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Lunes, 18/11/2019

Notas de un lector

De vuelta a casa

Dos años atrás, reseñaba desde este mismo espacio, el último poemario de Francisco Mena (Ciudad real, 1934), “El pájaro y su vuelo”. En él, el autor manchego -afincado en Sevilla desde hace más de cuarenta años-, se adentraba en un territorio en el que ponía de relieve su madurez contemplativa y una veta de honda reflexión. Además, daba cuenta del poder curativo de la palabra y confesaba que es necesario saborearla y pronunciarla “para sentirnos vivos/ y capaces de tanta creación”.


Ahora, de nuevo su verbo nos hacer sentir vivos y cómplices de su lírico aliento, al hilo de “Volver a Ciudad Real” (Biblioteca de Autores Manchegos. Col. Ojo de Pez. Diputación de Ciudad Real, 2011), un poemario emocionado y nostálgico que relata las remembranzas de un hombre que fue niño y las añoranzas de una tierra que sigue latiendo intensamente en su corazón.

Muchos años lleva Francisco Mena velando armas literarias y demostrando que la poesía es, sin lugar a dudas, su género más querido. Por ello, para este retorno al hogar del ayer, ha optado por utilizar el verso cálido y próximo que acostumbra y con el que hilvana un poemario de muy lúcidos mimbres: “Hoy vuelvo como el hijo/ pródigo, hasta la casa donde un día,/ no hace muchos olvidos, estrenaba mañanas/ en un patio con flores y una fuente/ donde eché a navegar mis sueños”, reza uno de sus poemas iniciales.
Este regreso es un recorrido por los espacios almados que se clavaron en las pupilas de la niñez -“Parque Gasset”, “Calle de la Esperanza”, “Monasterio de Concepcionistas”, “Iglesia de San Pedro”, “Barrio de Santiago”…-, un íntimo itinerario poblado por las personas que estuvieron muy cerca de cuanto aconteció en aquellos tiempos y que respiraron de forma común el aroma familiar: “Oh, gran ausente/ cómo recuerdo tu latir/ de nube fructuosa, lluvia para la casa,/ andante de puntillas, salmo/ reparador y noche rumorosa./ Pero te alcanzo todavía. Siento/ tu amorosa tristeza, frío/ del silenciado labio, la luz que ya te habita”, dice su elegíaco “Madre, ahora en la luz”.

Dividido en tres apartados, “Zaguán de siempre”, “Patio con luz” y “Casa mirando hacia el otoño”, el libro -de forma unitaria- se afana en la memoria como mejor manera de consolidar la fe de cuanto queda por vivir y como consolador refugio de la personal y luminosa conciencia. Afirma José Corredor-Matheos, en su ilustrativo prefacio, que lo que hace Francisco Mena en esta ocasión, “es ir sacando sus recuerdos tanto para librarse de ellos como para considerarlos su verdadero patrimonio”; y volver a Ciudad Real, “de donde no ha salido, no para quedarse, sino para seguir su camino que siempre será, para él y para nosotros, una sorpresa”.

Al cabo, ni el azar ni el destino han hecho que su vívido interior manchego se haya roto. Más bien al contrario, porque el hechizo vital de esas gentes y esos paisajes tan suyos lo mantienen muy ligado al presente, que ahora conforman su esposa, sus hijos y sus nietas. De ahí, este juego de espejos, en donde su rostro y su pluma han transformado “Volver a Ciudad Real” en un ejercicio de eterna supervivencia.


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