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Domingo, 08/12/2019

Notas de un lector

Gil de Biedma, Poesía y Prosa

Se cumplen ahora veinte años de la muerte de Jaime Gil de Biedma (1929-1990). Tras la desafortunada idea de llevar su vida al cine bajo el título de “El cónsul de Sodoma” -película por tantas razones lamentable-, surgen ahora dos nuevas ediciones que sí retratan y sugieren la importancia literaria del escritor barcelonés.
Además de su “Correspondencia”, que recoge sus cartas fechadas entre 1951 y 1989, ve la luz “Jaime Gil de Biedma. Poesía y prosa” (Galaxia Gutenberg/ Círculo de Lectores. Barcelona, 2010), volumen que incluye su obra lírica al completo, “Las personas del verbo”, y sus dos ensayos más (re) conocidos, “Retrato del artista en 1956” y “El pie de la letra”. Como colofón, un “Apéndice”, recoge poemas, ensayos, entrevistas, conferencias, notas críticas y traducciones de poesía y teatro…, que andaban dispersas y que, ahora, reunidos, suponen una enjundiosa summa literaria.


Esta cuidada edición, a cargo de Nicanor Vélez, cuenta con una reveladora introducción de James Valender, quien anota: “Lejos de ser paradigma de una poeta realista, con el tiempo, Gil de Biedma, llegó a incorporarse plenamente a la gran tradición simbolista. Su poesía suponía la recreación y matización de una amplia gama de experiencia humana; …/… para él, como para sus maestros, la poesía sólo podía explicarse en términos musicales”.
Y buena parte de estas premisas arrancaban de su perfecta asimilación de la lírica tradicional, contemporánea y universal. Desde Fray Luis de León al 27, desde Catulo hasta Góngora, desde Byron hasta Eliot, desde Nerval hasta Éluard…, el vate catalán supo formarse y renovarse de forma constante, pues para él siempre fue más importante leer que escribir, tener una formación creciente y suficiente para poder llamarse y sentirse escritor; un ideal que resultaría muy propicio en estos tiempos en que tantos “autores” -desde sus inicios- apuestan de forma tan atrevida por sí mismos y por su incipiente obra.

Destaco de este amplísima compilación que rebasa las mil trescientas páginas, el apartado de entrevistas que cierra el volumen. En ellas, descubrimos un Biedma extremadamente sincero, devoto de su libertad, de su singular ironía y de su personal sentimentalidad. “La poesía es una empresa de salvación personal y además una empresa absolutamente desesperada”, confesaba. Y más de una razón tenía para expresarse de manera tan rotunda, pues, en verdad, su poesía fue una tabla de supervivencia donde dejó escritas muchas de sus frustraciones, de sus miedos, de sus vicios, de sus mejores recuerdos...
Su sexualidad -que alguien calificó de “potente y vigorosa”-, mezclada con el abuso del alcohol, lo llevaron hasta el abismo y la casi destrucción. “No soy yo el que habla en los poemas, es un personaje poético”, decía, pero aquella pueril confesión no era más que una torpe excusa para tranquilizar en buena medida a su familia, sobre todo a su madre.

“Amanece otro día en que no estaré invitado/ ni a un momento feliz …/… Ya nada temo más que mis cuidados./ De la vida me acuerdo, pero dónde está”, concluía en su poema “De senectude”.

Para la felicidad lectora, al menos, quedan estas páginas llenas de intensidad vital y literaria.

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