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Lunes, 10/08/2020

Notas de un lector

De poesía europea

Semanas atrás, Xavier Vidal Folch anotaba en las páginas de “El País”, que el semestre español de la UE había coincidido con la edición de muy buenos volúmenes sobre la historia de Europa. Sin embargo, los libros que me ocupan –si con ese mismo aliento europeo y común(itario)-, son anteriores a nuestro periodo de presidencia.


“Prosa del Transiberiano y el Formose” (Demipage. Madrid) de Blaise Cendrars (1887-1961), reúne un par de atractivos ejemplos de su singular obra lírica -traducidos al castellano por David Villanueva Sanz-. Protagonista de una vida azarosa -soldado en la Primera Guerra Mundial, domador de leones, arponero de un ballenero, corresponsal en Francia del ejército británico…-, este aventurero suizo, nacionalizado francés en 1916, adoptó una forma de existencia en la que los viajes eran a su vez, fuente de inspiración literaria y necesidad vital.
Precisamente, de esta “poesía en movimiento” se nutre su itinerario lírico en el Transiberiano, un vívido cántico dedicado a la pequeña Jeanne de Francia, que “no es más que una niña, que encontré/ pálida, inmaculada, en lo oscuro de un burdel”. Su actitud provocadora, su avidez por despertar la conciencia de un público lector al que Cendrars consideraba “dormido”, le llevan a modelar un verso directo, paradójico y atrevido: “En este tiempo yo estaba en mi adolescencia/ apenas dieciséis años y no recordaba ya/ mi infancia/ Estaba en Moscú, donde quise alimentarme de llamas”.

En 1924, “asqueado de la literatura -sus esclavitudes, sus castigos”, marcha a Brasil a bordo del Formose, seguro de que “cuando se ama hay que partir”, en busca de otros claros de luna, lejanos y cómplices. Durante el viaje, escribirá en su diario: “Soy libre. Soy independiente. No pertenezco a ningún país…”. Y convertirá su voluntaria huida en un poemario con breves piezas sobre la realidad más próxima y circundante: “Ahora es verano/ El comandante ha hecho instalar una piscina en la cubierta superior/ Me zambullo nado hago el muerto/ No escribo más/ Se vive bien”.

De las múltiples facetas literarias de Armand Gatti (Mónaco, 1924), se recoge en la “Antología” (Demipage. Madrid, 2009) que me ocupa, una amplia muestra de su quehacer poético.

Marcado vitalmente por su paso en 1943 por el campo de concentración hamburgués de Lindemann -donde no se ejecutó su sentencia de muerte por ser menor de edad-, y su posterior y milagrosa huida tras recorrer a pie más de mil quinientos kilómetros, Gatti ha sabido compartir e iluminar sus experiencias mediante un constante compromiso con los hombres y las letras. Sobre todo, a través de su devoción por el género dramático -fue galardonado con el premio Nacional de Teatro de Francia en 1988-, donde ha vertido lo más significativo y esencial de su labor.

Pero también su poesía -que ahora puede leerse gracias a las espléndidas versiones de Francisco Javier Irazoki- canta y cuenta de su memoria, de su rebeldía, de su lucha y su defensa por los más necesitados, de su entrega para rescatar e inventar una humanidad mejor, “con el delirio de todos sus hijos/ supervivientes de otras guerras”. Lírica combativa, pero sanadora, vehemente, integradora, porque “la palabra debe conducir a la liberación de la chispa que está en cada uno”. Palabra de Gatti.

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