinco años, a quien sus padres han bautizado con esos tres nombres que dan título al  relato: Federico, Luis, Andrés.
Federico, en casa, es un chico encantador, obediente, servicial, ordenado…; un chico que hace exclamar a sus padres: “¡Qué suerte hemos tenido con nuestro hijo!”; pero cuando Federico sale de casa camino del colegio, es ya Luis, Luisón, grandullón más que sus compañeros, desatento en clase y “rey  del recreo”, donde hace y deshace a voluntad. Mas cuando, cumplidos ya los seis años,pasa a Primaria, y el recreo es en el patio de los mayores, todo cambia: ahora es Andrés, Andresín, y sus nuevos colegas lo tratan con superioridad y desdén, y le arrebatan la merienda y lo sumen en el llanto. Al final, aprendida la lección, decidirá ser sólo Federico. Por ello, se dirigió a la Secretaría y rogó al encargado: “Ponga en todos mis papeles que me llamo Federico y que no quiero tener ningún nombre más, ¡nunca jamás!”.

Entre las “Canciones para terminar”, que García Lorca dedicara a Rafael Alberti, hay una titulada “De otro modo”, que concluye así: “Entre  los juncos y la baja tarde,/ ¡qué raro que me llame Federico!”.
El poeta utiliza aquí su nombre con extrañeza, después de referirse a sus “cosas esenciales”. Uno podría parodiar su endecasílabo, pensando en el personaje infantil de Aliaga. Él, el niño, si pudiera -si supiera- podría decir: “¡Qué bueno que me llame Federico!”. Porque, tras comprobar el resultado que le procuran sus tres nombres, éste, el mismo que el del poeta, es el que le va mejor, el que le hace mejor.
Y acierta, sin duda, al elegirlo.

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