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Domingo, 09/08/2020

Notas de un lector

Los años y los rostros

Con su esmero habitual, la editorial Libros del Aire, da a la luz en su colección Jardín Cerrado, “Carro de Noche. Poesía 1972-2005”, una amplia muestra de la poesía de Ignacio Gómez de Liaño (Madrid, 1946). Este profesor de Estética en la Facultad de Filosofía de la Universidad Complutense, ha alternado a lo largo de su abundante obra, la poesía, la filosofía, el ensayo y la narrativa.


Ahora, con buen criterio, hilvana una antología que da cuenta del bagaje lírico del escritor madrileño y que abarca más de dos décadas de entrega a este género.

El propio Gómez de Liaño, aclara en su nota introductoria que su “pasión poética sólo dio fruto en unos pocos años de mi vida, cuando la efervescencia de la imaginación iba a la par que el ímpetu de los afectos y la disponibilidad del espíritu. El día en que noté que para escribir un poema debía forzar la máquina, y, sobre todo, cuando advertí que empezaba a repetirme, dejé de cultivar ese género literario -el género tal vez de los géneros- aunque no perdí, ni he perdido, la esperanza de volver a hacerlo algún día”.
Ese nivel de autoexigencia y de franca sinceridad -tan en desuso en estos tiempos de “jóvenes figuras”, tan insolidarias en su discurso como ávidas de meteóricos éxitos-, se hace patente a lo largo de la lectura de estas atractivas y heterodoxas páginas.

Dividido en seis apartados, el volumen cuenta con títulos ya existentes, “Nauta y estela”, “La caza de Acteón”, “Domus Aurea” y “Cuadrados”, y otros dos, “A la vista del agua” y “Poemas desplazados”, que obedecen a una ordenación temática en el primer caso, y a una combinación de los más antiguos con algunos de los más recientes, en el segundo. Por todos ellos, asoma un acentuado realismo que conjuga de manera exacta con una veta culturalista que aviva los sentidos del lector y lo mantiene en constante alerta.

Tras recoger el premio Príncipe de Asturias de las Artes, Amin Maalouf, sentenció en su discurso que “la cultura no es un lujo que podamos permitirnos sólo en las épocas faustas. Su misión es formular las preguntas esenciales del ser humano”. Y en ese complejo escenario, se mueve en ocasiones este “Carro de noche”, del que el yo poético tira con verso preciso para hallar respuesta a sus propios interrogantes, anhelos y enigmas: “Pronto, muy pronto ya/ se cerrarán las puertas del deseo./ Y una luz innombrable penetrará los muros./ Nuestros pasos, ligeros, se dejarán llevar/ por el viento que sopla donde quiere./ Pronto, muy pronto ya, saber y ser feliz/ levitarán en único destello”.

En este largo tiempo de amistad que Ignacio Gómez de Liaño ha mantenido con la poesía, también ha habido espacio para las frustraciones, las esperanzas, el amor, la ausencia, la memoria de la antigüedad clásica…, y sobre todo, para la profunda meditación y el íntimo desahogo que produce enfrentar al verbo con uno mismo. De ahí, ha sabido extraer sus instantes más intensos. Y su verso más verdadero. Y cómplice: “Ya nunca sentiré,/ mientras miro la lluvia/ que derrama el otoño,/ el rocío o las chispas/ de aquella edad de oro./ Los años y los rostros han huido”.

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